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sábado, 3 de diciembre de 2016

Dos caras de una misma moneda...

Cuando hablamos de los efectos que sobre el empleo o los salarios tiene la existencia de un salario mínimo por ley hay que ser prudente. Hay evidencias empíricas para casi todos los gustos. Unos estudios han comprobado que se produce un aumento del paro en determinados sectores de la población. Otros, que se produce un aumento del salario medio. Otros no han detectado efecto apreciable alguno en ninguna de las dos variables...

¿Significa eso que tales estudios son erróneos o están faltos de rigor? No necesariamente. Lo más probable es que se hayan realizado en escenarios económicos y laborales dispares. Porque el efecto de una salario mínimo impuesto por ley no será el mismo cuando su cuantía esté por debajo del salario que cobra el 99% de los trabajadores que cuando se sitúe en el salario medio. O cuando se trate de una economía con abundancia de trabajadores cualificados frente a otra donde abunden los trabajadores poco cualificados. O cuando exista un mercado laboral rígido frente a otro más flexible.

Así, situar el SMI por encima del valor que produce con su trabajo un determinado trabajador puede tener varios posibles efectos. O bien ese trabajador no es contratado. O bien el empresario tenderá a sustituir mano de obra por capital, por ejemplo mecanizando las tareas si ello es posible. O bien esa actividad terminará realizándose en la economía sumergida. O, simplemente, si el consumidor no está dispuesto a pagar ese servicio o producto al coste que supone su producción, dejará de crearse esa empresa o desaparecerá si ya está creada. Como se ve, en tal supuesto, o se destruyen puestos de trabajo, o no se crean, o se hacen invisibles. En cualquier caso, nada bueno ocurre.

Si, por el contrario, situamos el SMI en niveles por debajo del valor que produce el factor trabajo, el efecto será inocuo o, incluso, podría tener algún efecto positivo, como el aumento de los salarios a costa de margen empresarial. Tal efecto se produciría en el caso de que el empresario estuviera dispuesto a pagar, por ejemplo, 1.000 euros al mes, y el trabajador estuviera dispuesto a trabajar por 700 euros al mes. En tal supuesto, sin la existencia de un salario minimo obligatorio, lo más probable es que el salario se situara más cerca de los 700 euros que de los 1.000 euros. Pero un salario mínimo situado entre esas dos cantidades haría subir el salario a costa del margen empresarial, pues el empresario seguirá obteniendo la rentabilidad mínima necesaria del factor trabajo mientras el salario se mantenga por debajo de los 1.000 euros mensuales.

Obviamente, entre esas dos situaciones existen multitud de escenarios intermedios que producirán, también, efectos muy variados. Y también existen otras formas de implementar un salario mínimo que intente, en la medida de lo posible, paliar los efectos negativos que puede producir, estableciendo, por ejemplo, distintos SMI en función de la edad, el sector productivo, etc.

En cualquier caso, lo que no debe olvidarse es que el SMI no es sólo una prohibición jurídica al empresario de remunerar el trabajo por debajo de un determinado salario, sino que también impide al trabajador prestar sus servicios por debajo de dicho salario, aunque estuviera dispuesto a hacerlo. Dos caras de una misma moneda. 



lunes, 21 de julio de 2014

Inventando problemas a los que buscar solución

Ahora está de moda eso de la renta básica para todos. Desde Podemos hasta el PP andaluz, pasando por Izquierda Unida. Como ven, el populismo es contagioso.

La mayor parte de los que están a favor de la renta básica son partidarios, no sólo de la existencia de un salario mínimo, sino de que ese salario mínimo sea lo más alto posible.

Como ya se ha comentado más de una vez por aquí y cualquier economista no ideologizado reconoce, la imposición de un salario mínimo, como la imposición de un precio mínimo de cualquier bien o servicio, reduce la cantidad de ese factor de produción, bien o servicio que se intercambia en el mercado. Y esa reducción es tanto mayor cuanto más alto es ese precio mínimo obligatorio, además de generar normalmente un mercado negro e ilegal que pone de manifiesto la incoherencia de esas imposiciones. No hace falta ser economista para concluir que si un empresario no es capaz de vender lo que produce un trabajador porque el consumidor -usted o yo-, no está dispuesto a pagarle el coste del trabajador y, en su caso, los materiales consumidos más un margen de beneficio, ese empresario no comercializará ese bien o servicio y ese puesto de trabajo no se creará.

La cuestión no tendría mayor importancia si ese trabajador pudiera optar a un puesto de trabajo más cualificado para producir bienes y servicios que el mercado sí esté dispuesto a comprar. Pero resulta que hay un sector de la población que, bien porque está muy poco o nada cualificado, bien porque su cualificación no es demandada en el mercado -insisto, el mercado somos todos los consumidores que decidimos qué compramos y qué no, qué empresa tiene éxito y cuál no-, sólo puede acceder a determinados trabajos de escaso valor añadido.

¿Qué hacemos con ese sector de la población condenada al paro porque el Estado ha decidido que no puede cobrar menos de un cierto salario?    

Fíjense que los partidarios de la imposición de un salario mínimo, lo que dicen es que se prohíba a determinado tipo de trabajador acceder a un puesto de trabajo y al empresario crearlo. Dicho de otra forma, el Estado estaría impidiendo trabajar a esos trabajadores y, según dicen, por su propio bien. Pero además, como quienes propugnan la existencia de ese salario mínimo -y cuanto más alto mejor-, exigen simultáneamente una renta básica, la conclusión es que el mismo Estado que impide a alguien trabajar y obtener una renta básica, tendría la obligación de entregarle esa renta básica que no puede obtener porque ese Estado se lo impide. Todo muy racional, como pueden ver.


sábado, 1 de junio de 2013

¡Anda, lo que ha dicho...!

