Llegó con su bufanda granate, la carpeta bajo el brazo y esa hambre antigua de aplauso que sólo envejece por fuera. El salón estaba lleno hasta la última silla. Ni una tos, ni un móvil, ni un murmullo de esos que suelen destriparle a uno el adjetivo más hermoso. El silencio, espeso y atento, tenía algo de milagro.
Leyó despacio. Paladeando las erres, dejando que cada metáfora apoyara los codos en la penumbra. Cuando alzó la vista en mitad del segundo poema, descubrió incluso a varias mujeres llorando sin recato. Nunca, ni en sus años de premio provincial y reseña de domingo, lo habían escuchado así.
Se vino arriba y regaló un bis. Luego otro.
Al terminar, un hombre de negro le estrechó la mano con gratitud profesional.
—Ha estado precioso, don Emilio —dijo mientras los mozos cerraban el ataúd—. A mi hermano le habría gustado mucho oírlo despierto.
