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viernes, 7 de mayo de 2010

Cuento: Amores imposibles

Como todas las tardes, se dirigió a la mesa situada al fondo de la biblioteca, junto a la sección de poesía donde, siempre sola, disfrutaba releyendo una y otra vez a los poetas románticos. Al sentarse, le resultó extraño encontrar sobre la mesa una pequeña cartulina amarilla con unos versos de Neruda y el título de un libro. La sangre le entusiasmó el rostro y taconeó sus sienes. A sus cuarenta años, jamás nadie le había dirigido siquiera una mirada de deseo ni su piel había conocido aún varón. Muy a su pesar, desde luego.

¡Bah!, no seas tonta, se dijo, hoy has llegado bastante más temprano de lo habitual, así que estos versos deben de ser para otra, nadie te esperaba a esta hora, nadie se fija nunca en ti. Miró a su alrededor, pero todos andaban a lo suyo, enfrascados en sus lecturas o simplemente dormitándolas. Con una mano en el mentón y el codo apoyado sobre la mesa, sujeta la cartulina con la otra, abanicaba sus deseos mientras cruzaba y descruzaba las piernas visiblemente incómoda. ¿Y si aquel hermoso soneto era para ella? ¿Y si alguien la amaba en secreto?

Se levantó decidida en busca de la estantería donde debía encontrarse el libro al que pertenecían aquellos versos, pero sólo encontró su hueco. Y en él, una rosa todavía húmeda, recién posada. Empezó a pensar que algún bromista se había tomado demasiadas molestias para llevarla hasta aquel rincón de la biblioteca, pero en el fondo ansiaba que todo aquello fuera por ella, para ella, así que volvió la vista ilusionada buscando una mirada delatora, algún signo sospechoso. Nada. Aturdida, se disponía a volver sobre sus pasos cuando comenzó a sonar la música a todo volumen al tiempo que un enorme cartel se desplegaba desde el techo de la biblioteca, justo en el centro de la inmensa sala. En él, manuscrito en hermosas letras góticas, podía leerse: ”Te amo, Eloísa, sencillamente porque te amo, yo mismo no sé por qué te amo. Firmado: Abelardo”. Mientras escuchaba a su espalda un gritito nervioso de enamorada, la decepción y el desengaño demudaron el rostro de Carmen.

martes, 14 de octubre de 2008

Cuento: Secretos

Mientras manipulaba una vez más el retrovisor derecho de aquel viejo coche, no podía dejar de pensar en el día en que descubrieran quién era el que movía el dichoso espejito. Y ese día acabaría todo. O quizás no. Se alegraba de que fuese un modelo tan antiguo, ayuno de esos artilugios capaces de mover como por arte de magia los espejos desde el interior sin el auxilio de nadie, se decía camino de la garita del parking.

Ya dentro del cuchitril, su mirada viajaba impaciente en un eterno camino de ida y vuelta. Desde los velados monitores en blanco y negro del circuito cerrado de televisión, hasta el mugriento reloj colgado junto a los insinuantes guiños del fluorescente que zumbaba de puro viejo. Incapaz de esperar sentado, se había apostado tras la silla con los codos sobre el respaldo, las manos entrelazadas y la espalda titubeando al compás del giro inerte del taburete.

Cuando el sonido del claxon asesinó con prisas el silencio, dio un respingo y las mariposas de su estómago despertaron furiosas. Salió de la garita atusándose el pelo y encogiendo coqueto la barriga mientras se ajustaba el horroroso pantalón gris del uniforme. Buenos días, María, saludó nervioso, ¿otra vez el graciosito del espejo?, preguntó avergonzándose por dentro. Y al tiempo que sujetaba el retrovisor derecho esperando los mandamientos, se inclinó para admirar con disimulo las hermosas piernas de María, sus pechos marciales y aquel borbollón de sensualidad que escapaba, apresuradamente y casi sin querer, de sus labios húmedos y carnosos. Algún día, cuando hubiese ahorrado lo suficiente para la cirugía, cumpliría su sueño y sería como aquella diosa, mascullaba mientras se alejaba con un aparatoso contoneo de caderas a lomos de unos enormes tacones imaginarios tras ayudar a María.


jueves, 28 de agosto de 2008

Cuento: Vivan las caenas

De un salto y dos zancadas se plantó ante él desde el otro extremo del salón. Puso sus brazos en jarras y se hizo la indignada. O quizás lo estaba. Comenzó a hacerle reproches. Que si en los últimos años se pasaba el día mirándola en silencio con cara de gilipollas. Que si nunca le dirigía la palabra. Que si ahora ni siquiera discutía con ella. Que si ya no le gustaba, con ese enorme trasero que tanto le sedujo el día que decidió invitarla por primera vez a casa. Que si cada dos por tres cambiaba de tema a golpe de mando a distancia y la dejaba con la palabra en la boca.

Angustiado por la situación, tomó una decisión. No estaba dispuesto a soportarla ni un minuto más y la arrojó por la ventana desde el décimo piso. Sin piedad. Después de treinta años, pensó, se merecía algo mejor. Más joven. Más servicial. Más esbelta. Casi anoréxica. ¡Cómo cambian los gustos con la edad! Ahora vive feliz con su nueva TV de plasma de 50” HD Ready con TDT actualizable por antena, cuatro HDMI y trescientos canales vía satélite. Ya nunca sale de casa.


sábado, 9 de agosto de 2008

Cuento: Paraíso

¡Chof! Se sentó en la silla y el agua comenzó a gotear sobre la arena, bajo la silla, junto a la sombrilla, como a través de un chino. La molesta humedad del tejido y la tirantez del salitre en la piel desaparecieron pronto, engullidas por el hábito. El sol atravesaba sus párpados cerrados dibujando extrañas luces, gusanos huecos como tenias, estrellas informes que se movían a saltos sobre un fondo anaranjado que cambiaba de tonalidad a capricho. Sólo subiendo los pómulos, bajando las cejas, apretando mucho los ojos, conseguía apagar aquellas molestas chiribitas que se perdían en la recién estrenada negrura. Por entre el canto espumoso de las olas, a molestos codazos se colaban conversaciones ingrávidas. Casi estúpidas. Lejanas. Alguien sacudió la toalla lo suficientemente cerca como para oler el bronceador en cada grano de arena que se suicidaba contra su piel. Los dorados pechos de aquella morena no cesaban de mirarle con descaro a los ojos. A lo lejos, el sensual olor a tinto de verano, cerveza helada y sardinas hacían de aquel chiringuito una fábrica de ateos, un paraíso en la tierra.

