Leo a Benito Arruñada decir en La culpa es nuestra que la culpa es nuestra, valga la redundancia, y muchos se habrán llevado un disgusto porque llevan toda la vida acomodados en la mullida conciencia de que la culpa siempre es de otros. De Sánchez, de Feijóo, de Ayuso, de los independentistas, de los comunistas, de los fachas, de Bruselas, de los sindicatos, de los empresarios, de los bancos, de los fondos buitre, de los mercados, del vecino que vota mal...
Dependiendo de la urna en la que cada uno coloque la papeleta cambia el culpable, pero se mantiene intacto el mecanismo: la culpa siempre es de otro. Es un sistema cojonudo. Hasta que llega Arruñada y te fastidia la sobremesa, porque el hombre viene a decir algo bastante incómodo, a saber, que a lo mejor los políticos que tenemos no han aparecido por generación espontánea en un laboratorio secreto situado debajo del Congreso de los Diputados, que quizá llevan décadas observándonos, estudiándonos y aprendiendo qué tienen que decir para que les votemos, que hacer, ya harán lo que les venga bien a ellos.
El artículo de Arruñada me ha recordado que su tesis central ya andaba pululando por esta taberna desde hace muchos años, lo que me permite, con vuestro permiso, usar ese artículo como excusa para hacer un breve recorrido por algunas de las entradas que, directa o indirectamente, apoyan esa tesis.
Hace ya unos cuantos años escribí por estos lares, hablando de la calidad de nuestros representantes en De cuando da igual ocho que ochenta, que a los que estaban allí los habíamos puesto nosotros y que, probablemente, se comportaban así porque consideraban -parece, visto lo visto, que con razón-, que comportarse así les proporcionaba votos.
Pensemos por un momento en un político medio(cre). Quiere ganar unas elecciones, algo que no debería sorprendernos. Del mismo modo que el panadero quiere vender pan, el abogado quiere clientes y el dueño de un bar pretende que usted se tome la segunda copa allí y no en el establecimiento de enfrente, un político quiere votos. Luego podremos envolverlo en vocación de servicio público, compromiso con la sociedad y toneladas de celofán democrático, pero, si no consigue votos, su vocación de servicio público dura exactamente hasta las ocho de la tarde del domingo electoral. Por tanto, observa a su público objetivo y descubre cosas.
Descubre, por ejemplo, que nos gustan mucho los servicios públicos, pero no tanto pagarlos. Queremos mejores hospitales, más médicos, más profesores, mejores colegios, universidades excelentes, trenes baratos, vivienda asequible, dependencia, guarderías, muchos permisos retribuidos en el curro, carreteras, pensiones generosas, subvenciones para el coche eléctrico, ayudas para rehabilitar la casa y, si puede ser, un bono para irnos de vacaciones. Perfecto. Luego llega alguien y dice que para pagar todo eso habrá que recaudar más impuestos. Y entonces nos indignamos. ¡Hombre, tampoco hay que ponerse así!
Hace bastante más de una década, en De panes, peces, multiplicadores... y pisos, ya hablábamos de esa extraordinaria facilidad para ver lo que el gasto público crea y olvidarnos de todo lo que deja de hacerse con el dinero que previamente ha tenido que salir del bolsillo de alguien. El dinero público sigue teniendo para muchos esa maravillosa peculiaridad de no ser de nadie hasta que Hacienda decide que sea suyo.
También queremos que las pensiones suban siempre. ¿Quién va a estar en contra de que nuestros mayores cobren más? Un desalmado. Ahora pregunte usted quién quiere retrasar la edad de jubilación, aumentar cotizaciones, reducir prestaciones futuras o introducir mecanismos automáticos para garantizar que dentro de treinta años salgan las cuentas. De pronto se hace un silencio incómodo e incluso ruidoso. Porque la sostenibilidad del sistema de pensiones nos preocupa muchísimo. Pero mañana. Ya saben, aquella frase, genial e intemporal, que se escribía con tiza indeleble en la pizarra de las tabernas, debajo de las tapitas del día, de que "hoy no se fía, mañana sí".
En Indignante indignación escribía sobre aquella señora que había cotizado durante muchísimos años y cuya pensión no llegaba a mil euros. Todo el mundo estaba indignadísimo. El pequeño detalle de que en un sistema de reparto la pensión no depende simplemente del número de años cotizados sino también de las bases por las que se cotizó parecía una grosería matemática que venía a estropear una preciosa historia de buenos y malos. Y para qué vamos a dejar que los números nos arruinen una indignación. Eso sería de una falta de sensibilidad tremenda.
Aunque tampoco era nuevo. Ya en Salvo que nos salgan rojas, rojas... hablábamos de esa indignación selectiva que consiste, en esencia, en defender con entusiasmo determinados derechos mientras se procura mirar hacia otro lado cuando alguien pregunta quién los paga o qué factura estamos dejando a quienes vienen detrás.
