Mostrando entradas con la etiqueta Liberal y de izquierdas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Liberal y de izquierdas. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de febrero de 2016

De amígdalas y cíngulos

Curioseando esta mañana la prensa me topé con un curioso artículo encabezado por un titular que rezaba "Tus genes deciden si eres de izquierdas o de derechas". Con un aperitivo así, cómo resistirse a desayunárselo y encontrar por fin una justificación a este liberalismo de izquierdas que me aqueja.

Pero mi gozo en un pozo y la primera en la frente. ¿Creen ustedes que quienes desean un Estado cuanto mayor mejor, que cubra cualquier contingencia que pueda padecer el individuo, que controle la economía y las decisiones individuales de los ciudadanos lo hacen porque tienen una mayor  capacidad de aceptar la incertidumbre y de adaptarse a situaciones novedosas? ¿Y que quienes prefieren un Estado más pequeño, que interfiera lo menos posible en las libertades individuales y que impulse la libre competencia en los mercados lo hacen porque son más temerosos y exageran los riesgos?

Pues más o menos eso dice el artículo, que los conservadores son más miedosos y tienen aversión al riesgo por no sé qué problema en la amígdala cerebral y que los progresistas aceptan mejor la incertidumbre por alguna historia del cíngulo anterior. A ver si ahora va a resultar que Alberto Garzón o Monedero son más de derechas que el grifo de agua fría y la Esperanza Aguirre una peligrosa comunista.

A lo mejor los unos y la otra debieran revisarse la amígdala y el cíngulo, porque lo que es uno, se ha quedado igual que antes de leer esa tontería de artículo. Pero eso sí, no me negarán que conseguir que te paguen por escribir tal gilipollez no tiene su mérito.   

¡Mira que seguir confundiendo a estas alturas conservadores con derecha y progresistas con izquierda...!

domingo, 16 de agosto de 2015

Invita la casa. Hoy: con la mano en el corazón

Casi siempre me reconforta leerle a alguien que es un liberal de izquierdas -un puñetero liberal de izquierdas, escribe contundente Javier Cercas-, quizás por no sentirme tan solo, o quizás porque nunca he entendido cómo se puede ser genuinamente de izquierdas sin ser liberal, aunque se pueda ser liberal sin ser de izquierdas.

En un breve y delicioso artículo, Javier Cercas dice cosas como ésta, aunque puestas en boca de un Xavier Rubert cuarentón que ahora, a la vista del relato, resulta evidente que ha envejecido mal, muy mal.

"...en democracia, la política no debe ser épica ni sentimental sino aburrida y sosa, que hay que dejar la épica y los sentimientos para el arte y la vida privada, que la política es prosa y no poesía, que la tarea del político no consiste en intentar traer el cielo a la tierra sino sólo en mejorar la tierra –en esa humildad estriba su grandeza–, que el político no debe prometer la felicidad: debe conformarse con facilitar las condiciones para que cada uno la busque por su cuenta."


miércoles, 28 de enero de 2015

Sólo eso, ya debiera ser suficiente...

Como decíamos ayer, a los empresarios, a los malos empresarios, no les gusta el libre mercado. Y por eso a mí me encanta...

Así empezaba una entrada de la taberna de hace ya casi dos años. Una entrada que, como casi todas las que escribo, pretendía provocar la reflexión, e incluso la indignación de aquellos que, sin aportar jamás un solo argumento, disparatan contra el libre mercado. Y como otras muchas entradas, se quedó hueca de comentarios. Debo reconocer que me sorprendió, porque con ese título y con la que le estaba cayendo por entonces, afirmar -y argumentar-, que el libre mercado, el culpable de todos nuestros males, es de izquierdas mientras lo vituperaba de hecho la izquierda oficial y lo machacaba de derecho la derecha, dizque liberal, prometía un buen debate que se quedó en eso, en promesa de político.

En fin, que con el mismo leitmotiv de aquella entrada, escribo ésta. La actual Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), antigua Comisión Nacional de la Competencia (CNC), ha sancionado con 98,2 millones a una serie de empresas por trampear el mercado.