Me lo llevo, le dijo al dependiente. Aquel equipo de realidad virtual era realmente espectacular. De lo mejor que había probado. Y hasta era posible que su diseñador, si era lo suficientemente anciano, hubiese pisado alguna vez una playa.


miércoles, 6 de agosto de 2008

Cuento: Mi pequeño gigante

A punto estuvieron de atropellarlo. Se puso verde de rabia. Cuando consiguió alcanzar la acera y se sintió a salvo, recuperó el color. A pesar de aquella extraña habilidad que le permitía manejar a su antojo el movimiento de sus ojos -mirar hacia atrás al tiempo que observaba las largas piernas de aquella morena tendida sobre la arena de la playa, junto a las dunas-, se había vuelto a perder. Posiblemente fue la noche anterior. Se alejó más de la cuenta y el extraño paisaje arrancó de su memoria el camino de vuelta a casa.

Entonces apareció aquel gigante enorme. Cuando lo vio con uno de sus ojos, el que en ese momento miraba al cielo, salió corriendo, pero una mano del tamaño de su cuerpo consiguió atraparlo. Se revolvió, pataleó, abrió la boca en un grito mudo. La suavidad con la que aquellos dedos le inmovilizaron le desconcertó. Seguro como estaba de que serviría de aperitivo a aquel coloso, quedó confundido al comprobar cómo, tras subirla a la altura de su pecho, abrió la mano para que se apaciguara sobre su palma. Como una invitación al sosiego. Como una señal de amistad.

Los mayores del lugar le dijeron que aquellos gigantes que le habían devuelto a su hogar eran humanos. Y que no tenía que estarles agradecido por evitar lo que ellos habían provocado. Que nunca se fiara de su sonrisa. Que les habían robado sus tierras. Que los cazaban para exhibir su intimidad en un terrario el resto de sus días. Pero aquéllos no. Aquellos humanos no podían ser así. Le habían salvado la vida. El pequeño camaleón se alejó, cabizbajo y vestido de gris triste, rumiando las palabras de advertencia de los ancianos, incapaz de trocar el agradecimiento en temor y odio, pero consciente de que no debía olvidarlas.


(A mi pequeño gigante que, cariacontecido pero convencido, se internó en las dunas para devolverlo a su hogar)

martes, 24 de junio de 2008

Cuento: Un final rebelado

Puso el punto final y sonrió satisfecha. Terminó el relato que supondría un antes y un después en su corta experiencia de escribidora de cuentos. Todos sus lectores, escasos aunque fieles, esperaban con impaciencia la publicación de cada escrito, convencidos de que siempre valía la pena hacer la aburrida travesía de los párrafos previos con los que incitaba, incluso al más sagaz de los lectores, a dejarse conducir dócilmente hacia un inesperado final. Todos anhelaban su dosis semanal de estupor.

Pero esta vez, cuando se publicara en el próximo suplemento dominical, la sorpresa sería la ausencia de ésta. Harta ya de que la onda expansiva de la explosión final sólo dejara cascotes del mimo con el que construía la trama, había decidido coser los bajos de este último relato con los pespuntes anodinos de la normalidad. Era consciente del riesgo. Cabía la posibilidad de que la responsable de su éxito fuera sólo la calidad de su imaginación y no la brillantez literaria de su escritura. En ese caso, enterraría su fantasía bajo el peso de las palabras que jamás volvería a escribir. Debía averiguarlo. No podía vivir con aquella desazón.

Como todos los domingos, aquél se levantó temprano. Salió a la puerta a recoger del buzón la prensa y se preparó el desayuno. Aún en pijama y ante un café recién exprimido, abrió el suplemento. Sus ojos se abrieron aún más que las enormes páginas. La taza, que ya había adquirido velocidad de crucero a bordo de su mano, quedó paralizada a mitad de trayecto. Con el brusco frenazo, un par de diminutas gotas de café con leche consiguieron escapar, multiplicando espectacularmente su tamaño cuando el papel de periódico, eternamente sediento, consiguió engullirlas con el ansia de una magdalena caducada en pleno agosto.

No podía ser. Ése no era el relato que ella había enviado el viernes a la redacción. Lo volvió a leer más despacio. Bueno, sí. Era el mismo que envió, excepto en su desenlace. Se podía leer perfectamente toda la trama. El sufrimiento de aquella mente privilegiada y su familia cuando le diagnosticaron la extraña enfermedad mental. Sus sensaciones al ser internado en un psiquiátrico. La impotencia ante el fracaso de todos los tratamientos conocidos. La angustia de decir sí a un tratamiento experimental, nunca antes ensayado en seres vivos. Todo estaba allí. Magistralmente retratado con la infinita gama de colores que pueden nacer del negro sobre blanco.

Pero el final, ese final que no debía eclipsar la belleza de un relato cuidado hasta el más mínimo detalle -quizás el mejor de todos los que había escrito hasta entonces-, no era su final. Aquel final simplón con desenlace feliz y que debía lucir de esta guisa, "...tras dos largos meses de tratamiento experimental, alcanzó a transformarse en cuerdo. Llevaban treinta años tratándolo sin éxito y, ante el asombro de los médicos presentes, el cuerdo comenzó a hablar con palabras doctas y sapiencia admirable. Como antes de la larga enfermedad", se había transmutado en otro de similar apariencia pero de sentido radicalmente distinto. El nuevo final se parecía extrañamente al tipo de desenlace que su lector habitual esperaría de ella. Hasta tal punto era sorprendente, que terminó apropiándose, con su narcisismo de parásito engreído, de la brillantez de los párrafos que le precedían. Como siempre.

