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sábado, 2 de junio de 2018

El sueño de un iluminado con pocas luces...

Como decíamos ayer -que diría Fray Luis de León-, nada aporta la sentencia del caso Gürtel a la convicción de quienes esta semana han planteado una moción de censura para echar a Rajoy del gobierno. Y nada aporta porque, entre otras cuestiones, la sentencia no afirma que el PP, como tal partido político, haya cometido delito alguno y, por tanto, las convicciones de los censuradores siguen yendo más allá de la verdad judicial, aunque digan basarse en ella.

Es evidente que la bandera del agitprop es más eficiente con una sentencia judicial por mástil. Sobre todo porque el mensaje ya no parece tan propio e interesado, sino más ajeno y neutral, procedente de un poder independiente del Estado -el judicial-, que sólo parece serlo cuando interesa.

El problema es que la sentencia no dice lo que dicen que dice. Argumentan -haciendo suyas las palabras de la página 1.522 de la sentencia-, que si el PP no ha sido condenado penalmente es porque "los hechos son anteriores a la reforma del Código Penal operada por Ley Orgánica 5/2010 de 22 de junio, que introdujo la responsabilidad penal de las personas jurídicas, por lo que no se está dilucidando en este procedimiento una posible responsabilidad penal del Partido Popular como persona jurídica, lo que no es jurídicamente factible por la fecha de los hechos". Con ello, pretenden dar a entender que, de haber sido aplicable el actual Código Penal, el PP hubiera sido condenado penalmente.

Parémonos un momento aquí y abramos un paréntesis para aportar algunas certezas.

En primer lugar, aunque los hechos hubieran sido posteriores a junio de 2010, tampoco el PP podría haber sido enjuiciado penalmente por este -ni por ningún otro-, delito. ¿Por qué? Porque la reforma de la LO 5/2010, llevada a cabo por el PSOE, excluía expresamente de responsabilidad penal en su art. 31.bis.5 a los partidos políticos y sindicatos, y no fue hasta la reforma del Código Penal llevada a cabo por la LO 7/2012, a iniciativa del gobierno del PP, cuando se modificó dicho artículo para no excluir a partidos políticos y sindicatos de la responsabilidad penal, reforma que, por cierto, fue votada en contra por el PSOE. Los señores magistrados debieran actualizar sus conocimientos penales. Y el señor Ábalos Meco debiera acordarse de que, primero, votó a favor de excluir a los partidos políticos de la responsabilidad penal en nuestro Código Penal, y después, votó en contra de incluirlos.

En segundo lugar, aunque la ley hubiese permitido enjuiciar al PP por esos delitos, el hecho de que se le haya condenado como partícipe a título lucrativo excluiría de raíz su posible condena penal. ¿Por qué? Porque esa condena civil tiene como premisa legal inexcusable el desconocimiento por parte del condenado del hecho delictivo del que procede el lucro. Dicho en palabras de los propios magistrados -página 1.514 de la sentencia-, las notas características de esta infracción civil "son las siguientes: participación/aprovechamiento a título lucrativo, ignorancia de la comisión delictiva y valorización antijurídica y económica (SSTC 532/2000 de 30-03 y 1024/2004 de 24/09); requisitos que se dan en este caso".

De esta forma, de la sentencia -si nos creemos su verdad judicial, nos la tenemos que creer entera-, se colige que ni el PP ni ninguno de los miembros del gobierno del PP, han cometido delito alguno. De momento. Cerremos ya el paréntesis técnico-jurídico del asunto y volvamos al aspecto meramente político.

Así, a la vista de que la sentencia no corrobora el discurso en el que los censuradores se basan para querer expulsar al PP del gobierno, sólo es posible concluir que su argumento -legítimo, por otra parte-, sólo puede sustentarse en sus convicciones personales, las mismas que llevan esgrimiendo desde hace años. Y siendo que la sentencia no aporta nada nuevo -más bien al contrario, pues desmiente, de momento, la responsabilidad penal del PP-, ¿por qué se ha esperado a la sentencia para poner en marcha toda esta operación? Pues porque es más fácil convencer a la manada de que los del PP son unos delincuentes con una sentencia en la mano -aunque no diga lo que dicen que dice-, que casi nadie se va a leer y mucho menos entender, que con el mero discurso machacón de varios años que, hasta ahora, no les ha permitido ganar las elecciones.

Tampoco parece haberles funcionado, a la vista de los resultados electorales, el discurso de que el país es un desastre, que casi la mitad de sus ciudadanos viven en la pobreza y la miseria o que la pérdida de derechos nos convierte en un país tercermundista.

Así que, como la ocasión la pintan calva, la sentencia, debidamente aderezada, manipulada y puesta al servicio de un discurso al que, de momento, desmiente, ha venido a unir las voluntades de PSOE, Unidos Podemos, ERC, PDeCAT, PNV, Compromis, EH Bildu y Nueva Canarias -casi nada-, no en torno a un proyecto común de país, o de políticas sociales, o de política económica, no, sino en torno al odio común a un partido político, a la necesidad vital e irracional de desalojarlo del poder por cualquier medio.