La capacidad de la CNMC para vigilar las prácticas colusivas es escasa, yo diría que casi testimonial, pero al menos sirve para recordarnos de vez en cuando, a modo de pepito grillo, que ni a los empresarios ni al poder político les gusta el libre mercado. 

Sólo eso ya debiera ser suficiente para que a los ciudadanos nos debiera encantar.


domingo, 9 de noviembre de 2014

Miedo me dan sus ocurrencias...

Dice Pedro Sánchez que en los próximos días pondrá encima de la mesa propuestas audaces en el ámbito económico y que aboga, entre otras cosas, por la intervención del Estado en la economía. También dice que durante la crisis económica se ha producido una concentración de poder en pocas manos, poniendo de ejemplos al sector financiero, el energético, el de las telecomunicaciones y todos aquellos sectores que afectan al día a día de los españoles.

¿Dónde ha estado metido este hombre en las últimas décadas? La ausencia de competencia real y de libre mercado durante toda la reciente etapa democrática española ha sido tan evidente, que resulta preocupante que quien pretende liderar la recuperación económica del país atribuya todo eso que dice a la crisis que se inició hace poco más de un lustro. Porque para que la crisis haya sido la responsable de tales consecuencias, la situación previa a la crisis debiera haber sido justo la contraria. Pero, ¿cuándo no ha estado concentrado el poder en unas pocas manos en este país? ¿cuándo ha habido competencia real en el sector financiero, energético, de las telecomunicaciones y en muchos otros?

El Estado lleva interviniendo en la economía desde hace décadas. Y por eso, entre otras razones, estamos como estamos en España y en Europa. ¿Y ahora llega el señor Sánchez a decirnos que la solución es la intervención del Estado en la economía, la democratización de la economía y de la riqueza, sea lo que sea tal sandez, o la limitación de salarios a los altos directivos de empresas privadas?

Dijo el fundador del PSOE, Pablo Iglesias, que “quienes contraponen liberalismo y socialismo, o no conocen el primero o no saben los verdaderos objetivos del segundo”. Otro ilustre socialista, Indalecio Prieto, en una conferencia pronunciada en Bilbao el 21 de Marzo de 1921 titulada "La libertad, base esencial del socialismo", decía cosas como ésta:

"Yo he de decir -ello ha de ser el eje principal de mi disertación-, que soy socialista a fuer de liberal. Es decir, que yo no soy socialista más que por entender que el socialismo es la eficacia misma del liberalismo en su grado máximo y el sostén más eficaz que la libertad puede tener. Soy socialista, fundamentalmente, porque entiendo que sin la plenitud de la libertad económica es imposible que en la vida real se dé la plenitud de la libertad política [...] La libertad política, la libertad humana, no puede tener la amplitud de su inmensa función sin descansar en la libertad económica. [...] Hoy no hay libertad, no puede haberla en toda la extensión del ejercicio de esa inmensa función ciudadana; no puede haberla mientras haya hombres sometidos por inferioridad de sus condiciones económicas a hombres constituidos en una posición privilegiada por razón de su categoría social."

Haría bien este hombre en leer a los suyos...


sábado, 19 de julio de 2014

Del comunismo liberal y otras modernidades...

Tropiezo hoy en el periódico con la foto de una eurodiputada de Podemos, Teresa Rodríguez, mostrando sonriente a la cámara el recibo de la transferencia de una donación de 4.522 euros que ha realizado a una asociación de mujeres. Ha decidido donar una parte de su salario público a quien a ella le ha parecido bien. Nada que objetar.

No obstante, resulta llamativo que actúe como un vulgar liberal y que, en lugar de donar su dinero al Estado para que éste decida por ella en qué gastarse su dinero, sea ella misma la que decida libremente en qué gastarlo. Eso sí, discretamente, con sonrisa satisfecha, foto y la prensa convocada.

Desde luego, no se puede negar que es noticia ver a un comunista desconfiar del Estado.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Invita la casa. Hoy: Socialismo es, o debiera ser, libertad

Algo menos de una decena de militantes socialistas, entre los que destaca el ex ministro Miguel Sebastián -fundamentalmente por su proyección mediática-, han elaborado un manifiesto denominado "Socialismo es libertad".