Pasados los primeros momentos de iracunda incertidumbre, la razón de su desdicha se le mostró desnuda e inverosímil. ¿Un mensaje del destino? ¿Una extraña casualidad? Lo cierto es que, desde el comienzo del final del relato hasta el final de la página, incluyendo el resto de noticias, un error tipográfico había mutilado algunos vocablos sin la más mínima compasión. Había hurtado la letra u a todas aquellas palabras que originalmente deberían lucirla tatuada en sus cuerpos de papel y tinta.


miércoles, 18 de junio de 2008

Cuento: Lenguaje corporal

Tras escucharle largo rato atrapada por su peculiar forma de hablar, unas pequeñas gotas de sudor resbalaron alegres por mi frente incapaces de contener por más tiempo la alegría. El misterio quedó resuelto y me empotré en la mullida butaca, relajada y satisfecha. Cierto es que me perdí la conferencia por acercarme tanto a las palabras, pero debo reconocer que de todas las teorías expuestas sobre antimateria, agujeros negros y cuerpos celestes, interesarme, lo que se dice interesarme, sólo me interesaba el cuerpo de mi amigo el astrónomo, que estaba sentado justamente al lado.

Nos habíamos conocido hacía un par de semanas, en una reunión de catedráticos de Universidad, y me propuso que le acompañara a lo que él calificó de conferencia única e irrepetible. Tan ilusionado y encantador se mostró, que me vi obligada a dibujarle en el aire un ¡por supuesto! en forma de pequeños saltitos acompañados de un palmeo nervioso y cursi. ¡Qué vergüenza! ¡Y a mis años! Pero sólo de pensar en las posibilidades que se abrirían tras aquella penitencia... Una cena romántica, unas copas por los garitos de moda y, tal vez, un ¿en tu casa o en la mía? Aún no había decidido si estudiarlo, trabajarlo, o ambas cosas. Una egiptóloga con los pies en la tierra y un astrónomo con la cabeza en las nubes... Ya veremos qué sale de ahí.

Pero todo eso sería más tarde. Ahora, mientras aquel adonis, al que se le estaba poniendo cara de postre nocturno a marchas forzadas, escuchaba embobado, mi aburrimiento había encontrado una diversión inesperada en la extraña forma de hablar del singular conferenciante. Un hermoso jeroglífico. Sus continuos y extraños tics no eran aleatorios ni cadenciosos, aunque nadie en aquel enorme auditorio parecía haberse dado cuenta. Claro, que yo no era una observadora cualquiera. Tras un rato de concienzudo análisis, comencé a identificar las circunstancias en que se producían. Unas veces, durante un instante, dejaba caer imperceptiblemente la cabeza hacia delante mientras fruncía el ceño bajando sólo la ceja derecha. Otras, sólo dejaba caer la cabeza en un recorrido algo más amplio. Y otras, hacía un movimiento seco y rápido con la cabeza al frente sin mover el resto del cuerpo, como si pretendiera desempotrar de la nuca el cuello sudado de su camisa. Pero siempre con movimientos suaves, sin romper la armonía de sus gestos, como si todo formara parte de una compleja coreografía.

En poco más de media hora comencé a intuirlo. En algo más de una hora había conseguido descifrarlo. Me despistaron unas anomalías en la pauta principal. Anomalías que, curiosamente, también seguían un patrón definido. Sólo se producían al pronunciar determinadas palabras que contenían dos vocales juntas. Aquel hombre hablaba con acento. O, para ser más exactos, escenificaba las tildes. Y también las comas. Y los puntos. Y además, no parecía tener claras las reglas específicas de acentuación de diptongos e hiatos. Era todo un espectáculo para quien supiera ver más allá del firmamento que describían sus palabras. ¡Una conferencia única e irrepetible!, resonaron sus palabras en mi cabeza. No empezaba mal la noche. Cuando encendieron las luces, consideré llegado el momento de ponerle los puntos sobre las íes a mi acompañante.


viernes, 13 de junio de 2008

Cuento: Sacrificio

Cuando aquella mañana me informaron de que estaba despedido, el desánimo sedó mis emociones. Ni una mueca. Ni un ruido al tragar la sequedad de mi boca. Con la mirada estrellada en el suelo y el ruido sordo de palabras que ya no escuchaba, firmé el recibí de la carta sin siquiera mirarla. La doblé con desgana para que cupiese en el bolsillo de la camisa y la guardé. Cayó al suelo en una extraña pirueta. Como burlándose de mi torpeza. Era un estúpido. Precisamente ese día llevaba mi única camisa sin bolsillo. La recogí de las frías baldosas donde descansaba obscenamente despatarrada, di media vuelta y salí del despacho. Todo había transcurrido con la lentitud grisácea de lo irreal, hasta que, al salir a la calle, el sol del mediodía apuñaló mis ojos.

A mis cincuenta y siete años recordaba escasos momentos de felicidad. Desde mi orfandad, con tan sólo nueve años, viví de desgracia en desgracia. Protagonista de historias, a cual más extravagante y grotesca, siempre quise en ellas ser el actor secundario, consciente del sufrimiento que, invariablemente, el destino infligía al principal. Y ahora, una vez más, ese mismo destino reescribía mi futuro tachando con tinta indeleble mi presente. Ya no lo soportaba más. Algo tenía que hacer para que aquella extraña enfermedad dejara de dirigir mi vida.