Con la vivienda hacemos algo parecido. Queremos alquileres baratos. Naturalmente. Pero no queremos que se construya demasiado porque hay que proteger el territorio. No queremos pisos turísticos. No queremos grandes tenedores. No queremos pequeños propietarios especulando. No queremos fondos de inversión. No queremos edificios altos. No queremos recalificaciones. No queremos que suba el precio. Y, a ser posible, queremos que aparezcan cien mil viviendas en el centro de Madrid, Barcelona, Sevilla o Málaga a setecientos euros al mes mediante algún fenómeno todavía pendiente de descubrir. Después, si los precios suben, exigimos al político que haga algo. Y el político hace algo: aprueba una ley y la publica en el BOE. Porque aprobar leyes sale mucho más barato que construir casas. La ley no resuelve el problema, pero el día de su presentación hay rueda de prensa, ministros, logotipos, un eslogan estupendo y periodistas preguntando cuánto va a bajar el alquiler. Dos años después hay menos oferta. Pero para entonces estamos indignados con otra cosa. Negocio redondo.
No se confundan. Esto no consiste en sostener que los políticos son pobres criaturas inocentes obligadas por una ciudadanía perversa a delinquir, mentir, colocar cuñados o gastarse el dinero público como si no hubiera un pasado. No. Responsabilidad tienen. Y mucha. Pero resulta extraordinariamente confortable asumir que el político es esa especie zoológica que nace corrupta, irresponsable y cortoplacista mientras el ciudadano permanece abajo, puro y virginal, soportando estoicamente sus tropelías. A lo mejor es un poco más complicado. Porque el político promete lo que descubre que funciona. Y nosotros llevamos décadas enseñándoles lo que funciona. Prometa una reforma que genere beneficios dentro de diez años, pero obligue a hacer sacrificios mañana. Luego prometa exactamente lo contrario: una paga inmediata cuyo coste se cargará a deuda. Adivinen quién gana. No hace falta ser politólogo. Ni economista. Ni siquiera haber terminado la ESO. Algo parecido ocurría en De subsidios y otros fracasos, cuando hablábamos de políticas que sobreviven no necesariamente porque resuelvan los problemas sino porque resulta políticamente mucho más agradecido repartir dinero para paliar sus consecuencias que enfrentarse a sus causas.
Y tenemos otra habilidad fascinante: somos muy generosos con el dinero de los demás. La subvención que recibe otro es despilfarro. La nuestra es política estratégica. El funcionario que no necesitamos es gasto público. El que atiende nuestra ventanilla es un servicio esencial. La ayuda a otro sector distorsiona el mercado. La ayuda al nuestro protege el empleo. La deducción fiscal que beneficia al vecino es un privilegio. La que aparece en nuestra declaración de la renta es de justicia. El impuesto que paga otro sirve para financiar el Estado del bienestar. El que pagamos nosotros es confiscatorio. Somos liberales con las subvenciones ajenas y socialdemócratas con las propias. Una ideología muy extendida.
En el fondo no es tan distinta de aquella idea que recogía en Contra el consumidor irresponsable. Nos encanta ejercer la libertad, reclamar derechos y tomar decisiones, pero tenemos cierta tendencia a considerar que la parte del paquete en la que vienen las consecuencias debería entregarse en el domicilio de otro.
Y luego están los nuestros. ¡Ah, los nuestros! Ese prodigio moral mediante el cual un comportamiento insoportable cuando lo protagoniza el adversario se vuelve comprensible, matizable e incluso necesario cuando lo practica uno de los nuestros. Si el otro coloca a un amigo, nepotismo. Si lo hace el nuestro, persona de confianza. Si el otro pacta, traición. Si pacta el nuestro, responsabilidad institucional. Si el otro cambia de opinión, mentira. Si cambia el nuestro, adaptación a las circunstancias. Si el otro insulta, crispación. Si el nuestro llama fascista, comunista, golpista o hijo de puta al contrario, estaba respondiendo a una provocación.
Después nos preguntamos por qué la política se ha convertido en un espectáculo para hooligans... Pues porque compramos entradas. Y bufandas. Y algunas hasta vienen con el cerebro de regalo para que no tengamos que usar el nuestro. En Democracia de ofendiditos ya decía que ese sectarismo necesita público, porque el político podrá ser muchas cosas, pero normalmente no es tan estúpido como para seguir utilizando una estrategia que le hace perder votos. Si continúa haciéndolo es porque al otro lado hay una grada que ruge encantada.
Arruñada apunta además hacia otro lugar particularmente doloroso: informarse cuesta. Cuesta tiempo. Cuesta esfuerzo. Y tiene un inconveniente terrible: que a veces descubres que estabas equivocado. Mucho más cómodo, ¡dónde va a parar!, es leer el titular que confirma lo que ya pensabas, compartirlo inmediatamente y disfrutar de ese pequeño orgasmo intelectual consistente en comprobar que el mundo vuelve a darnos la razón. Lo hacemos todos. Servidor incluido. La diferencia es que algunos sabemos -disculpen la osadía-, que tenemos ese defecto e intentamos combatirlo, y otros lo han convertido en una forma de vida. En Borja ¿héroe o villano? ya me quejaba precisamente de eso: formarse una opinión exige leer, preguntar, contrastar y, sobre todo, exponerse a la desagradable posibilidad de descubrir que la historia que nos habían contado -o que nosotros queríamos creer-, no era exactamente como parecía. Porque buscar argumentos contrarios a los nuestros es agotador. Puede ocurrir incluso que encontremos uno bueno. ¡Imagínense el drama!