En el frontispicio del documento, bien visible, como a modo de aperitivo, una reflexión de Pablo Iglesias que a más de un ignorante le sorprenderá: "Quienes contraponen liberalismo y socialismo, o no conocen al primero o no saben los verdaderos objetivos del segundo

Lo que dice el manifiesto a continuación no es más que el desarrollo de esa idea y, aunque no comparto la totalidad del documento -sobre todo el tiempo verbal empleado en su título-, sí la gran mayoría de lo que en él se dice y, sobre todo, su esencia.

Pero léanlo, léanlo. Si quieren, claro.


martes, 30 de abril de 2013

El libre mercado es de izquierdas...

Como decíamos ayer, a los empresarios, a los malos empresarios, no les gusta el libre mercado. Y por eso a mí me encanta.

La Comisión Nacional de la Competencia (CNC) ha impuesto multas millonarias a un cártel -vamos, a una panda de mafiosos que se dedicaban a amañar el mercado para repartirse los cromos-, que fabricaba sobres. No tengo noticia de que Bárcenas sea socio de ninguna de esas empresas, pero no es descartable.

El expediente sancionador tiene 341 páginas, pero en uno de los blog de la pizarra que hay al fondo de la taberna a la izquierda se lo han leído y nos lo ofrecen debidamente masticado para que podamos digerirlo sin que se nos indigeste. De todas formas, resulta interesante echarle un vistazo a los ingredientes originales.

Para que vean ustedes lo caros que nos salen a los ciudadanos, a los consumidores, los mercados intervenidos. Mayores precios, freno a la innovación, tamaños no óptimos de las empresas, menores cantidades intercambiadas en el mercado, menos puestos de trabajo, enriquecimiento injusto de una de las partes... Y por si alguien lo ha pensado, no, la CNC no interviene el mercado, lo regula. O al menos lo intenta a pesar de los escasos recursos de los que dispone. Porque no sólo no es lo mismo intervenir -o sea, distorsionar el mercado para que no sea libre-, que regular -o sea, vigilar para que se respeten las reglas del libre mercado-, sino que pretenden exactamente lo contrario.

Y si está tan claro, ¿por qué los gobiernos no impulsan la regulación en lugar de la intervención en los mercados? Porque la libertad difumina el poder y el intervencionismo manipula la libertad y concentra el poder en unas pocas manos: políticos, sindicatos, grandes empresarios y banqueros...  

Por ello, el libre mercado debería ser defendido con vehemencia por quienes aspiramos a la igualdad de oportunidades, aspiración que debiera ser el fin último de la izquierda.


miércoles, 24 de abril de 2013

¿Que le pasará al probe Miguel...?

La estabilidad presupuestaria no es de derechas. La equidad vertical es de izquierdas. La equidad horizontal es progresista. El impuesto sobre el patrimonio es un impuesto ineficiente e injusto. La eficiencia económica y el crecimiento es progresista, y son una condición necesaria para la sostenibilidad del Estado del Bienestar y para financiar el gasto público sin acumular deuda ni elevar la presión fiscal. La simplicidad fiscal es de izquierdas. Bajar los impuestos es de izquierdas.

Que no, que no lo he escrito yo -aunque lleve ya algunos años diciendo cosas parecidas-, que lo escribió ayer mismo el señor Miguel Sebastián, socialista, director de la oficina económica de Zapatero y ex ministro. Vamos, muy poco sospechoso de ser liberal. ¡Cómo les crece el sentido común en cuanto dejan de pasar por la peluquería del partido...!

lunes, 4 de julio de 2011

Invita la casa. Hoy: La renovación liberal de la socialdemocracia

Cuando uno -o sea, yo-, defiende ideas tan minoritarias y aparentemente extravagantes -¿un liberal de izquierdas? ¡venga ya....!- como las que defiende Daniel Innerarity, es un verdadero placer encontrarlas negro sobre blanco y expresadas con esa enorme claridad y contundencia. Y además, en un documento publicado por la Fundación Ideas. Tan sólo son veintiocho páginas que no tienen desperdicio, pero si no tienen tiempo o ganas de leerlas -ustedes verán...-, les recomiendo que lean al menos el capítulo 5 del que he entresacado los extractos que pueden verse a continuación. Uno -saludos a Ridao y su Trapiello-, que es consciente de lo poco que interesa la política seria, la ciencia política, no puede, a pesar de todo, dejar de compartir reflexiones como éstas.