Desde hacía tiempo, una rara habilidad para la escritura me permitió ganarme la vida trabajando en las redacciones de los periódicos. Uno tras otro, terminaban despidiéndome al descubrir el secreto. Nunca tardaban más de tres o cuatro meses. Con el tiempo, conseguí ocultar la enfermedad y sus efectos durante cada vez más tiempo. Dando tumbos por oscuras redacciones de tercera, llegué al periódico del que me acababan de despedir. Hacía de eso más de tres años. Conseguí ascender por méritos propios a adjunto del redactor jefe. Las crónicas y columnas de opinión que escribía a diario habían recibido varios premios y gozaba del respeto de todos mis colegas. Escribir me aportaba chispazos de felicidad momentánea. Instantes de placer auténtico, aunque se marcharan sin dejar razón en la memoria. Y eso era todo un lujo para un desgraciado como yo. Hasta que, una vez más, todo quedó al descubierto. Bajé la guardia por un momento y las caras de incredulidad a mi alrededor certificaron el desastre.

A esas alturas, la verdad sonaba falsa en mi boca. De nada sirvió que me deshiciera en explicaciones. Ni que aportara informes médicos. Hacían verdaderos esfuerzos por simular que me creían, pero sólo era civilizada hipocresía. Intentaban convencerme de que la verdadera razón de mi despido era que mentí cuando me contrataron, aunque lo que reflejaban sus caras era indignación y vergüenza por el ridículo hecho durante tres largos años. Sus egos no podían soportar que yo, un brillante redactor que había conseguido duplicar la tirada diaria del periódico, hubiese conseguido mantener el engaño durante tanto tiempo. Por más que argumenté la excepcional calidad de mis trabajos –recordatorio que les alteró aún más si cabe-, no hubo forma de convencerles. ¡Nos has engañado!, repetían a gritos una y otra vez, conscientes de lo ridículos que sonaban. La situación empeoró cuando, en un intento desesperado por desmontar su tesis, negué que hubiese mentido para ser contratado. Ni en el anuncio de trabajo se indicaba, ni en la entrevista posterior se me preguntó. El puñetazo en la mesa fue respuesta suficiente a mi osadía. Pero era la verdad. Nunca pude mentir porque nunca me lo preguntaron.

Pero de nada servía ya lamentarse. Había decidido buscar de nuevo trabajo. Era realmente bueno escribiendo y no iba a permitir que me despidieran otra vez sólo por no saber leer. Realmente, por no poder leer. Esa maldita enfermedad que no permitía a mi cerebro identificar aquellos extraños signos, pero sí transformar en palabras lo que pensaba, sentía, escuchaba o miraba, no iba a arruinar mi vida una vez más. Estaba decidido. Se acabó para siempre volver a explicar, soportando miradas incrédulas y ofensivas, los efectos de una rara enfermedad que no terminaba de creerse nadie. Me arranqué los ojos. Nadie iba a despedir a un ciego que escribía de forma tan extraordinaria por no saber leer. Nadie esperaba de un ciego que supiera ni pudiera leer. Y por si fuera poco, las bonificaciones en la cuota de la Seguridad Social aumentarían mi caché.


miércoles, 4 de junio de 2008

Cuento: Notas de amor

La tomé en mis brazos y acaricié sus caderas con los ojos ardientes. Esos ojos con los que mira la tristeza mientras la esperanza y el pudor esnifa una lágrima traicionera. Jamás nos habíamos separado desde que la vi por primera vez. Fue al salir del conservatorio, hace ya más de cuatro décadas. Iba del brazo de otro hombre y aflojé instintivamente el paso para observarla sin ser visto, para enamorarme a cada paso, para imaginarme la dulce música de su cuerpo entre mis manos.

La avanzada edad de su acompañante, la pulcritud de su traje, de buen paño y con toda seguridad hecho a medida, su cuidada barba teñida, sin una sola cana, y el desdén con el que la trataba, transmitía la desagradable sensación de ser aquélla una relación de pura conveniencia. Mercantil e interesada. Al doblar la esquina, entraron en aquella tienda de antigüedades que yo conocía bien. Todas las mañanas pasaba frente a su puerta camino del conservatorio. Sin saber por qué, me quedé observando el escaparate repleto de obras de arte. Muebles restaurados con varios siglos de antigüedad, bellísimos cuadros, dorados candelabros... Podía verlos a través del cristal mientras él discutía acaloradamente con la dueña, gesticulando y manoteando. Al cabo de unos minutos salió de la tienda a grandes zancadas. Solo. ¿Y ella? Me dio un vuelco el corazón. Entré, nervioso e inseguro como un adolescente. Entonces la vi. Y hasta hoy. Recorrimos medio mundo juntos. Unas veces llorábamos de felicidad, otras reíamos por no llorar, y las más, gozábamos. Pero siempre juntos.

Hace algunos años ya que llevamos una vida relajada y sedentaria. Los achaques de la edad, que llaman al goce tranquilo, a la felicidad serena. Y ahora, una extraña enfermedad que comenzó afectando su hermosa piel caoba y que creíamos vencida, ha reaparecido con tal virulencia que afecta ya a su columna vertebral. Probablemente un parásito que se coló de polizón en su cuerpo durante nuestro último viaje, nos dijeron los especialistas.

Y ahora estaba allí, esperando junto a ella. Con la mirada perdida y fija sobre aquel extraño cartel que en hermosas letras góticas indicaba el camino del quirófano. Curioso nombre para aquella estancia fría, pulcra hasta la exageración y repleta de extraños artilugios. Cuando el lutier rodeó cuidadosamente con sus brazos mi viola da gamba y se adentró por el largo pasillo, mi corazón perdió el compás y comenzó a desafinar como un alumno de primer curso de solfeo. Una semana más tarde, está ya casi recuperada. Mírenla -¡qué hermosa es, Dios mío!-, en la última sesión de rehabilitación con su fisioterapeuta.


jueves, 8 de mayo de 2008

Cuento: La receta

A pesar de tanta sferificación, gelificación, emulsificación, espesantes y deconstrucciones culinarias, no terminaba de tranquilizarme el hecho de que aquel plato lo hubiese preparado un discípulo aventajado de Ferran Adrià.

Todos me animaban a que degustara aquella supuesta delicia, a que aplaudiera la genialidad del cocinero, a que pusiera mis ojos en blanco de puro gusto. Lo intenté. Juro que lo intenté con todas mis fuerzas. Algunas lágrimas escrupulosas saltaron despavoridas. La lengua buscaba algún escondrijo donde perderse. Lo tragué como pude. Y todos aplaudieron entusiasmados lo que interpretaron como una convulsión de placer.

