Hacía años, desde que enviudó de su tercer divorcio, que Antolín no aparecía por la taberna. Por eso, cuando asomó su lentitud de cementerio por el viejo portalón, Pepe el Papa dio un respingo y se persignó con tal entusiasmo que le faltó poco para saltarse un ojo con la uña esmaltada del bordón. Antolín era enterrador y tartaja, y malvivía en un corral de vecinos junto a la plaza de San Marcos a la que volvía todos los días casi de madrugada tras su peregrinaje tabernario para avivarse el ánimo. Primero, junto al cementerio, en la vecina Venta de los Gatos a la que siempre llegaba con cara de guasa dando recuerdos de parte de Bécquer, aquel ilustre parroquiano de antaño a quien acababa de saludar en su osario, y donde se sacudía el olor a muerto con un par de copas de manzanilla y una larga y silenciosa charla con Anselmo. Después, en el Tendío 11, frente al Hospital de las Cinco Llagas, donde se trasegaba un mosto que resucitaba a los muertos y remataba a los vivos. Y terminaba, ya redivivo, cruzando la puerta de la Macarena hasta la Plaza de Pumarejo, en la Taberna del Tato, a donde llegaba con el verbo engrasado para cantar gregoriano por bulerías abrazado a la guitarra de Pepe el Papa.
Pero aquel día Antolín no apareció como hacía años, con su mono manchado de cemento y tristeza ajena, luto en las uñas y la lengua ágil del trasiego del camino. No. Aquel día apareció sereno, con traje y corbata negros, camisa blanca, la mirada en busca y captura, y palabras alejandrinas, anchas, espaciosas, con ruidosos puntos suspensivos entre sílaba y sílaba. Venía de enterrar a Anselmo y en la cara traía las huellas culpables del pecado inesperado de los que se creen descreídos. Cuentan que pagó un par de rondas a la salud de Anselmo y se encerró en el retrete con Pepe el Papa tras pedirle confesión, y que a la media hora salió a por una botella de aguardiente para desatascar su elocuencia y poder pasar del sin pecado concebida. Dicen que le confesó que aquella mañana, mientras la familia del difunto al que estaba enfoscando el saloncito de su eternidad apenas podía contener el desconsuelo, alojó a Anselmo de polizón en el nicho sin que nadie se percatara. Y que los familiares, al verlo llorar con tanto entusiasmo tras el último golpe de palustre, le dieron una generosa propina por acompañarlos en el sentimiento sin necesidad. Cuentan que cuando Pepe el Papa intentó consolarlo de sus remordimientos por haber profanado aquella tumba, Antolín le gritó desabrido y de un tirón, ¡que se joda dios!, mi único pecado, si es que tal cosa existe, ha sido permitir que mi querido gato Anselmo haga un viaje tan largo con un extraño.