"Una de las tareas más urgentes de la socialdemocracia liberal sería minimizar el poder estatal y luchar por que desaparezca la prepotencia económica. Es habitual considerar que la dominación económica se debe a una excesiva libertad de mercado, cuando ocurre más bien lo contrario: la prepotencia económica es causada por la falta de libertad económica. El orden constitucional y democrático sólo es viable si reconoce y combate activamente la existencia de concentraciones de poder incompatibles con la libertad."

"Las reformas para favorecer el mercado no implican más eficacia y menos justicia social. Todo lo contrario: son de izquierdas, en la medida en que reducen los privilegios. Solamente una socialdemocracia que tenga el valor de aumentar las oportunidades para todos y contribuir a un sistema fundado sobre una verdadera meritocracia, puede decir con razón que lucha por los miembros menos favorecidos de nuestras sociedades. Son los objetivos que han caracterizado a la izquierda europea –como la protección de los más débiles o el rechazo de las desigualdades excesivas y los privilegios– los que deben llevarle a adoptar medidas a favor del mercado. La regulación excesiva, la protección de ciertos estatus, un sector público que no beneficia a los más pobres sino a los mejor situados, universidades que producen mediocridad en nombre del igualitarismo (mientras los más ricos se las arreglan para obtener una buena educación), todo esto no es solamente ineficaz, sino socialmente injusto."

"Cuando todos los partidos se presentan como garantes de la "justicia social", la izquierda apenas se distingue de la derecha. Únicamente puede aspirar a que los menos favorecidos consideren que serían peor tratados por la derecha."

"¿Cabe pensar en una socialdemocracia no estatalista, que no quiera introducir la igualdad por medio de la redistribución estatal sino mediante la creación de una mayor igualdad de oportunidades en el mercado impulsando la iniciativa y la responsabilidad? ¿Y si el liberalismo fuera, como han recordado recientemente algunos (Giavazzi / Alesina (2006), una ideología de izquierdas?"

"La crítica corriente al sistema económico mundial dispara contra la mercantilización como si el mercado fuera el responsable de la miseria del mundo. Pero el problema estriba en que no existe una auténtica economía de mercado."

"La apertura decidida de los mercados mundiales no producirían un aumento de poder de las grandes corporaciones, sino todo lo contrario: una globalización auténticamente liberal significaría el final de los consorcios mediáticos, financieros e industriales. El que no ocurra así no se debe a la inamovible “lógica del capital”, sino al intervencionismo de los Estados."

"La creación de una mayor igualdad de oportunidades en el mercado libre en vez de una redistribución centralizada sería entonces el objetivo de una combinación histórica de ideas liberales y sociales. Ésta sería la renovación radical de la socialdemocracia que no se resigna a que los conservadores monopolicen una dimensión de la libertad y la gestionen sin aprecio hacia la igualdad, con la superioridad que les otorga el fracaso de las estrategias de redistribución estatal."


sábado, 23 de abril de 2011

De la derecha y otros socialismos

Socialista, obrero... y francés. Anduvo certero Hayek cuando dedicó "a los socialistas de todos los partidos" su magnífica obra "Camino de servidumbre", allá por 1.944.

Y es que el presidente Sarkozy va a presentar una ley en el Parlamento francés para que las empresas que distribuyan beneficios a sus accionistas, se vean obligadas a hacer lo mismo a sus trabajadores. Tras socializar las pérdidas durante la crisis -muy propio de la derecha, aunque inconcebible en la izquierda-, ahora toca socializar los beneficios -muy propio de la izquierda, aunque inconcebible en la derecha-, colectivismo de ida y vuelta.


martes, 5 de abril de 2011

La cofradía de Monipodio

Digan lo que que digan, a los empresarios no les gusta el libre mercado. Y es normal. El ser humano es egoísta y ambicioso por naturaleza. Si por ellos fuera, intentarían que sus respectivas empresas pudieran fijar el precio de venta de sus productos, o la cantidad que venden, o los salarios que pagan. Vamos, que de monopolios y monopsonios iría la cosa y, de hecho, de eso va en algunos sectores.