Cuando días después pasé casualmente por la puerta del restaurante, no pude reprimir una arcada instintiva. Resultaba extraño que a aquellas horas aún estuviera cerrado. Un violento escalofrío aumentó en dos tallas mi piel. De nuevo me vino a la mente aquella cosa que ocupaba en soledad el centro del enorme plato sobre un lecho de extraños líquidos marrones. Y que parecía, olía, sabía y crujía en mi boca como una cucaracha. Antes de caer en la más absoluta oscuridad y dar con mis huesos en el suelo, alcancé a leer las primeras palabras del letrero que colgaba de la puerta: "Precintado por las autoridades sanitarias. En cuarentena por desinsectación.....".


martes, 6 de mayo de 2008

Cuento: La estantería

A la vista de la velocidad con la que se abalanzaba hacia mí aquella curva, el asunto no tenía pinta de terminar bien. El volantazo llegó tarde, el magnífico Porsche descapotable giró tres veces sobre sí mismo y salí despedido por los aires.

No era la primera vez. Hace unos días, quedé atrapado bajo una embarcación deportiva cuando, tras perder el contacto con el agua, salió volando y aterrizó sobre un árbol. La semana pasada me estrellé con el helicóptero cuando una ráfaga de viento desequilibró el aparato y destrozaba el rotor de cola contra una farola.

Al principio me gustaba el riesgo, la novedad, la emoción. Pero todo cansa. Cansa tanto niño rico. Cansa tanto juguetito sofisticado y caro. Ya sólo quiero ser lo que un día fui, el viejo capitán de aquel barco pirata -medio analfabeto porque nunca pudo hincar los codos-, y reposar tranquilamente en la estantería de los juguetes junto a mi añorada Barbie Consejera de Avón.


lunes, 28 de abril de 2008

Cuento: Expropiación forzosa

Nunca pensé que aquella extraña habilidad con la que gastaba pesadas bromas a mis padres de pequeño, y que fui perfeccionando con los años, me permitiría escapar de aquella cárcel de huesos y carne. Cuando el médico pronunció el diagnóstico seis meses después del tremendo accidente, tras despertar del coma, el cerebro dio una voltereta en mi cabeza. Era la única parte de mi cuerpo que aún podía sentir. Tetraplejia severa con pronostico de recuperación nulo, dijo el doctor. Casi sin mirarme. Y se marchó.

Diez años después, vacío de toda esperanza y expropiada mi voluntad, lo hice. Como cuando era pequeño. Pero esta vez no era un juego. Cerré los ojos y paré mi corazón. Para siempre. Quedé en libertad. Arrebaté mi propia muerte a quienes me la habían robado.


miércoles, 2 de abril de 2008

Cuento: Siniestra

Esa noche no la vi venir. Hacía ya un rato que no la sentía cerca, a pesar de que éramos uña y carne. Como partes de un mismo cuerpo. Incluso llegamos a este mundo un mismo día de Enero. Éramos idénticas. Un reflejo en el espejo. Hasta esa noche.

Cuando la vi aparecer, de pronto, empuñando aquel cuchillo de cocina, se me heló la sangre. Apenas tuve tiempo para apartarme e impedir que se clavara en mi corazón. Pero no pude evitar que me alcanzara. Cuando el acero hurgó en mi carne y descabelló una arteria, soltó histérica el cuchillo y taponó con un paño de cocina aquel potente chorro rojo, caliente e intermitente, por el que también a ella se le escapaba la vida. Por el que también ella sufría.

Varios puntos de sutura y una semana de baja. Aún siento escalofríos al recordarlo. Al revivir la sensación de pánico e impotencia que me paralizó. Cuando la punta de aquel cuchillo apareció, inesperadamente, tras aquel trozo de coco que sujetaba con fuerza. Cuando el coco escapó de pronto. Cuando el cuchillo se hundió entre el pulgar y el índice, lejos del corazón. No. Ya no seremos idénticas. Una de nosotras lucirá una hermosa cicatriz. La siniestra.

Dicen que alguien dijo "....que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha" (Mateo 6, 1-4). ¡Bah! Paparruchas. Después pasa lo que pasa.


jueves, 27 de marzo de 2008

Cuento: La respuesta

Sólo fue un instante. La primera vez, apenas tendría diez años cuando el alma me estranguló el estómago. De pronto. Sin buscarlo. Te haces mil veces la pregunta y siempre suena hueca, sosa, obvia. Pero a veces, muy pocas, a traición, la respuesta, enorme, majestuosa, en mayúsculas, se enseña esquiva e inquietante.

Nunca sabes si escapa antes de degollarte con el frío acero de la verdad o si la falsa lucidez, temerosa, manotea alocada espantándola. No te atreves a averiguarlo. Temes que del viaje sólo retorne tu sombra. Pero cada vez que ocurre, cada vez que llega el instante, las viejas ganzúas que flanquean la eterna pregunta se yerguen. Se funden en un abrazo obsceno que alumbra una llave maestra. Al corazón le entra la prisa, el vértigo se indigesta y la razón disimula. Apenas intuida, desaparece la puerta. Escapa el instante antes de que el tiempo lo atrape para convertirlo en segundo, en minuto, en hora. Vuelves a ser tú sin saber quién eres. Por qué eres. Vendrán otros instantes que se harán eternamente breves. Cuando ellos quieran. Cuando tú no lo esperes.