Ha sugerido el Banco de España que, excepcionalmente, podríamos olvidarnos del Salario Mínimo Interprofesional. En concreto habla de establecer "mecanismos excepcionales para evitar que el salario mínimo actúe como una restricción para grupos específicos de trabajadores con mayores dificultades para su empleabilidad". ¿Excepcionales? ¿Y por qué excepcionales? Es que tienen un complejo...

Lo que dice, con la boca chica para que no se la partan, es lo que saben la mayoría de los economistas, que la imposición por ley de salarios mínimos crea paro, como ya expliqué por aquí hace casi seis años.


martes, 21 de agosto de 2007

De sindicatos, salarios mínimos y otras tonterías

Aunque uno ya no se sorprenda de las tonterías que dicen nuestros sindicatos, no puedo dejar de preocuparme por las consecuencias de lo que proponen. Urge una modernización de las estructuras y planteamientos sindicales en nuestro país, de su financiación y de su papel dentro de nuestra democracia.

Podría poner muchos ejemplos del anacronismo de nuestro sistema sindical, pero la excusa que me sirve para poner sobre la mesa este asunto es la exigencia de la UGT de que el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) suba a 885 euros en cuatro años. Fiel a mi manía de acudir a la fuente para verificar si existen matices que pudieran cambiar el sentido de la noticia, me dirijo a la página web de la UGT. En ella compruebo que lo leído en la prensa es casi un "copia-pega" de la información que el propio sindicato ha "colgado" en su web.

En ella afirma varias cosas interesantes: que el SMI sólo afecta al 0,8% de los trabajadores, que esta renta constituye un suelo retributivo para el resto de los salarios y que, según un estudio realizado por UGT, la fijación del SMI tiene efectos positivos sobre el empleo. Les aseguro que por más que he buscado ese supuesto estudio no he conseguido encontrarlo, así que si alguien me lo hace llegar, prometo leerlo con el máximo interés.

También calla otras: que países como Alemania o Suecia no tienen SMI y que la mayoría de los economistas están de acuerdo en que la fijación de un salario mínimo por ley genera paro en los colectivos menos cualificados y más débiles.

Podría exponer aquí el mecanismo de formación de salarios y el efecto del SMI sobre la fijación del equilibrio en el mercado de trabajo, pero sería muy aburrido para la mayoría de los que me leen y tampoco les aclararía demasiado. No obstante, creo que merece la pena explicar, aunque sea de manera coloquial, las consecuencias de la intervención del Estado en la fijación de un precio mínimo del factor trabajo.

En circunstancias normales, lo que un empresario está dispuesto a pagar a un trabajador estará en función del valor añadido que éste aporte a la empresa. Si un bien puede venderse en el mercado a 10 euros, el consumo de materia prima y otros gastos para fabricarlo es de 4 euros y el empresario quiere ganar un 5% neto para ser competitivo y vender toda su producción, le podrá pagar al trabajador 5,5 euros/hora si su productividad es de 1 pieza/hora, 11 euros/hora si es de 2 piezas/hora y así sucesivamente, puesto que el coste máximo de producción no debería ser superior a 9,5 euros.

Supongamos que se trata de un trabajo de baja cualificación, un bien de consumo masivo y que la productividad media de los trabajadores es de 1 pieza/hora. Supongamos que el gobierno fija por ley un salario mínimo de 7 euros/hora. Las alternativas del empresario son fundamentalmente tres:
  • Subir el precio del bien, lo que en una economía globalizada supone en la práctica cerrar la empresa a corto o medio plazo, generando paro.
  • Contratar sólo a trabajadores cuya cualificación le permita obtener una productividad de más de 1 pieza/hora, lo que generará paro entre los trabajadores menos cualificados.
  • Invertir en maquinaria especializada, sustituyendo trabajo por capital y generando paro.
Los defensores del establecimiento de un salario mínimo no han sido capaces de demostrar lo que UGT afirma: que tiene efectos positivos sobre el empleo. Entonces ¿qué argumentos usan para defender su implantación? Según dicen, si no existiera, los salarios tenderían a fijarse por el mercado en unos niveles socialmente intolerables. Una tontería desmentida tozudamente por la realidad.

Veamos. En Alemania o Suecia no hay SMI y no parece que los trabajadores alemanes y suecos anden sumidos en la indigencia. Si en España sólo el 0,8% de los trabajadores perciben el SMI, el 99,2% perciben un salario superior, lo que implica que es el propio mercado el que mantiene los salarios en esos niveles pues, de no ser así, no tendría sentido que los empresarios pagasen salarios superiores al SMI.

Por tanto, si el SMI no interfiere en el mecanismo de formación de los salarios del 99,2% de los trabajadores ¿qué aporta al mercado laboral? La expulsión del mismo de los trabajadores más jóvenes y menos cualificados, dificultándoles la obtención de una experiencia laboral que les permita mejorar su cualificación. Un menor número de empresarios, principalmente pequeños, que no pueden poner en marcha proyectos cuyo valor añadido no supere el SMI. Un perjuicio para los consumidores que, o tienen que adquirir productos importados, o disponen de una menor oferta de bienes.

¿Cuándo van a ser valientes nuestros sindicatos y van a dejar de financiarse con cargo a los presupuestos? ¿Cuándo van a defender los intereses de los parados con el mismo entusiasmo que los de los trabajadores en activo? ¿Cuándo van a gestionar el medio y el largo plazo en lugar de buscar réditos a corto?