Pero seamos justos. Una de las diferencias entre buenos y malos empresarios es que los primeros aspiran legítimamente a dominar el mercado con esfuerzo e innovación, y los segundos con trapicheos y maniobras orquestales en la oscuridad. Por eso, porque el libre mercado, allá donde exista, anda siempre amenazado por empresarios sin escrúpulos y gobernantes liberticidas, el Estado tiene que ser firme y contundente en su labor de árbitro, de garante de las reglas del juego.

Y para muestra, un botón.

lunes, 22 de junio de 2009

Libre mercado y justicia social

Una visión desde el liberalismo

Ya argumenté en alguna ocasión por qué los liberales creemos en el Estado, aunque bien es cierto que unos más que otros. También puse de manifiesto mi visión personal sobre lo que debería ser la izquierda y sobre la aparente contradicción entre ser de izquierdas y liberal, así que allá me remito para quienes deseen contextualizar mi punto de vista sobre la ración, espero que con fundamento, que hoy les sirvo.

El otro día, al hilo de una entrada aparentemente intrascendente, el señor Ridao, poeta profesional y economista aficionado -¿o era al revés?-, e ilustre visitante de esta modesta taberna, puso sobre el mostrador lo que él considera el gran fallo de la economía de mercado: la injusta distribución de la riqueza. De su comentario se derivaron otras reflexiones que acabaron en un guante dialéctico lanzado a la cara de un servidor. Y como uno no es un cobarde, aquí estamos, al alba y con tiempo duro de levante, manda huevos -¿de qué me sonará a mí esto?-, dando la réplica, o eso espero, a la entrada del mismo título que el pendenciero Ridao habrá colgado exactamente a la misma hora por estos andurriales.

Para empezar, habría que aclarar que el liberalismo no es una teoría económica, sino fundamentalmente una doctrina política que, obviamente, termina afectando a la manera de concebir las relaciones interpersonales, de definir los límites de actuación del Estado o de entender las reglas de juego de la economía. Por ello, hay que tener cuidado con las etiquetas, porque decir liberal a secas es no decir mucho.

Pero, desenvainando ya la espada, ¿qué es el libre mercado? Normalmente, este concepto se asocia a lo que los economistas llamamos mercado de competencia perfecta, que no es más que un modelo ideal que nos sirve para identificar cuánto se aleja la realidad de lo deseable y en el que se cumplen fundamentalmente tres condiciones. Libre concurrencia, que implica la existencia de tal cantidad de agentes económicos, vendedores y compradores, que ninguno de ellos puede influir en el mercado, ni fijando las cantidades intercambiadas ni los precios. Producto homogéneo, para que al consumidor le resulte indiferente comprar el bien a uno u otro productor, de tal forma que si una empresa elevara el precio por encima del de mercado, el consumidor dejaría de comprarle por tener disponibles otras alternativas. Información perfecta, que implica el conocimiento por parte de los agentes económicos de los precios de todos los productos y factores de producción, sus características y sus posibles sustitutos.

No parece existir controversia entre los economistas respecto de que el libre mercado sea la manera más eficiente de producir, pero ¿es la más justa? Lo que define la bondad de un mercado, como forma de organizar la producción y los intercambios económicos, es el grado de eficiencia con el que crea riqueza. Y el libre mercado es, no sólo el más eficiente, sino el más justo objetivamente. Remunerará a cada agente económico en función de la utilidad que sus resultados aporten a los demás miembros de la sociedad, sin distinguir entre una persona que, por ejemplo, no sepa leer porque no ha querido aprender, y otra que no haya tenido la oportunidad de hacerlo. Tan solo constatará en forma de mayor renta que, en términos generales y para un sector dado, un ciudadano formado y que ofrece al mercado, a los ciudadanos en definitiva, lo que el mercado quiere, es merecedor de mayor recompensa. Cuestión bien distinta es la llamada justicia social, que no atañe al mercado porque se sitúa en otro plano, paralelo, incluso previo si así lo prefieren, pero en todo caso distinto. Exigir al mercado que tenga en cuenta las desigualdades, en origen o sobrevenidas, haciéndole distinguir entre las voluntarias y las azarosas, es como curar la ceguera a la justicia. Pero aterricemos. ¿Qué ocurre cuando el mercado se aleja de las características ideales antes descritas? ¿Y qué hacemos con aquellos ciudadanos cuyas rentas son escasas o nulas?

