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domingo, 25 de abril de 2021

Democracia de ofendiditos

Uno siempre había pensado -y lo sigue pensando-, que la democracia consistía, entre otras cosas, en confrontar ideas, argumentos, datos, hechos. Pero no. Desde hace algún tiempo -décadas diría yo-, resulta que consiste en criminalizar al que piensa distinto, en aislar al adversario político, en hacerse el ofendidito, en manipular lo que dice o hace, en plantear su ilegalización preventiva. Pues qué quieren que les diga, que a mí no me sale llamar democracia a esta deriva totalitaria.

La obra de teatro que protagonizó Pablo Iglesias en el debate del otro día, levantándose indignado de la mesa porque la candidata de Vox no condenaba la violencia, fue una genialidad que sólo funciona en sociedades con una democracia enferma como la nuestra que se nutre de sectarismo y de hooligans. 
 
Toda la izquierda presuntamente demócrata ha aplaudido en bloque que se trate como apestado a un partido político, que nadie quiera sentarse con él para convencerle de sus errores o mostrar sus vergüenzas, que todos lo califiquen de fascista. ¡Quién lo iba a decir! El progresismo, la izquierda, mostrando sus más bajos instintos totalitarios mientras reprocha en otros, indignado, sus propios comportamientos.

Pero no crean que la falta de cariño por la libertad de expresión es de ahora, no. Aunque en los últimos años se haya mostrado con toda su crudeza, viene ya de lejos y afecta a todo el espectro político. Si no puedes vencerlo con argumentos, amordázalo. Ésa es la consigna. Una consigna que sólo puede funcionar si el público les aplaude. ¡Y vaya si les aplaude!

Quienes eran habituales de esta taberna que tengo medio abandonada saben de mi radicalidad en la defensa a ultranza de la libertad de expresión. Ya cuestioné en su día la famosa Ley de Partidos que, afortunadamente, ha permanecido ignorada en los últimos años, pero que están empezando a sacar de paseo otra vez.

En fin, que os dejo con una reflexión de un alumno del genial Juan de Mairena, ese heterónimo profesor de gimnasia y retórica tras el que se escondía Antonio Machado para buscar su verdad a pecho descubierto.

"En una república cristiana, democrática y liberal, conviene otorgar al Demonio carta de naturaleza y de ciudadanía, obligarle a vivir dentro de la ley, prescribirle deberes a cambio de concederle sus derechos, sobre todo el específicamente demoniaco: el derecho a la emisión de pensamiento. Que como tal Demonio nos hable, que ponga cátedra, señores. No os asustéis. El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas".
 
 

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Derecho de huelga en un Estado de Derecho

¿Tiene sentido el derecho a la huelga, tal y como está configurado actualmente en nuestro país, en el seno de un Estado democrático y de Derecho? En mi opinión, no. 
 
Ya sé que estoy metiendo el palito en el avispero, pero ya saben que en esta taberna es lo habitual. Y además, ahí van los argumentos. Espero que quien quiera confrontar su opinión con la mía también los tenga. Y los exponga. Y quizás, quién sabe, hasta pueda convencerme si son mejores que los míos. Pero vayamos al lío.

Como todos ustedes sabrán, el derecho a la huelga está reconocido en nuestra Carta Magna y regulado en una Ley, aunque sea preconstitucional. Por tanto, en esta entrada no se cuestiona que tal derecho sea legal, sino si es razonable que lo sea en el contexto de un Estado democrático y de Derecho.

El derecho a la huelga consite, muy sintéticamente, en la posibilidad de que el trabajador deje de acudir a su puesto de trabajo, sin que ello extinga la relación laboral o dé lugar a sanción alguna, salvo dejar de percibir el salario durante su ejercicio. Dicho de otra forma, es un derecho que permite al trabajador incumplir legalmente su contrato sin más consecuencia que la de no percibir la contraprestación -el salario- a la que tendría derecho de no incumplirlo. 

Que las huelgas han supuesto históricamente un instrumento fundamental para la conquista de importantes derechos para los trabajadores -jornadas laborales más razonables, vacaciones, permisos retribuidos, etc.-, es una obviedad. Que esas conquistas exigieron huelgas, en algunos casos con sacrificios personales extremos de los trabajadores, a causa del contexto legal e institucional en el que se produjeron es otra.