Nunca sabes si es el último. Ni siquiera si el último existe. Aquella tarde levanté la vista del libro con inquietud y me topé con la duda. Una vez más. La esperaba. Había aprendido a sentir en mi piel el galope violento de la vieja pregunta sobre la que cabalgaba orgullosa. Y llegó el instante. La respuesta. La verdad. El último instante.


jueves, 28 de febrero de 2008

Cuento: Mentiras piadosas

Me había propuesto hacerlo al menos una vez al mes. Conocía los riesgos y las dificultades. Era incapaz de mentir. Mi propia naturaleza lo impedía y sólo lo conseguí tras semanas de entrenamiento, sacrificio y perseverancia. La sinceridad más absoluta, sin fisuras, era la esencia de mi trabajo. No sería la primera vez que saltaba hecha añicos la brillante carrera de algún colega por no reflejar una imagen fiel de la situación del cliente.

En muchos casos, quienes acudían a nosotros en busca de ayuda se marchaban exultantes. Encantados con nuestro trabajo. Pero en otras ocasiones, la cara de tristeza y amargura con que se alejaban me partía el corazón. Un día escuché a un cliente comentar que una amiga se había quitado la vida tras los reiterados informes negativos de un colega. Al parecer, se despeñó por una profunda depresión. O algo así me pareció entender. En ese mismo instante decidí que, al menos una vez al mes, mentiría a aquellos clientes que se acercaran a mí con temor, con la mirada esquiva y triste, con la estima arrastrándose pesadamente tras ellos. Pequeñas dosis de felicidad efímera envueltas en mentiras piadosas.

La primera vez que lo hice, me asusté. Aquella adolescente, de minifalda imposible, gruesas piernas, cintura ausente y carne excesiva dio un respingo cuando me miró. Soltó un gritito agudo que ahogó rápidamente de un manotazo en la boca. Tan violento que casi convierte la ortodoncia en un piercing dental. Seguro que me descubren y se va todo a la mierda, me dije. Pero entonces abrió sus enormes ojos azules. Me miró en silencio durante un rato. De arriba a abajo. De abajo a arriba. Sonreía. Volvía a mirar. Giraba sobre sí misma. Volvía a sonreir. Finalmente me dió un beso y se marchó canturreando algo ininteligible. Me sentí bien. Muy bien. Al día siguiente volví a hacerlo. Y al siguiente. Y todos los demás. Lo que empezó como algo discreto y esporádico, se convirtió en inevitable. Todos querían que les atendiera. Hacían cola mientras mis colegas de planta bostezaban ociosos. Aquello había tomado un rumbo peligroso. Ya era público y notorio que algo extraño pasaba. Sólo era cuestión de tiempo que mis jefes ataran cabos.

Cuando vi llegar a los empleados de mantenimiento con un martillo, un contenedor y mi sustituto, supe al instante que estaba despedido. Al fin y al cabo, no era más que un simple espejo de probador con un contrato basura en unos grandes almacenes.


lunes, 25 de febrero de 2008

Cuento: La cuesta de Febrero

Me había propuesto hacerlo al menos una vez al mes, pero últimamente me resulta imposible. En la cama, en el sofá, en el ascensor, en la ducha.... No hay forma. Empiezo y me quedo a medias. Uno tiene su reputación y no se trata de hacerlo de cualquier manera. Es curioso, porque al principio lo hacía varias veces al mes. Y cada vez mejor si hemos de hacer caso de los halagos recibidos. Nunca se está seguro de si son o no merecidos, pero retirados el parapeto del pudor y la falsa modestia, a solas con el espejo, se dice uno ¡eres bueno, macho! Después, pasados esos breves momentos de egorrachera, despiertas con dolor de orgullo y asumes con humildad que hay otros que la tienen más grande. Y a veces, también más dura.

Pero no es momento de glosar viejas batallas coloreadas por la memoria. Se acaba el tiempo. Poco a poco, casi sin percatarme, la realidad estranguló a la imaginación. Ahogada por el mes a mes y el frío del invierno. Espero que el sereno alboroto de la primavera excite de nuevo la libido y su apetito inquieto espolee el estómago de barbilla para arriba. Y de cintura para abajo, que también mis pies añoran caminos nuevos. A punto de doblar la esquina de este mes, que nos regala un día más de vida con las sobras del tiempo invivido de otros años-¡qué ingenuidad!-, y aquí estoy. No he cumplido mi propósito. Todavía. El cuento de Febrero aún no ha sido escrito. Ni siquiera imaginado. Aunque bien podría comenzar con un "Me había propuesto hacerlo al menos una vez al mes....."


domingo, 20 de enero de 2008

Cuento: Como la vida misma

Anoche me acosté cansado. Muy cansado. Vivir me estaba matando. ¿Es que nunca se descansa de vivir? Aunque sean algunos días de asuntos propios o algún puente....

Me levanté temprano, me di una ducha caliente, me abrigué y salí a la calle. No sé qué sucedió durante la noche. Deben ser esas hormonas que dicen que uno produce mientras duerme. Me sentía fuerte, exultante. A mis poco más de cincuenta años, tenía la vida resuelta. Un buen trabajo, una familia a la que adoraba. Muchos muros derribados, muchos obstáculos salvados. Y hace unos días, una noticia inesperada, amenazaba con destruir todo eso.

Esa mañana había decidido ir andando, a pesar de los diez kilómetros de caminata que tenía por delante. Iba absorto. Pensando en la mejor manera de afrontar aquel nuevo contratiempo. Y recordando las veces que me había visto atrapado en situaciones personales complicadas. Sin salida aparente. Con esa desagradable sensación de impotencia. Y las veces que había conseguido sobreponerme. Con esfuerzo. Con constancia. Con ayuda de los míos. Y con algo de suerte, por qué no decirlo.

Hacía una espléndida mañana de Enero y el sol atizaba lo suficiente como para que el cuerpo empezara a discutir con la ropa. A escasas tres calles se divisaba el alto edificio al que me dirigía. Debía llevar escrito en la cara que era la primera vez, porque el conserje que bostezaba tras el mostrador de recepción me miró y me preguntó a dónde iba. ¿La unidad de oncología, por favor? Es mi primer día de quimioterapia, le contesté con la mejor de mis sonrisas. Ese día comenzaba la primera batalla de una nueva guerra. Otra más.