En cuanto a lo primero, parece claro que las desviaciones de los mercados reales respecto del modelo de competencia perfecta deberían ser corregidas por la acción del Estado. Si hubiese oferentes capaces de influir sustancialmente en el mercado -monopolio, oligopolio, monopsonio...-, hasta el punto de anular la libre concurrencia; o si a los consumidores se les dificultase el acceso a una información suficiente sobre los bienes y servicios que se intercambian, el Estado debería legislar para corregir esas desviaciones. Regular, pero no intervenir. No es lo mismo vigilar que no existan pactos colusorios o abusos a los consumidores, que fijar precios, subvencionar productos que no son competitivos, practicar el proteccionismo o usar los impuestos para generar demanda artificial.

Respecto de lo segundo, cabría distinguir entre aquella desigualdad resultado del esfuerzo -o de la falta de esfuerzo-, de las elecciones personales del ciudadano, y aquélla que es fruto del azar -nacer en una familia pobre, enfermedades, ...-, o del talento innato. Es decir, entre las causas endógenas y exógenas de la desigualdad en la distribución de las rentas. Parece claro que las desigualdades provocadas por las primeras deben ser asumidas exclusivamente por el individuo afectado, pero ¿debe la sociedad compensar las provocadas por las segundas? Y si debiera ser así ¿cómo identificar ambas situaciones? ¿cómo estar seguros de quién es el vago y quién el desafortunado? ¿todo el azar debe ser compensado o sólo aquél que no se derivó de una elección libre previa? Todas estas cuestiones y muchas más están claramente relacionadas con el concepto de justicia social, y sus respuestas no son tan evidentes como pudieran parecer, pero desde luego, nada tienen que ver con el libre mercado. En todo caso, puestos a hacer una reflexión sobre la mejor forma de repartir la tarta, primero debería haber tarta y, sin duda, la más grande la cocina el libre mercado.

Y para finalizar -si has llegado hasta aquí, o eres de la familia, o eres tan rarito como yo-, un caso de éxito, como dicen en las escuelas de negocio para pijos. Aquéllos que asocian libre mercado con injusticia social, sensu contrario, deberían asociar mercado intervenido con posibilidad de justicia social. Pero el mercado más intervenido y alejado de la libre concurrencia, con enorme diferencia, es el financiero. Hay pocos oferentes (entidades financieras previamente autorizadas y controladas por las autoridades); el precio (tipo de interés) del bien (dinero, productos financieros) está fijado artificialmente, así como las cantidades a intercambiar (base monetaria, coeficiente de caja); su sofisticación provoca una enorme asimetría en la información disponible para los consumidores. ¿Les suenan este escenario y sus resultados?


sábado, 11 de octubre de 2008

Aquí está el tío

Andan los derrochadores de lo ajeno, los del Estado del Bienestar en sofá mullido, los recolectores del esfuerzo de otros, frotándose las manos y choteándose del personal. Del personal que actúa y se siente liberal, claro. Que si dónde nos metemos. Que si se nos llevó el viento. Que si andamos con las orejas gachas. Que si ahora se nos llena la boca de Estado...

Algunos, allá por Jaén -sí, donde Santana Motor y su ERE que ERE-, han dicho que ha caído el muro de Berlín del capitalismo. Deben ser los mismos que hace ya algunas décadas construyeron un muro en Despeñaperros y cercaron el cortijo. Se ve que la caída de aquel muro, el de verdad, les dejó huella y ansias de revancha contra quienes lo demolieron. Hasta el punto de que han implantado el pensamiento único y adocenado a la sociedad civil. Eso sí, sin la fuerza de las armas, lo que sería todo un detalle si no fuera porque el procedimiento empleado es aún más abyecto.