Ahora bien, en un contexto donde el marco legal de las relaciones laborales se decide por el poder legislativo que, a su vez, es elegido por los ciudadanos, ¿tiene sentido la existencia del derecho de huelga? Cuando la posible conculcación de los derechos reconocidos legalmente a los trabajadores pueden ser reclamados en los tribunales, ¿tiene sentido la existencia del derecho de huelga?

Resulta complicado defender la bondad de su existencia, salvo que lo que se defienda sea impedir por las bravas determinados comportamientos legítimos y legales de la otra parte -el empresario-, tomando además como rehenes, en muchos casos, a los ciudadanos.

Por ejemplo, la huelga de los tripulantes de Ryanair en España. Se convoca para evitar que una empresa cierre determinados centros de trabajo y despida a los trabajadores, ambas decisiones, en principio, legítimas y legales si se hacen conforme a lo estipulado en las leyes vigentes. Y si no lo fueran, ahí están los tribunales. Sin embargo, el derecho de huelga permite a los trabajadores convocar una huelga en determinadas fechas -las que más afecten a los clientes de la empresa-, con objeto de perjudicar lo más posible a la empresa y obligarla así a reconsiderar su decisión. Sea ésta legítima o no. Sea ésta legal o no.

No parece que reconocerle a una de las partes de una relación jurídica el derecho de coaccionar a la otra para que actúe de una determinada manera sea una idea justa y equilibrada. ¿No habíamos quedado en que, en un Estado de Derecho, el monopolio de la violencia corresponde al Estado? 



sábado, 2 de junio de 2018

El sueño de un iluminado con pocas luces...

Como decíamos ayer -que diría Fray Luis de León-, nada aporta la sentencia del caso Gürtel a la convicción de quienes esta semana han planteado una moción de censura para echar a Rajoy del gobierno. Y nada aporta porque, entre otras cuestiones, la sentencia no afirma que el PP, como tal partido político, haya cometido delito alguno y, por tanto, las convicciones de los censuradores siguen yendo más allá de la verdad judicial, aunque digan basarse en ella.

Es evidente que la bandera del agitprop es más eficiente con una sentencia judicial por mástil. Sobre todo porque el mensaje ya no parece tan propio e interesado, sino más ajeno y neutral, procedente de un poder independiente del Estado -el judicial-, que sólo parece serlo cuando interesa.

El problema es que la sentencia no dice lo que dicen que dice. Argumentan -haciendo suyas las palabras de la página 1.522 de la sentencia-, que si el PP no ha sido condenado penalmente es porque "los hechos son anteriores a la reforma del Código Penal operada por Ley Orgánica 5/2010 de 22 de junio, que introdujo la responsabilidad penal de las personas jurídicas, por lo que no se está dilucidando en este procedimiento una posible responsabilidad penal del Partido Popular como persona jurídica, lo que no es jurídicamente factible por la fecha de los hechos". Con ello, pretenden dar a entender que, de haber sido aplicable el actual Código Penal, el PP hubiera sido condenado penalmente.

Parémonos un momento aquí y abramos un paréntesis para aportar algunas certezas.

En primer lugar, aunque los hechos hubieran sido posteriores a junio de 2010, tampoco el PP podría haber sido enjuiciado penalmente por este -ni por ningún otro-, delito. ¿Por qué? Porque la reforma de la LO 5/2010, llevada a cabo por el PSOE, excluía expresamente de responsabilidad penal en su art. 31.bis.5 a los partidos políticos y sindicatos, y no fue hasta la reforma del Código Penal llevada a cabo por la LO 7/2012, a iniciativa del gobierno del PP, cuando se modificó dicho artículo para no excluir a partidos políticos y sindicatos de la responsabilidad penal, reforma que, por cierto, fue votada en contra por el PSOE. Los señores magistrados debieran actualizar sus conocimientos penales. Y el señor Ábalos Meco debiera acordarse de que, primero, votó a favor de excluir a los partidos políticos de la responsabilidad penal en nuestro Código Penal, y después, votó en contra de incluirlos.

