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lunes, 1 de mayo de 2017

Epitafio

8 de diciembre de 1980. Pasaba las tardes de domingo mirando abstraído aquella fecha en la tumba de su amada. A pesar del tiempo transcurrido, aún añoraba a diario su inteligencia, ingenio y sentido del humor de los que surgían aquellos relatos de apenas unas líneas y finales inquietantes que estallaban en la imaginación del lector hasta dejarlo grogui. No podía evitar una melancólica sonrisa de admiración cada vez que miraba la lápida. Era la única de todo el cementerio que sólo tenía una fecha. Así era María, coqueta y original hasta en su propio final.

lunes, 17 de abril de 2017

Descomposición

El traje era auténtico arte y él un impostor. Pero no lo supo hasta el preciso instante en que el silencio se inquietó con el quejido oxidado de la puerta de chiqueros y le chorrearon las entrañas…


miércoles, 23 de abril de 2014

Evocación

Mientras la impía lluvia borraba la rayuela, la chiquillería correteaba entre risillas nerviosas buscando los soportales que rodeaban el patio del monasterio. En el suelo, abandonados por la prisa, tejos coloreados, algunos trompos astillados, una muñeca de trapo empapada, el sonsonete casi litúrgico de los goterones sobre las losas... Un trueno devolvió al padre Julián al presente de un respingo, tan violento, que le obligó a apoyarse con urgencia en el bastón para permanecer erguido justo en el centro del patio del monasterio, ahora abandonado y en ruinas. El agua por los tobillos, la sotana pesada, los recuerdos húmedos, la vieja muñeca de trapo en el bolsillo...  


lunes, 20 de mayo de 2013

Secretos de confesión

Ave María purísima. Sin pecado concebida. Tú dirás hijo mío. Verá padre, ayer, en el casino del pueblo... y eso es todo. Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del padre, y del hijo, y del espíritu santo. Gracias...¡ah, y dice madre que no llegue tarde, que hoy hay lentejas!


miércoles, 19 de octubre de 2011

Boludo

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento de Sofía, su vecina de rellano, y fijarse en el sobre que apenas asomaba por debajo. Miró con disimulo a uno y otro lado, esperó inmóvil algunos segundos, estiró a ras de suelo la punta de su pie izquierdo flexionando levemente la otra pierna, irguió la espalda y la cabeza, ahuecó los brazos..., y pisó la carta arrastrándola hasta el centro del descansillo con un lento y elegante giro de cintura. Satisfecho, abrió la puerta del apartamento y la colocó junto al resto de la correspondencia que Sofía, su profesora de tango, le había pedido que recogiera durante su ausencia.   


miércoles, 15 de junio de 2011

De memorias y otros laberintos

Tal vez si hubiera preguntado dónde… Pero nunca lo hacía. Siempre le había parecido una ordinariez ir por ahí interrogando a la gente. Quien quiera saber, mentiras a él, le decía siempre su abuelo con un guiño malicioso señalando a las alcahuetas que cuchicheaban en cualquier esquina. Terminó de vestirse, forzó una exagerada sonrisa en carne viva para encajar más fácilmente la excesiva dentadura herencia de su padre, y buscó con la mirada la vieja gorrilla con que solía protegerse del relente traicionero de la mañana. Averiguaría él solo dónde había puesto hoy su nieta la puerta de la calle, masculló mientras cogía ilusionado el bastón.


martes, 17 de agosto de 2010

Mitin

¡Imbéciles!¡Estúpidos!¡Gilipollas!¡Pánfilos! Se pasaba el día gritando desde el balcón de la última planta. Y seguramente, como un reloj parado, acertaba al menos un par de veces al día. Si no más. Sí, seguro que muchas más. Algunos miraban al cielo con una sonrisa. Debía hacerles gracia. Otros lo ignoraban. Y los menos, se indignaban denunciándolo a la autoridad incompetente. Dicen que aquél era uno de los loros más inteligentes del edificio.


miércoles, 11 de agosto de 2010

Amor a primera Visa

Me pellizcó el culo con ademanes de pobre antiguo y una risilla babosa, casi obscena, de nuevo rico insatisfecho. Acabábamos de casarnos tras una breve y turbulenta relación de ésas que llaman de amor-odio. Él amaba mi metro ochenta de juventud prieta y yo las diez cifras del saldo de su cuenta poco corriente. Él odiaba que no lo amase en la pobreza y en la enfermedad y yo odiaba sus carnes octogenarias y su exquisita vulgaridad. Aquella noche me dijo que había reservado mesa en el restaurante de moda de la ciudad. ¡Cena con espectáculo y en primera fila, chocho!, me dijo mientras se colocaba bien la dentadura que quedó colgada del signo de admiración. Solía pasarle cuando se dirigía a mí gritando esa horrenda palabra que, para mi bochorno, era demasiado a menudo. Justo cuando iba a sugerirle que cambiáramos de mesa, una lluvia de sudor y un protector dental aterrizaron en mi crema de bogavantes. Demasiado cerca del ring, ¿no, chocho?, dijo antes de recoger su dentadura del mantel entre carcajadas color carne.