Pero volvamos al asunto, que me desparramo. Lo cierto es que, unos por ignorancia y otros, los más, por pura simpleza intelectual, piensan que el liberalismo no es más que una doctrina económica que defiende a ultranza el mercado libre. Qué digo libre, libérrimo. Y pare usted de contar. Olvidan, -bueno, olvidarían si lo hubiesen aprendido alguna vez-, que el liberalismo es fundamentalmente una doctrina política, con derivadas filosóficas, morales, económicas... Propugna el desarrollo de las libertades individuales y el establecimiento del Estado de Derecho. ¡Sorpresa, los liberales creemos en el Estado! Es de esa concepción del mundo de la que se deriva la defensa del libre mercado, pero no como una premisa del pensamiento liberal, sino como una consecuencia natural de éste. Por ello, el liberal no es ni puede ser un dogmático del libre mercado. En la medida en que los fallos del mercado, -que los tiene, aunque discrepemos en su identificación con aquellos que los confunden interesadamente con los efectos del uso de la libertad individual-, generan desigualdades injustas (riesgos monopolísticos, información asimétrica, externalidades negativas...), el Estado debe introducir elementos de control en forma de leyes que regulen e impidan esas situaciones. Ningún liberal con un mínimo de honestidad intelectual puede estar en contra de ese tipo de regulaciones, de fijar reglas de juego claras que persigan la igualdad jurídica y política entre las personas.

Ahora bien, regular para evitar ciertos fallos de mercado no debe ser confundido con intervenir en el mercado. No es lo mismo crear organismos que velen por que la información que reciben los consumidores sea cierta y completa o por que no haya pactos colusorios que permitan el dominio del mercado por un sólo oferente, que decidir el precio mínimo al que debe venderse un bien, salvar empresas privadas, máxime cuando no son viables, a costa del dinero de los contribuyentes o proveer bienes y servicios privados mediante empresas públicas.

Dicho esto, aquí hay un liberal que ni se esconde ni reniega de sus principios. Y que, lejos de pedir a grito limpio a los gobiernos que hagan un paréntesis en el libre mercado -no me digan que no estuvo sembrado el presidente de la CEOE-, se avergüenza de algunas de las medidas que los distintos gobiernos están adoptando.


sábado, 6 de octubre de 2007

Izquierda, izquierda. Derecha, derecha. Adelante, detrás. Un, dos, tres

Una cosa es lo que era la izquierda, otra lo que es y otra muy distinta lo que debiera ser. Y lo mismo le pasa a la derecha. La evolución de la sociedad ha ido matizando tanto el concepto de izquierda y derecha, que se ha pasado de una concepción del Estado y su relación con el individuo radicalmente opuesta, a la existencia de lugares comunes que ya nadie cuestiona y que en muchos casos difuminan las fronteras entre ambas formas de concebir la acción política. Al menos nos queda el consuelo de que mientras no llegue la LOGSE a Barrio Sésamo, adelante y detrás seguirán siendo adverbios y significando lo mismo.

Antes, cuando la izquierda tenía que luchar por la igualdad de oportunidades o por una libertad inexistente contra una derecha dictatorial que favorecía a los ricos en detrimento de los pobres, que fomentaba los monopolios en manos de los poderosos o que utilizaba la coacción del Estado para obtener prebendas ilegítimas, las cosas estaban muy claras. A nadie se le ocurría preguntar qué diferencias había entre la izquierda y la derecha. Era tan obvio quiénes eran los progresistas, los que querían evolucionar y progresar, y quiénes los conservadores, los que no querían que nada cambiara, que nadie se hacía esa pregunta.

Ahora, asentada la "democracia", construido un Estado del Bienestar que pocos cuestionan y civilizada la derecha, la que permanece asilvestrada es la izquierda. Ha perdido la ventaja competitiva que suponía tener el monopolio moral de la defensa de los débiles, de la lucha contra la injusticia y de la búsqueda del bien común. La derecha se ha modernizado y defiende la redistribución de la renta y los mecanismos de protección social, si bien es cierto que lo hace desde un modelo de Estado distinto. En un escenario en el que la derecha no cuestiona la enseñanza gratuita, las pensiones o las prestaciones por desempleo, a la izquierda se le ha agotado parte de su discurso, se le ha secado la imaginación y ha respondido con más Estado, más intervencionismo y más paternalismo. Si los avances sociales conseguidos han sido el resultado del trabajo y el esfuerzo de muchas personas a las que no le regalaron nada ¿por qué desprecian ahora esos valores?