En segundo lugar, aunque la ley hubiese permitido enjuiciar al PP por esos delitos, el hecho de que se le haya condenado como partícipe a título lucrativo excluiría de raíz su posible condena penal. ¿Por qué? Porque esa condena civil tiene como premisa legal inexcusable el desconocimiento por parte del condenado del hecho delictivo del que procede el lucro. Dicho en palabras de los propios magistrados -página 1.514 de la sentencia-, las notas características de esta infracción civil "son las siguientes: participación/aprovechamiento a título lucrativo, ignorancia de la comisión delictiva y valorización antijurídica y económica (SSTC 532/2000 de 30-03 y 1024/2004 de 24/09); requisitos que se dan en este caso".

De esta forma, de la sentencia -si nos creemos su verdad judicial, nos la tenemos que creer entera-, se colige que ni el PP ni ninguno de los miembros del gobierno del PP, han cometido delito alguno. De momento. Cerremos ya el paréntesis técnico-jurídico del asunto y volvamos al aspecto meramente político.

Así, a la vista de que la sentencia no corrobora el discurso en el que los censuradores se basan para querer expulsar al PP del gobierno, sólo es posible concluir que su argumento -legítimo, por otra parte-, sólo puede sustentarse en sus convicciones personales, las mismas que llevan esgrimiendo desde hace años. Y siendo que la sentencia no aporta nada nuevo -más bien al contrario, pues desmiente, de momento, la responsabilidad penal del PP-, ¿por qué se ha esperado a la sentencia para poner en marcha toda esta operación? Pues porque es más fácil convencer a la manada de que los del PP son unos delincuentes con una sentencia en la mano -aunque no diga lo que dicen que dice-, que casi nadie se va a leer y mucho menos entender, que con el mero discurso machacón de varios años que, hasta ahora, no les ha permitido ganar las elecciones.

Tampoco parece haberles funcionado, a la vista de los resultados electorales, el discurso de que el país es un desastre, que casi la mitad de sus ciudadanos viven en la pobreza y la miseria o que la pérdida de derechos nos convierte en un país tercermundista.

Así que, como la ocasión la pintan calva, la sentencia, debidamente aderezada, manipulada y puesta al servicio de un discurso al que, de momento, desmiente, ha venido a unir las voluntades de PSOE, Unidos Podemos, ERC, PDeCAT, PNV, Compromis, EH Bildu y Nueva Canarias -casi nada-, no en torno a un proyecto común de país, o de políticas sociales, o de política económica, no, sino en torno al odio común a un partido político, a la necesidad vital e irracional de desalojarlo del poder por cualquier medio.

Sin duda, el mecanismo utilizado es legal. ¿Pero es legítimo? ¿Es éticamente democrático? Y. lo que es más importante, ¿es bueno para el país? De esto último tendremos muestras empíricas en breve.

En todo caso, lo que es un hecho incontestable es que Pedro Sánchez es ya nuestro presidente. Ha llegado sin las urnas y sin siquiera ser diputado. Pero ahora, pasada la euforia y la exultante felicidad de alcanzar su sueño a cualquier costa, tiene que gobernar. Y tiene que hacerlo necesitando el apoyo constante -que no será gratuito-, de los mercenarios que componen su ejército de Pancho Villa. Mercenarios que, cumplido el único fin que los hizo camaradas de armas, se baten ya en retirada, cada uno a sus trincheras. Y esas trincheras, parece evidente, no son las de la mayoría del pueblo. Y tampoco las de los socialistas.

Esperemos que el sueño de Pedro Sánchez no le quite el sueño al ciudadano de a pie. Le deseo suerte. Aunque sólo sea por el bien de todos nosotros.


domingo, 1 de octubre de 2017

¿Y a partir de ahora qué?

Como no he cambiado de opinión, más bien todo lo contrario visto lo visto a lo largo del día de hoy, no me voy a repetir.

Sólo constatar que el Estado, por una enorme torpeza de Rajoy, ha perdido la batalla de la imagen y de la razón. Sin duda, no es el único responsable. Pero sí el máximo responsable. A su incapacidad para resolver políticamente un conflicto político, se ha añadido la tremenda imprudencia de enviar a Cataluña a miles de policías y guardias civiles. Bastaba con no reconocerle efectos jurídicos al resultado de lo que sea que se haya producido en el día de hoy.

