Pero aquel día Antolín no apareció como hacía años, con su mono manchado de cemento y tristeza ajena, luto en las uñas y la lengua ágil del trasiego del camino. No. Aquel día apareció sereno, con traje y corbata negros, camisa blanca, la mirada en busca y captura, y palabras alejandrinas, anchas, espaciosas, con ruidosos puntos suspensivos entre sílaba y sílaba. Venía de enterrar a Anselmo y en la cara traía las huellas culpables del pecado inesperado de los que se creen descreídos. Cuentan que pagó un par de rondas a la salud de Anselmo y se encerró en el retrete con Pepe el Papa tras pedirle confesión, y que a la media hora salió a por una botella de aguardiente para desatascar su elocuencia y poder pasar del sin pecado concebida. Dicen que le confesó que aquella mañana, mientras la familia del difunto al que estaba enfoscando el saloncito de su eternidad apenas podía contener el desconsuelo, alojó a Anselmo de polizón en el nicho sin que nadie se percatara. Y que los familiares, al verlo llorar con tanto entusiasmo tras el último golpe de palustre, le dieron una generosa propina por acompañarlos en el sentimiento sin necesidad. Cuentan que cuando Pepe el Papa intentó consolarlo de sus remordimientos por haber profanado aquella tumba, Antolín le gritó desabrido y de un tirón, ¡que se joda dios!, mi único pecado, si es que tal cosa existe, ha sido permitir que mi querido gato Anselmo haga un viaje tan largo con un extraño.
viernes, 6 de agosto de 2010
Historias de la taberna (IX)
Pero aquel día Antolín no apareció como hacía años, con su mono manchado de cemento y tristeza ajena, luto en las uñas y la lengua ágil del trasiego del camino. No. Aquel día apareció sereno, con traje y corbata negros, camisa blanca, la mirada en busca y captura, y palabras alejandrinas, anchas, espaciosas, con ruidosos puntos suspensivos entre sílaba y sílaba. Venía de enterrar a Anselmo y en la cara traía las huellas culpables del pecado inesperado de los que se creen descreídos. Cuentan que pagó un par de rondas a la salud de Anselmo y se encerró en el retrete con Pepe el Papa tras pedirle confesión, y que a la media hora salió a por una botella de aguardiente para desatascar su elocuencia y poder pasar del sin pecado concebida. Dicen que le confesó que aquella mañana, mientras la familia del difunto al que estaba enfoscando el saloncito de su eternidad apenas podía contener el desconsuelo, alojó a Anselmo de polizón en el nicho sin que nadie se percatara. Y que los familiares, al verlo llorar con tanto entusiasmo tras el último golpe de palustre, le dieron una generosa propina por acompañarlos en el sentimiento sin necesidad. Cuentan que cuando Pepe el Papa intentó consolarlo de sus remordimientos por haber profanado aquella tumba, Antolín le gritó desabrido y de un tirón, ¡que se joda dios!, mi único pecado, si es que tal cosa existe, ha sido permitir que mi querido gato Anselmo haga un viaje tan largo con un extraño.
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viernes, 23 de julio de 2010
Historias de la taberna (VIII)
Apareció tras dos meses y un día de pensión completa y habitación forzosa en la segunda planta de aquel lugar en el que embridan el dolor y zurcen el forro del alma. Y lo hizo a las cinco de la madrugada, esa deshora taurina a la que aquel fatídico día se le quebró el pecho, citando al personal desde la puerta con diez kilos menos en su sonrisa y la humedad lenta de su mirada. Ahora, después de una década, aún sonríe con ternura cada vez que alza entre sus dedos aquella figura recompuesta con celo y susurra al oído de Juan el Manteca el aliento trabado de un jaque mate con la dama, su querida dama negra.
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jueves, 18 de febrero de 2010
Historias de la taberna (VII)
Asoma siempre con la timidez agazapada bajo su joroba y en la mano el viejo jarrillo de lata manchado de abolladuras repujadas por los años. Los mismos que le habían secado el rostro y el seso. Y los mismos que instalaron en sus manos temblores al compás de un cuatro por cuatro, ese compás con el que Pepe el Papa ametralla bendiciones apresuradas a todos los parroquianos cuando su borrachera se caga en Dios. Todas las mañanas, apenas amanecido el día, el mismo ritual. Espera bajo la sombra imaginaria del portalón a que la madrugada limpie la taberna de miradas extrañas, baja con tiento el pequeño escalón hasta posar sus viejas alpargatas, de cuadros tristes y suela amarilla, sobre los restos del serrín en el que El Letri suele extraviar sus versos borrosos, coloca el jarrillo sobre el mostrador entre repiqueteos que se apresura a callantar soltándolo de improviso justo en medio del tercer silencio con la guasa de un ¡ahí queó! que siempre arranca una sonrisa de tristura al tabernero, y rescata un buenos días de entre la brisa de sus dientes salteados. A veces, cuando a Juan el Manteca se le hacen breves las madrugadas y habita aún a esas horas el final de la barra pespunteando su columna semanal recién descosida, rachea los pies en su busca con paso corto y le da una vez más las gracias en silencio, con los labios prietos para que no asome a su barbilla un puchero tembloroso.
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martes, 6 de octubre de 2009
Historias de la taberna (VI)
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jueves, 27 de agosto de 2009
Historias de la taberna (V)
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miércoles, 19 de agosto de 2009
Historias de la taberna (IV)
Aquella mañana, Juan el Manteca dormitaba sobre el mostrador recostado en la ausencia de su amigo. Abrazado al eco de su botella de vino y con el nudo de la corbata en la bragueta, dio un respingo. En la calle todo eran carreras. Gritos y caras de circunstancia corrían por la acera al contraluz de la puerta aún a medio bostezar de la taberna. Preguntó angustiado al tabernero por el Letri en el mismo instante en el que unos chavales hablaban de un ahorcado en el árbol de la plaza. Y en el mismo momento en el que el Letri salía del viejo retrete arrastrando las legañas, apestando a orines y canturreando por soleares. Terminó de despertarle el abrazo lloroso de Juan el Manteca y el rumor arenoso del tapón de la botella de Zalamea.
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viernes, 14 de agosto de 2009
Historias de la taberna (III)
Cuando Pascual el Dientoro se ponía patético, era mejor alegrarle la tristeza mirándole a los ojos para estar allí cuando los abriera y esbozara su sonrisa tabaco y oro. Porque entonces, muchacho, entonces, aquel viejo casi centenario soltaba una carcajada que erizaba la espuma de la cerveza, daba un puñetazo en el mostrador con el muñón descorazonado de su diestra, y le zampaba un beso en la boca a quienquiera que tuviera enfrente. A veces, sólo a veces, tenía éxito y le caía una buena hostia que Pascual encajaba agradecido. Y entonces cerraba de nuevo los ojos recordando extasiado cómo le reventó las criadillas a aquel cerdo. Y se le escapaba una lágrima. Sólo una. Porque a su edad, ni el recuerdo duele ya si no se le echa una mano.
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lunes, 10 de agosto de 2009
Historias de la taberna (II)
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viernes, 7 de agosto de 2009
Historias de la taberna (I)
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