(A un compañero y sin embargo amigo. Ánimo, que hasta el rabo, todo es toro)

viernes, 14 de diciembre de 2007

Cuento: La cómoda de mis abuelos

Pasados ya los ochenta, mi cuerpo se negaba con descaro de prófugo insolente a acatar la disciplina militar que me había hecho famoso en mis años de Coronel de Infantería. Ahora, en las escasas ocasiones en que pretendía subir la empinada escalera que conducía a la vieja buhardilla, el óxido de la vejez interfería las comunicaciones con el Estado Mayor e impedía a mis piernas recibir nítidamente sus órdenes. Hasta que el amor propio, en un acto de heroísmo suicida, conseguía restablecerlas. El asma, que con su corneta desafinada e imprevisible tocaba unas veces fajina, otras diana, y las más, un desconcierto de pitos, al segundo escalón ya entonaba retreta con impertinente insistencia.

Ese día, doblegado el enemigo y ganada la batalla, me regalé una merecida tregua en el descansillo antes de abrir la puerta de la buhardilla. Desde el pequeño ventanuco que lo iluminaba, se podía observar la presumida veleta remozada, centinela de la ciudad, haciendo guardia sobre la soberbia torre que mostraba sin pudor los tatuajes que en su piel dejó la historia de la Isbilya musulmana y la Sevilla cristiana. El olor a azahar, pugnando por hurtar protagonismo a la embriagadora luz de aquella mañana de principios de Mayo, llegó a lomos de una leve brisa y descabalgó de un salto levantando en vilo mi ánimo.

Recuperado el resuello, traspasé el umbral de la vieja puerta. Esa tarde iba a visitarme mi nieto y quería regalarle una vieja condecoración que me mantuviera vivo en su memoria cuando, más pronto que tarde, ocurriese lo inevitable. La encontré y la guardé en mi bolsillo. Me disponía a salir cuando reparé en la antigua cómoda heredada de mis abuelos que descansaba en un rincón. Había encanecido rápidamente desde la última vez que le quité el polvo. En sus cuatro enormes cajones dormitaban viejos ejemplares de novelas de aventuras, mapas militares, relatos de batallas, ensayos de filosofía, libros de historia....Todos rescatados de la librería que regentaba el padre de mi abuelo, mi bisabuelo, hace casi dos siglos. Su historia siempre me pareció tan fantástica como irreal. Siendo muy niño, una grave infección lo dejó ciego. De mayor, fueron famosas tanto su extraña habilidad para deambular por la librería ordenando libros, como su genialidad para el arte del ajedrez, en el que era invencible a pesar de su ceguera, sin que nadie llegase a explicarse nunca cómo distinguía unos libros de otros o cómo había conseguido aprender y dominar aquel milenario juego. O al menos eso contaba mi padre. Claro que ya se sabe, el cariño y la progresiva opacidad de los años son un magnífico abono para la mala hierba del bulo y la exageración.

Un impulso inexplicable me llevó a dirigirme hacia la cómoda y abrir el cajón superior. Aunque en la penumbra de la buhardilla apenas se podían distinguir las apagadas letras en la cubierta de aquellos libros, alineados en prieta formación con los lomos a la vista, mis cansados ojos consiguieron leer algunas palabras sueltas. Cuando me disponía a coger uno de ellos para comprobar unas extrañas muescas que tenían en su parte superior, mi mano rozó accidentalmente una pequeña palanca oculta al fondo de la cómoda, justo detrás del cajón que acababa de abrir. En ese momento, la pequeña tablilla frontal situada a la altura de mis ojos, con adornos tallados en madera, se desplazó unos centímetros hacía mí. Era un cajón oculto, tan ancho como los demás, pero con sólo un tercio de su altura. Sorprendido, tiré de la tablilla y apareció ante mí un libro enorme, de algo más de medio metro de lado. Tanto su tapa como sus páginas estaban en blanco. No contenían letra alguna, aunque al tacto se podían apreciar unas extrañas rugosidades que mi deteriorada vista no alcanzaba a distinguir. Desconcertado, lo puse bajo mi brazo, salí de la buhardilla, bajé las escaleras y me senté en el salón, ausente y pensativo. El descubrimiento de aquel extraño libro, escondido en un cajón secreto desde hacía más de siglo y medio, debía significar algo.

No sé cuánto tiempo estuve así, pero sonó el timbre de la puerta y di un respingo. Tras unos segundos de desorientación, recordé que mi nieto venía a merendar esa tarde. Me levanté y me dirigí hacia la puerta. Tras dos cariñosos besos, agarró mi brazo para que le guiara hasta el sofá. Me apenaba que aquella extraña enfermedad le hubiese dejado ciego hacía más de veinte años y, aunque no necesitaba de mi ayuda para moverse con soltura por la casa, siempre solicitaba mi brazo haciéndose el desvalido. De esa forma, él disfrutaba haciéndome sentir útil y yo era feliz haciéndole creer que no me daba cuenta de su fingimiento. Lo dejé cómodamente sentado en el amplio salón mientras iba a la cocina a preparar el café y las torrijas que había comprado esa misma mañana en la magnífica y longeva confitería de La Campana.

De pronto oí su voz. ¡Abuelo, es espectacular! ¿Éste era el regalo sorpresa?, gritó desde el salón. Metí la mano en el bolsillo. La condecoración seguía allí. Entonces ¿a qué se refería mi nieto? Caí en la cuenta de que había dejado el misterioso libro encima del sofá. Seguramente sus manos tropezaron con él y creyó que era ése el regalo por el que le había hecho venir. Pero ¿qué tenía de espectacular aquel libro?¿cómo sabía lo que significaba? Cuando volví al salón, lo encontré entusiasmado recorriendo nerviosamente sus páginas con sus manos abiertas y las yemas de los dedos correteando sobre aquellas rugosidades, como barajando con habilidad de mago las fichas de dominó antes de una partida. ¿Qué es tan espectacular?, le inquirí impaciente. Este Tratado Moderno de Ajedrez de mediados del XIX escrito en Braille, contestó. Es una verdadera joya y te ha debido costar una fortuna, sentenció emocionado. En ese momento lo entendí todo.