domingo, 8 de agosto de 2010

Números primos

Era famoso por la originalidad de sus mítines, por sus sarcásticos discursos y sus alegóricas puestas en escena. Aquel día quería agradecer al partido el primer puesto en las listas electorales y desde el atril prorrumpió en aplausos justo cuando sobre la estrechez de aquella vieja lata de tomate frito Solís macizada de cemento y clavada en la cima de una escalera se reunían, disciplinadas y al son abollado de una sucia trompeta, las cuatro pezuñas de la cabra.


viernes, 6 de agosto de 2010

Historias de la taberna (IX)

Hacía años, desde que enviudó de su tercer divorcio, que Antolín no aparecía por la taberna. Por eso, cuando asomó su lentitud de cementerio por el viejo portalón, Pepe el Papa dio un respingo y se persignó con tal entusiasmo que le faltó poco para saltarse un ojo con la uña esmaltada del bordón. Antolín era enterrador y tartaja, y malvivía en un corral de vecinos junto a la plaza de San Marcos a la que volvía todos los días casi de madrugada tras su peregrinaje tabernario para avivarse el ánimo. Primero, junto al cementerio, en la vecina Venta de los Gatos a la que siempre llegaba con cara de guasa dando recuerdos de parte de Bécquer, aquel ilustre parroquiano de antaño a quien acababa de saludar en su osario, y donde se sacudía el olor a muerto con un par de copas de manzanilla y una larga y silenciosa charla con Anselmo. Después, en el Tendío 11, frente al Hospital de las Cinco Llagas, donde se trasegaba un mosto que resucitaba a los muertos y remataba a los vivos. Y terminaba, ya redivivo, cruzando la puerta de la Macarena hasta la Plaza de Pumarejo, en la Taberna del Tato, a donde llegaba con el verbo engrasado para cantar gregoriano por bulerías abrazado a la guitarra de Pepe el Papa.

Pero aquel día Antolín no apareció como hacía años, con su mono manchado de cemento y tristeza ajena, luto en las uñas y la lengua ágil del trasiego del camino. No. Aquel día apareció sereno, con traje y corbata negros, camisa blanca, la mirada en busca y captura, y palabras alejandrinas, anchas, espaciosas, con ruidosos puntos suspensivos entre sílaba y sílaba. Venía de enterrar a Anselmo y en la cara traía las huellas culpables del pecado inesperado de los que se creen descreídos. Cuentan que pagó un par de rondas a la salud de Anselmo y se encerró en el retrete con Pepe el Papa tras pedirle confesión, y que a la media hora salió a por una botella de aguardiente para desatascar su elocuencia y poder pasar del sin pecado concebida. Dicen que le confesó que aquella mañana, mientras la familia del difunto al que estaba enfoscando el saloncito de su eternidad apenas podía contener el desconsuelo, alojó a Anselmo de polizón en el nicho sin que nadie se percatara. Y que los familiares, al verlo llorar con tanto entusiasmo tras el último golpe de palustre, le dieron una generosa propina por acompañarlos en el sentimiento sin necesidad. Cuentan que cuando Pepe el Papa intentó consolarlo de sus remordimientos por haber profanado aquella tumba, Antolín le gritó desabrido y de un tirón, ¡que se joda dios!, mi único pecado, si es que tal cosa existe, ha sido permitir que mi querido gato Anselmo haga un viaje tan largo con un extraño.


viernes, 23 de julio de 2010

Historias de la taberna (VIII)

Muerto el perro se acabó la rabia, mascullaba siempre el Letri antes de flagelarse el ánimo con el penúltimo latigazo de ginebra, ése que golpea ya en el hueso limpio de los olvidos que indultan el remordimiento. Aquella madrugada en la taberna, la perra vida olía a perro muerto. Y así lo encontró el tabernero, en el suelo del retrete abrazado a sus vómitos, con la rabia casi sin pulso y, encerrada en su puño de nudillos encalados, ella, quebrada y maltrecha. Luego, un trajín de sirenas y monos de color naranja prisa le troncharon dos costillas para resucitarle la tristeza.