Por eso funcionan tan bien los mensajes simples.
¡Que paguen los ricos! Fantástico. ¿Cuánto? ¿Quién es rico? ¿Cuánto se recauda? ¿Qué comportamiento cambia cuando subimos ese impuesto? Aburrido.
¡Hay que bajar impuestos! Fenomenal. ¿Cuáles? ¿Cuánto dejamos de recaudar? ¿Qué gasto reducimos? Pesadísimo.
Mucho mejor el eslogan. Cabe en Twitter -disculpen que, por hache o por be, no lo llame equis-, no necesita calculadora y permite insultar al contrario antes de la cena. La política moderna ha entendido perfectamente el producto que demandamos. No nos entrega soluciones, nos entrega relatos. Y nosotros los compramos encantados siempre que sean los nuestros.
Quizá por eso llevamos tantos años diciendo que nuestros políticos son malísimos y votando aproximadamente a los mismos partidos. Es un fenómeno digno de estudio. El restaurante es una mierda. El camarero nos trata fatal. La comida llega fría. Hay cucarachas correteando junto a la barra. Nos cobran de más. Y cada cuatro años reservamos mesa otra vez. Después ponemos una reseña: «Pésimo. No volveré jamás». Cuatro estrellas.
Pero hay una conclusión todavía más desagradable. Si los políticos descubrieran mañana que mentir hace perder elecciones, mentirían menos. Si descubrieran que disparar el déficit sin ton ni son resta votos, tendríamos menos déficit. Si comprobaran que colocar incompetentes tiene un coste electoral, empezarían a buscar gente competente. Si supieran que el sectarismo espanta a sus electores, recuperarían la moderación antes de que terminara el telediario. No porque se hubieran convertido súbitamente en mejores personas, sino porque querrían seguir allí. Y eso es precisamente lo inquietante, que quizá no sean ellos quienes necesiten cambiar primero.
Naturalmente, es mucho más agradable pensar que el problema está en Moncloa, en Génova, en Ferraz, en Waterloo, en Bruselas o donde a cada cual le venga mejor colocarlo. Así podemos seguir siendo víctimas. Y las víctimas no tienen responsabilidades, las víctimas sólo tienen derechos. Pero resulta que una democracia no debería funcionar con víctimas, sino con ciudadanos. Y un ciudadano adulto tiene una desagradable obligación que no suele figurar en los programas electorales: hacerse responsable de las consecuencias de lo que pide. También cuando vota. También cuando exige. También cuando protesta. Y, sobre todo, cuando alguien le promete que va a darle algo gratis. Porque gratis no hay casi nada. Lo único verdaderamente gratuito suele ser la promesa. La factura llega después.
Así que quizá Arruñada tenga razón. Quizá la culpa sea nuestra. No toda, claro, tranquilos. Todavía podemos reservar una parte considerable para ministros, diputados, senadores, asesores, tertulianos y demás fauna autóctona, que tampoco hay necesidad de exagerar. Pero una parte nada desdeñable es nuestra. Mía. Suya. Del vecino. Del jubilado que quiere que le suban la pensión, pero no quiere oír hablar de sostenibilidad. Del empresario que denuncia las subvenciones, hasta que publican una para su sector. Del trabajador que quiere mejores servicios, pero exige que le bajen el IRPF. Del propietario que quiere que su piso valga mucho y se indigna porque los jóvenes no pueden comprar vivienda. Del joven que exige alquileres baratos y se opone a que construyan un edificio delante porque le quita las vistas. De quien pide más Estado y menos impuestos. De quien pide menos Estado y protesta en cuanto le cierran el ambulatorio. De todos.
Una auténtica faena. Porque si la culpa fuera exclusivamente de ellos, la solución sería sencilla: cambiar a los políticos. Pero si también es nuestra, habrá que hacer algo muchísimo más complicado, cansado y doloroso: cambiar nosotros.
Ser intelectualmente más honestos y entrenar todos los días el pensamiento crítico. Informarnos antes de indignarnos. Contrastar antes de compartir. Desconfiar especialmente de aquello que confirma exactamente lo que ya pensábamos. Exigir a los nuestros, como mínimo, lo mismo que exigimos a los otros. Aceptar que no hay derechos sin costes, políticas públicas sin renuncias, ni promesas gratis. Y, sobre todo, votar, no como quien elige una camiseta de fútbol, sino como quien sabe que después tendrá que pagar la cuenta, en efectivo o en carne.
Una mierda de plan, vaya... ¡Con lo cómodo que era pensar que todos los inútiles del país estaban en el Congreso...!