¿Y a partir de ahora qué? Pues probablemente más y peor. Hasta que se afronte el problema político con POLÍTICA. Así, con mayúsculas.

jueves, 20 de julio de 2017

Psicoanalizando el neoliberalismo... ¡Toma ya!

Leía el otro día un artículo en el que, si no entendí mal, se hablaba del psicoanálisis como instrumento para explicar y combatir aquellas decisiones de la colectividad que ponen en peligro la propia democracia y el Estado de Derecho. Al parecer, todo se fraguó a raíz de las últimas elecciones presidenciales francesas ante la posibilidad de que Marine Le Pen pudiera gobernar. Desde luego, el asunto invita a la reflexión. El psicoanálisis para alertar de los actos que los ciudadanos realizan contra sí mismos. El problema, como siempre que se reflexiona sobre estas cuestiones, estriba en quién decide lo que es conveniente o no que el ciudadano decida. O piense. O diga.

Pero no era sobre el psicoanálisis sobre lo que quería hablarles -que uno, de lo que no sabe, prefiere escuchar más que hablar-, sino del salto al vacío que da el autor del artículo cuando reprocha a ese movimiento de psicoanalistas que no incluya en su punto de mira al neoliberalismo, ese sistema que aspira a la reducción al mínimo  imprescindible del tamaño del Estado, a la ausencia absoluta de intervención del Estado en la economía, a la supremacía de lo individual frente a lo colectivo. En ese sentido afirma, por ejemplo:

"Mucho se ha escrito sobre el neoliberalismo y sus consecuencias. Las formas de explotación se han refinado hasta el extremo de hacer muy difícil la vida de los sectores menos favorecidos: precarización de los salarios y de las pensiones, ausencia crónica de trabajo, recorte de los derechos sociales, una política suicida de austeridad, pérdida de derechos laborales, endeudamiento del Estado por generaciones, sometimiento de las naciones a los designios de un poder económico no elegido democráticamente, etcétera."

Con más o menos matices, todo lo que afirma es cierto excepto la premisa mayor: que todas esas consecuencias traigan causa del neoliberalismo. Aunque sólo sea porque no existe ni un solo país donde impere tal sistema. Y desde luego, en Europa menos que en ningún otro lugar del mundo.

Es una absoluta barbaridad afirmar que el endeudamiento del Estado por generaciones es una consecuencia del neoliberalismo, pues es una contradicción en sus propios términos. ¿Cómo iba a permitir un sistema neoliberal, deseoso de que el Estado quede reducido a Defensa y Justicia, y poco más, que éste se endeude hasta las cejas para mantener además pensiones, prestaciones por desempleo, sanidad, educación, subvenciones...?

Respecto de la precarización de los salarios, resulta obvio que es una consecuencia de la tremenda crisis económica que hemos padecido. Sobre la política suicida de austeridad -al menos el autor no se ha referido al famoso austericidio, cosa que le agradezco-, sólo hay que ver la evolución del gasto público en los países europeos y el enorme endeudamiento de algunos, como España, durante la crisis para mantener e incluso aumentar el nivel de gasto.

En relación con el sometimiento de las naciones a los designios de un poder económico no elegido democráticamente, la cosa tiene su aquél. No se sabe bien si el autor recrimina que el poder económico no se haya elegido democráticamente o que las naciones estén sometidas al poder económico. Sobre lo primero, no sé qué decir porque, ¿en qué consiste un poder económico elegido democráticamente? Sobre lo segundo, suele ocurrir que uno es tanto menos libre cuanto más endeudado esté con un tercero y la solución es fácil: no endeudarse hasta el punto de llegar al sometimiento. Los gobiernos tienen otras alternativas -gastar menos, subir impuestos...-, y cuando eligen endeudarse para no perder el voto del ciudadano, ¿quién es responsable de que el Estado deudor deba cumplir los compromisos que le impone su acreedor? Pues parece claro que, en principio, quien toma esa decisión política de entre todas las disponibles y, en última instancia, del ciudadano, que amenaza con no votar a quien le recorte su bienestar o le suba los impuestos. Desde luego, no del supuesto neoliberalismo.