(Dedicado a mis abuelos, cuya cómoda aún conservo)

viernes, 30 de noviembre de 2007

Cuento: El emepetrés

Desde que me había comprado aquel emepetrés de última generación, mi vida había cambiado por completo. Al principio sólo lo usaba para aislarme del mundo, pero poco a poco comencé a apreciar otras virtudes accesorias de ese mágico aparatito. Una música para cada estado de ánimo, viceversa, una excusa para ignorar a la pesada vecina en el ascensor, una forma de escuchar conversaciones ajenas sin parecer una cotilla, un chivato que advierte del exceso de cerumen....

Un día, como siempre andaba corriendo tras el tiempo sin atraparlo, le pedí a mi hermano que en sus ratos libres se encerrase en su cuarto, leyese en voz alta el libro de Introducción al Derecho y lo grabase. Para hacer la prueba, durante toda una semana me puse los auriculares en cuanto me levantaba y no me los quitaba hasta que caía rendida en la cama. En el metro, por la calle, en el trabajo mientras fregaba los suelos de las oficinas o las escaleras, en el almuerzo, en el gimnasio. Después recopilé todas las preguntas relativas a esa materia que habían aparecido en las oposiciones de los últimos treinta años y me puse manos a la obra. Las clavé todas. Y sin hincar un sólo codo. Al día siguiente le entregué a mi hermano los diez libracos, casi once mil quinientas páginas, para que los convirtiera en verbo y los encerrase bajo llave en el emepetrés.

Dejé mi trabajo. Durante los dos años siguientes, aquel pepitogrillo sabihondo se convirtió en un apéndice más de mi cuerpo. Apenas hablaba con nadie, ni leía, ni veía la televisión, ni salía con mis amigos..... Ni siquiera pisaba ya mi adorada biblioteca. Sólo escuchaba una y otra vez aquellos libros que la voz de mi hermano había desintegrado para recomponerlos en una eterna sucesión de segundos, minutos, horas. Muchas horas.

Llegó el esperado día. Repartieron los folios con las preguntas y me dispuse a contestarlas con la estúpida arrogancia de quien se sabe invencible. Cuando posé mi mirada sobre el papel, pensé que aquello debía ser una broma de mal gusto. Miré a mi alrededor y todos estaban ya escribiendo a destajo en sus respectivos exámenes. No entendía aquellos símbolos tan raros. Ni siquiera era capaz de escribir mi nombre en la cabecera. Una serpiente de angustia comenzó a subir por mi pecho hasta enroscarse en mis cervicales. Como un cilicio que traspasaba mi nuca para abrazar un cerebro a punto de estallar. El pánico, remojado en sudor frío, terminó empujándome con violencia contra la realidad. Lo peor no era suspender el examen. Tampoco haber encerrado entre absurdos paréntesis dos años de mi vida. El drama era que había perdido, quién sabe si para siempre, la llave de aquellas mágicas puertas que me habían permitido, antes de aquella locura, vivir otras vidas desde el viejo sillón orejero que dormitaba en un rincón de mi modesta biblioteca. No reconocía las letras. Ya no sabía leer.


(Para Reyes, dama de sevillano nombre, con afecto. Espero que la dedicatoria no tenga derechos de autor)

jueves, 22 de noviembre de 2007

Cuento: Videoconferencias

Sin duda, mi doctorado en ingeniería, aunque ya no ejerciese desde hacía décadas, me permitía apreciar mejor los matices, inapreciables para los profanos, de esas auténticas obras de arte que la fantástica imaginación de mis colegas ponía al alcance de cualquiera. Nunca estaré suficientemente agradecida a los avances tecnológicos. Hasta hace pocos años, era impensable mantener una conversación cara a cara con familiares o amigos que estaban lejos, muy lejos. Y cuando una está sola en el mundo, el frío del desamparo, con sus greñas, su suciedad y sus vaqueros rotos, se asila en el alma con la impertinencia de un okupa, engullendo con avaricia tus ilusiones y defecando desesperanza sin el más mínimo pudor.

Por eso desde hace algún tiempo, no recuerdo bien cuánto, me impuse la obligación de mantener una videoconferencia diaria con algún ser querido. No estaba dispuesta a que la distancia se convirtiera en una goma de borrar recuerdos o en una sordina que alejase poco a poco sus voces. Cuando por fin pudiera reunirme de nuevo con ellos, no quería encontrarme con extraños a los que amar por obligación, sino abrazarlos con un cariño esculpido a golpe de cercanía. Todos los días me sentaba delante del televisor. Tenía un horario de videoconferencias muy estricto que casi siempre se cumplía escrupulosamente. Lunes y miércoles a las diez de la mañana, mi abuelo materno. Martes y viernes a la una de la tarde, mi madre. Y los jueves a las nueve de la noche, aquel amigo de la infancia que se marchó hace ya veinticinco años. Los sábados y domingos preferí no ocuparlos por si hacía planes de fin de semana, aunque me estaba planteando muy seriamente ampliar mi plan semanal de cariño telemático a esos días.

Aquel jueves, cuando llegó el momento, mi amigo no apareció. Esperé casi una hora, pero nada. La pantalla se mantuvo en negro y se me agotaba el tiempo. A los pocos minutos sucedió lo inevitable. Irrumpieron en la sala de recreo los celadores, los enfermeros y los médicos. Sacaron el mando a distancia que siempre guardaban bajo llave, encendieron el televisor, pulsaron el cinco y se sentaron, agitados y ansiosos, a esperar el inminente comienzo de Gran Hermano. Nunca entendí por qué mi psiquiatra insistía en que no debía olvidarme de tomar mis pastillas y en que no me quitaran la camisa de fuerza. Al fin y al cabo, yo sólo hablaba con mis seres queridos frente a un televisor apagado, mientras que aquel rebaño de presuntos cuerdos perdían su dignidad frente a uno encendido.

(Con cariño para Glauca)