Cuando la izquierda demoniza el mercado, contrapone de manera absurda lo social a lo económico. Ignora que para mantener el sistema de protección social son necesarios recursos económicos que sólo pueden ser generados de forma eficiente por el libre mercado. Las lógicas del monopolio público o privado sólo generan injusticias porque manipulan las reglas de juego, empobrecen a la sociedad y despilfarran recursos.

La izquierda en la que yo creo debería aprovechar la globalización y el libre mercado para conseguir una sociedad más justa e igualadora de oportunidades, debería reorientar los sistemas de protección social que generan parásitos y lastran la creación de riqueza, debería renunciar a regular aquellos comportamientos individuales que no afecten a derechos de terceros, debería ser firme contra quienes usan la solidaridad de los demás en su propio beneficio, debería ser especialmente exigente con los resultados de las actividades que se financian con recursos públicos, en particular la educación. En definitiva, debería poner el Estado al servicio del individuo pero sin anularlo, dignificarlo pero sin adocenarlo.

¿Para cuándo una izquierda moderna que crea más en el individuo, que sea capaz de convencer sin necesidad de asustar con el dóberman, que sepa gestionar sus valores con menos Estado, que sepa mantenerse en el poder sin necesidad de clientelismos, que asuma sin complejos algunos valores positivos de la derecha, como el esfuerzo y el trabajo, con la misma inteligencia con la que la derecha ha abrazado el Estado del Bienestar?

Algunos seguimos esperando.


martes, 2 de octubre de 2007

Sobre el aborto y la eutanasia

¿Se puede ser de izquierdas, estar en contra del aborto y a favor de la eutanasia? Pues claro que se puede. Lean si no.

Ya sé que son cuestiones complejas, pero si me defino como liberal de izquierdas, la respuesta no debería extrañar. No me gustan demasiado las etiquetas, pero muchas veces es imposible no usarlas para describirse a uno mismo o a los demás. En esa especie de síntesis, de retrato concentrado, no caben los matices y eso lo empobrece. Por contra, encerrar en un par de palabras una actitud ante la vida, obliga a subrayar sólo lo importante, a dibujar con trazo grueso pero firme, lo esencial.

Hay mucha gente que cuando se cuelga una etiqueta, sobre todo en política, se olvida de pensar. Es como si les grabaran a fuego en su cerebro un formulario tipo test con una serie de preguntas ¡pero con la respuesta marcada! ¿Que la etiqueta dice "soy de izquierdas"? En la pregunta del aborto y la eutanasia estará marcada la casilla "a favor". ¿Que en la etiqueta pone "soy de derechas"? La casilla marcada indicará "en contra". ¡Y ay del que se le ocurra pensar por sí mismo!

Muchos niegan la coherencia de ser liberal y de izquierdas, o viceversa, tanto monta. Los liberales, porque no entienden que uno tenga sus reticencias sobre la bondad de eso que ellos llaman el "orden social espontáneo". Los comunistas y socialistas, porque no se explican que uno no abrace el colectivismo a ultranza, resultado de su desconfianza radical hacia el individuo. A los que nos sentimos libres para pensar, nos la trae al pairo lo que opinen estos fabricantes de corsés mentales.

Pero no nos dispersemos. Hablaba de mi postura respecto del aborto y la eutanasia y, en contra de lo que pudiera parecer, ambas tienen más que ver con mi liberalismo que con mi izquierdismo. Precisamente mi convicción personal de que el Estado no debe interferir en el derecho a decidir de las personas cuando los efectos de sus actos sólo afectan a ellos mismos, me lleva a condenar el aborto y admitir la eutanasia. Con dos excepcciones. Respecto del aborto, lo considero admisible cuando hay un riesgo claro para la vida de la madre. Respecto de la eutanasia, la considero inadmisible cuando no es el resultado del libre albedrío del afectado, bien en el momento de la decisión, bien en un momento anterior.