Apareció tras dos meses y un día de pensión completa y habitación forzosa en la segunda planta de aquel lugar en el que embridan el dolor y zurcen el forro del alma. Y lo hizo a las cinco de la madrugada, esa deshora taurina a la que aquel fatídico día se le quebró el pecho, citando al personal desde la puerta con diez kilos menos en su sonrisa y la humedad lenta de su mirada. Ahora, después de una década, aún sonríe con ternura cada vez que alza entre sus dedos aquella figura recompuesta con celo y susurra al oído de Juan el Manteca el aliento trabado de un jaque mate con la dama, su querida dama negra.


viernes, 25 de junio de 2010

Variaciones sobre un oculista con prisa (II): En un abrir y cerrar de ojos

¡Pedro, el oculista ha salido corriendo otra vez!, gritó histérica mi mujer desde la consulta. Abrí la puerta a tiempo de alcanzar a ver cómo se arrojaba por la ventana del segundo piso espoleado por el terror y envuelto en su bata blanca. Siempre que a Lola le tocaba revisión, ocurría lo mismo. En cuanto le dilataban la pupila, el pánico los paralizaba unos segundos y escapaban aterrorizados. Allá, en el fondo de ojo de aquel oscuro túnel ahora enorme, se apreciaba con tremendo realismo la tenebrosa escena del lienzo de su antepasado Valdés Leal, In ictu oculi. Extraño lugar para tan misterioso antojo.


(Dedicado a mi querido aguaó, un historiador de arte. Y del arte.)

miércoles, 23 de junio de 2010

Variaciones sobre un oculista con prisa (I): El brillo de sus ojos

Pedro, el oculista, ha salido corriendo asomado a sus gafas de cerca y desarmando con la prisa el periódico que ojeaba cuando Lola ha entrado. Últimamente se pone nervioso al verla, con esos ojazos negros, limpios, brillantes. Aún recuerda la primera vez que acudió a su consulta, tan presumida y pagada de sí misma como hermosa, para comprar unas lentillas de colores. Ora unas verdes, ora unas azules, no, mejor estas violetas, como la Taylor, decía. Hasta que sufrió aquel accidente fatal con los prismáticos. Ahora, impaciente, lo acosa a diario para interesarse por el pedido de sus dos nuevos ojos de cristal de Swarovski.


viernes, 4 de junio de 2010

El examen

No dije que lo sabía. ¿Para qué? Ni me iba a creer ni yo lo pretendía. Estaba guapísima allí plantada, de pie, frente a mí, mientras la calidez de sus manos atravesaba mi camisa, indagaba a tientas en mi cuerpo. El pecho, la espalda, los muslos, las pantorrillas… Su pelo melocotón, su desnudez tantas veces sospechada, el jugoso aroma de su piel calando el vestido… ¡Cuánto había anhelado este momento! Un amor imposible, decían mis amigos. Cuando terminó de cachearme, la obviedad de mi entrepierna la ruborizó. Debió extrañarle que un alumno de sobresalientes sacara una chuleta con ese descaro. Apenas sentí el bofetón.


miércoles, 2 de junio de 2010

¡Plaf!

La cena se enfriaba en la mesa mientras su paciencia agonizaba. No era la primera vez, pero nunca había tardado tanto. Se sirvió otro bourbon, el tercero, y cerró los ojos para aguzar el oído. Nada. Decían de él que era un poco maniático. ¡Bah!, pura envidia, pensó. Cuando intuyó su vuelta, asomó un ojo sin pestañear, le asestó un golpe seco con la mano de par en par y sonrió satisfecho a pesar del estropicio. Aplastada sobre el mantel, junto al cuenco derramado de caviar iraní, apenas si podía distinguirse la oscuridad impertinente de la mosca. Por fin, como todas las noches, podría cenar a solas.


martes, 11 de mayo de 2010

Paciente secreto

Hazme tuya. Aquella frase bajo la fotografía de una hermosa mulata en piel viva publicada en la sección de contactos era la señal. Se recreó unos instantes en aquellas curvas y se bebió de un trago el güisqui antes de encasquetarse el sombrero, alzarse el cuello de la gabardina y salir de la cafetería barriendo con la vista su desconfianza. No era la primera vez que veían a Manolo atragantarse con el zumo de manzana en el comedor del psiquiátrico.