También habla el autor en el artículo de lo que Étienne de la Boétie llamó la servidumbre voluntaria, el sometimiento voluntario al discurso del amo -referido a un contexto histórico y político radicalmente distinto-, asimilándolo a un actual sometimiento voluntario del ciudadano a la lógica de un neoliberalismo que, como resulta evidente, ni está ni se le espera y que, de existir en un contexto democrático, muy poco tendría que ver con aquella servidumbe voluntaria de la que hablaba La Boétie. Un sometimiento que, en su caso, de ser realmente voluntario, ¿por qué no debiera ser aceptable y aceptado? Salvo que lo que el autor pretenda plantear es que esa voluntariedad sea sólo aparente, que el individuo no posee libre albedrío. Que cuando decide gastarse 30 o 40 euros al mes en un móvil y en la televisión por cable en lugar de, por ejemplo, ahorrarlos para imprevistos futuros, está siendo una pobre víctima del consumismo sin posibilidad de tomar decisiones alternativas. Pero admitir tal cosa no es más que una manera de infantilizar al individuo y, por extensión, a la sociedad. Es tanto como romper el imprescindible nexo que debe existir entre la libertad individual y la asunción de la responsabilidad derivada de su uso.


domingo, 22 de enero de 2017

La brocha gorda como herramienta intelectual...

En estos días de manifestaciones mundiales y sesudas tertulias poniendo a parir al nuevo presidente de los EEUU y, de paso, a los irresponsables que lo han colocado ahí con sus votos, me he topado con un tuit de alguien a quien sigo en Twitter porque sus opiniones, unas veces compartidas y otras no, son siempre interesantes. En ese tuit señalaba una entrada de su blog en el que llamaba imbéciles a cualquiera que se atreviese a cuestionar esa máxima de un ciudadano un voto. Y claro, como me estaba llamando imbécil a mí, me di por aludido y le respondí que la brocha gorda no suele ser una buena herramienta para el intelecto. No debió darse por aludido.

Quienes me siguen desde hace tiempo recordarán alguna que otra entrada a este respecto. Como puede deducirse fácilmente, a mí no me parece una imbecilidad plantear una reflexión sobre la calidad del voto, entendida no como la calidad de la opción elegida por el votante, sino como el grado de comprensión de dicha opción y de las reglas de juego del sistema político en el que se enmarca esa elección.

Cuando se plantean estas reflexiones, la mayoría -y particularmente la izquierda oficial-, te mira como con desprecio y lástima, retirándote automáticamente el carné de demócrata. Son los mismos que ahora cuestionan implícitamente -y algunos incluso explícitamente-, esa máxima de un ciudadano un voto cuando el resultado de ese voto es un engendro llamado Trump. Son los mismos que piensan que el consumidor, en general, no está capacitado para entender las consecuencias de una cláusula suelo o de la responsabilidad patrimonial universal aunque se la pongan en mayúsculas y en negrita, pero que sí es capaz de entender -menuda contradicción-, los efectos de su elección política. Son los mismos que llaman imbéciles a quienes pensamos que hay que hacer una seria reflexión sobre la calidad del voto, en el sentido antes señalado, y nos meten en el mismo saco que a los imbéciles, estos sí, que piensan que la calidad del voto tiene que ver con pertenecer a la élite del país, con ser el más inteligente o con tener un título universitario.

En fin, la brocha gorda como herramienta intelectual...

martes, 1 de noviembre de 2016

La culpa es del otro... otra vez

Anda el personal encantado con algunas de las cosas que le dijo Pedro Sanchez a Jordi Évole el domingo. Ya tienen a un par de culpables de que Rajoy vuelva a ser presidente: el IBEX 35 y la prensa.

Seguramente fueron ellos los que impidieron que PSOE y Podemos se entendieran. O los que consiguieron que una formación política tan peculiar como Podemos esté gobernando en muchos sitios o sea la tercera fuerza en el Parlamento. O los que pusieron a los ciudadanos la papeleta en el sobre antes de introducirla en la urna.