Sin duda, el mecanismo utilizado es legal. ¿Pero es legítimo? ¿Es éticamente democrático? Y. lo que es más importante, ¿es bueno para el país? De esto último tendremos muestras empíricas en breve.

En todo caso, lo que es un hecho incontestable es que Pedro Sánchez es ya nuestro presidente. Ha llegado sin las urnas y sin siquiera ser diputado. Pero ahora, pasada la euforia y la exultante felicidad de alcanzar su sueño a cualquier costa, tiene que gobernar. Y tiene que hacerlo necesitando el apoyo constante -que no será gratuito-, de los mercenarios que componen su ejército de Pancho Villa. Mercenarios que, cumplido el único fin que los hizo camaradas de armas, se baten ya en retirada, cada uno a sus trincheras. Y esas trincheras, parece evidente, no son las de la mayoría del pueblo. Y tampoco las de los socialistas.

Esperemos que el sueño de Pedro Sánchez no le quite el sueño al ciudadano de a pie. Le deseo suerte. Aunque sólo sea por el bien de todos nosotros.


viernes, 2 de agosto de 2013

De esa casa de citas a la que llaman Parlamento...

En mi opinión resulta evidente que, al menos en el terreno formal, Rajoy se comió ayer crudo a un Rubalcaba noqueado y preso de sus propias contradicciones, debidamente subrayadas en un ejercicio algo cateto y previsible desde el primer "fin de la cita" -hubo hasta nueve...-, pronunciado por el presidente con ese aire sabiondo de quien está contando un chiste y saborea de antemano su lucimiento. Pero resultó que cualquiera con algo de inteligencia política intuía el final desde el principio. Después, abusaron del chiste malo casi todos los demás.

Sin embargo, el fondo del asunto fue bien distinto. Esgrimir en un Parlamento, al que se debiera ir a dar explicaciones con luz, taquígrafos, pelos y señales, la tan manoseada presunción de inocencia no es más que la prueba de la culpabilidad política, cuando no también judicial.

Dijo nuestro presidente, citando a Bertrand Russell, que la calumnia es siempre sencilla y verosímil. Y es cierto, porque nadie se entretiene en lanzar acusaciones complejas e increíbles. Lo que no dijo es que su contribución a esa verosimilitud está siendo tan espectacular como clarificadora.

Que no haya comparecido en varias ocasiones ante la prensa admitiendo todo tipo de preguntas y repreguntas. Que no se haya querellado contra Bárcenas al minuto siguiente de haberlo supuestamente calumniado. Que se carteara con el actual delincuente -éste, sin la presunción de inocencia que reclama para sí-, otrora modelo de decencia -Rajoy dixit-, dándole ánimos y abrazos tras conocerse ya sus cuentas en Suiza. Que haya ido a rastras a aparentar explicaciones a los españoles en sede parlamentaria un 1 de Agosto. Que no haya respondido prácticamente a ninguna de las preguntas que nuestros representantes le han formulado, muchas de ellas expresas, como las veinte de UPyD. Que empezara su discurso declarando su propósito de no "conducir esta comparecencia por el estéril camino de lo que se conoce como el tú más" -fin de la cita-, para poner a continuación sobre la mesa los casos Roldán, Filesa, ERE, Faisán... Que reconozca ahora los sobresueldos que ha negado reiteradamente. Que no aclare si él los recibió siendo ministro. Y, en fin, que se haya negado a explicar cómo es posible que un puesto de confianza -de su confianza-, en el partido hubiera amasado esa fortuna sin que él haya siquiera olisqueado la mierda, debiera ser suficiente para convertir su presunción de culpabilidad política en culpabilidad política sin paliativos.

Cuando se demuestre que lo verosímil es también verídico, dirá que mintió por sentido de Estado, porque el país no podía permitirse en esos momentos una situación de inestabilidad política, y que se inmoló por patriotismo. Y sus incondicionales volverán a aplaudir a ese liberal de verdad que vino a regenerar la democracia y a combatir la corrupción.

Nuestro presidente debe marcharse. No sólo por indecencia política y falta de respeto democrático, pero al menos por eso.

martes, 10 de enero de 2012

¡Váyase, señor Rajoy...!, que diría aquél

"Es una decisión desagradable [la subida de impuestos], es verdad que a mucha gente no le gusta. Yo creo que no quedaba otra opción, aunque podíamos haber hecho otras cosas. Podíamos no haber subido las pensiones, o bajar las partidas dedicadas al desempleo" (Mariano Rajoy, escaso de ideas)

Pues me va a perdonar el flamante presidente del gobierno, pero si las únicas alternativas a la subida de impuestos que se le ocurren son las dos que ha dicho, que Dios nos coja confesados. Sin ir más lejos, aquí, un poquito más abajo, tiene una con la que conseguiría un ajuste de más del doble del conseguido con el atraco a mano armada que ha perpetrado. Y hay muchas más similares a ésa. Muchísimas más.

Si con el Estado elefantiásico que tenemos no es capaz de tomar las decisiones necesarias para reducir su tamaño un mísero 10% -el gasto del conjunto de las AAPP fue en 2010 de más de 479.000 millones de euros- y equilibrar las cuentas públicas, lo que tendría que hacer es dimitir directamente por inútil.

¡Ea, ya me he desahogado...!