lunes, 10 de mayo de 2010

Ignorancias

La mujer de la foto sonreía con dulzura a aquel hombre, mucho mayor que ella, sentado enfrente, justo al otro lado del pequeño velador que los separaba. La distancia a la que se tomó no permitía apreciar los detalles, pero su esposa parecía feliz y enamorada. Triste, la guardó en el sobre amarillo junto al resto de las fotografías y dio las gracias al asombrado detective, invitándole con un gesto desganado a marcharse del lujoso despacho. Ya a solas, sacó del sobre una en la que se apreciaban sus hermosos ojos verdes a la sombra de uno de esos días plomizos en los que tanto le gustaba pasear, y la colocó dentro del marco vacío, sobre la mesa. Él era un ignorante. Rico, pero ignorante. Por eso, y por temor a quedar como un imbécil, nunca se lo preguntó, pero desde que ella le confesó su enfermedad, pensó que aquélla era la única manera de conservar algunas fotos junto a su amada. ¡Dichosa fotofobia!


viernes, 7 de mayo de 2010

Cuento: Amores imposibles

Como todas las tardes, se dirigió a la mesa situada al fondo de la biblioteca, junto a la sección de poesía donde, siempre sola, disfrutaba releyendo una y otra vez a los poetas románticos. Al sentarse, le resultó extraño encontrar sobre la mesa una pequeña cartulina amarilla con unos versos de Neruda y el título de un libro. La sangre le entusiasmó el rostro y taconeó sus sienes. A sus cuarenta años, jamás nadie le había dirigido siquiera una mirada de deseo ni su piel había conocido aún varón. Muy a su pesar, desde luego.

¡Bah!, no seas tonta, se dijo, hoy has llegado bastante más temprano de lo habitual, así que estos versos deben de ser para otra, nadie te esperaba a esta hora, nadie se fija nunca en ti. Miró a su alrededor, pero todos andaban a lo suyo, enfrascados en sus lecturas o simplemente dormitándolas. Con una mano en el mentón y el codo apoyado sobre la mesa, sujeta la cartulina con la otra, abanicaba sus deseos mientras cruzaba y descruzaba las piernas visiblemente incómoda. ¿Y si aquel hermoso soneto era para ella? ¿Y si alguien la amaba en secreto?

Se levantó decidida en busca de la estantería donde debía encontrarse el libro al que pertenecían aquellos versos, pero sólo encontró su hueco. Y en él, una rosa todavía húmeda, recién posada. Empezó a pensar que algún bromista se había tomado demasiadas molestias para llevarla hasta aquel rincón de la biblioteca, pero en el fondo ansiaba que todo aquello fuera por ella, para ella, así que volvió la vista ilusionada buscando una mirada delatora, algún signo sospechoso. Nada. Aturdida, se disponía a volver sobre sus pasos cuando comenzó a sonar la música a todo volumen al tiempo que un enorme cartel se desplegaba desde el techo de la biblioteca, justo en el centro de la inmensa sala. En él, manuscrito en hermosas letras góticas, podía leerse: ”Te amo, Eloísa, sencillamente porque te amo, yo mismo no sé por qué te amo. Firmado: Abelardo”. Mientras escuchaba a su espalda un gritito nervioso de enamorada, la decepción y el desengaño demudaron el rostro de Carmen.

miércoles, 14 de abril de 2010

Anatomía providencial

Mañana va a llover, pensó mientras se frotaba con gesto de dolor el aparatoso juanete de su pie izquierdo. Pero en Las Vegas nunca llueve. Y aquellos taconazos de vértigo a los que se encaramaba a diario por causa de su trabajo terminarían por destrozarle la columna y desarmarle las falanges. Como el corsé, que apenas la dejaba respirar y le había mudado ya de sitio algunos de sus órganos. Por eso, cuando aquella madrugada salió del Hotel Flamingo de zanjar el último asunto de la noche, la certera bala ni siquiera le rozó el corazón.


sábado, 10 de abril de 2010

(Re)Presión

Por favor, sea usted breve. Me lo repetían constantemente. Cuando en la compra se me iba el santo al cielo pegando la hebra con el carnicero. O cuando llamaba a información telefónica y terminaba recomendándole un libro a la operadora. Incluso cuando llamaba a las líneas eróticas. Claro, que entonces era joven e inconsciente. Conseguí fama como escritor y años más tarde me casé. Virgen, no se crea. Supe que tenía un problema serio cuando en la noche de bodas mi recien estrenada esposa me preguntó ¿ya? Y cuando mi editor dejó de llamarme ¿Cree que podrá curarme, doctor? Por supuesto, me respondió, en unos meses podrá pasar sin problemas del microrrelato a la roman fleuve.