Decir eso es un insulto en toda regla al ciudadano en tanto que votante. Creérselo es, además, un claro indicio de imbecilidad.


martes, 25 de octubre de 2016

Del mandato imperativo y otras confusiones...

Si para algo está sirviendo todo este jaleo político es, desde luego, para que la gente se interese algo sobre nuestro sistema político, lo que no está nada mal a la vista de la ignorancia generalizada al respecto. Que si los plazos de investidura, que si las consultas al Rey, que si mayorías en primera y segunda vuelta, que si el artículo tal de la Constitución, que si la Mesa del Congreso...

Ahora, con el trajín que tienen en el PSOE por la exigencia a sus diputados de votar en el sentido decidido por la Dirección del partido, le toca el turno al dichoso mandato imperativo del art. 67.2 de nuestra Carta Magna, ése que establece que los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo. Y claro, muchos dicen que si los diputados no están sometidos a mandato imperativo, ni es democrático ni constitucional exigirles el voto a los diputados por parte de los partidos políticos.

Vayamos por partes. En efecto, un diputado o un senador no está sujeto a mandato imperativo alguno, ni de sus electores ni de nadie, de tal forma que es absolutamente libre para decidir el sentido de su voto en las Cortes Generales. Ahora bien, no podemos ignorar que quien decide libremente pertenecer a un partido político, acatar sus estatutos y presentarse a unas elecciones formando parte de sus listas asume voluntariamente una serie de obligaciones. Y no lo digo yo, lo dice, entre otras, la Ley Orgánica de Partidos Políticos en su art. 8, cuando establece que deberán cumplir las obligaciones que resulten de los estatutos del partido y, en todo caso, acatar y cumplir los acuerdos válidamente adoptados por los órganos directivos del partido.

Por tanto, ¿puede un partido político imponer legal y coactivamente el sentido del voto a sus diputados? Evidentemente no. ¿Puede tomar medidas contra el desacato de sus diputados respecto de un acuerdo válidamente adoptado por el partido? Evidentemente sí. ¿Y cuáles? Pues todas aquéllas que estén contempladas en sus estatutos o en las leyes y entre las que no figura, por supuesto, la retirada de su acta de diputado o senador.

No debiéramos confundir la prohibición constitucional de mandato imperativo a los miembros de las Cortes Generales con el derecho que tiene una organización, política o de cualquier otra índole, de aplicar a sus miembros las normas internas de las que se han dotado y que, recordémoslo una vez más, aceptaron voluntariamente cuando decidieron pertenecer a dicha organización.


domingo, 21 de agosto de 2016

¿Qué tal si les metemos el matasuegras por el callejón de la peste?

Anda el personal preocupado por que la fecha de las terceras elecciones, si es que llegamos a tal despropósito, sea el 25 de Diciembre. Unos, los de enfrente de Rajoy, dicen que lo ha hecho a propósito para meter presión, que ha impuesto la investidura el 30 de Agosto para que las cuentas sitúen las urnas en Navidad si no sale investido. Otros, los de Rajoy, no dicen nada pero se les entiende todo. Un servidor también piensa que Rajoy ha fijado primero el día en que preferiría amenazar con las terceras elecciones y ha hecho las cuentas para atrás. Es tan obvio y tan gallego...

Ahora bien, lo preocupante no es tanto el vergonzoso tacticismo de unos políticos que hemos elegido sufrir, como el bajo concepto que tienen de nosotros, los ciudadanos. Que unos pretendan meter presión y otros se quejen de sentirse presionados por que las posibles elecciones caigan en una u otra fecha, supone que ambos dan por hecho que votar es algo tan secundario para el ciudadano como para que ejercer tal derecho dependa de si le viene bien o no ejercerlo el día en que toque. Triste, muy triste. Aunque no tanto como constatar que es muy probable que tengan razón.

Pero, ¿qué tal si, llegado el caso, los dejamos descolocados yendo masivamente a votar? Al menos nos echaríamos unas risas y de paso, terminamos de cargarnos a las empresas demoscópicas.


miércoles, 17 de agosto de 2016

De Diarios de Sesiones y otras putadas...

"Llamo la atención de Sus Señorías, y sobre todo también respecto de las personas que se puedan sentir hoy interesadas en la  administración de la cosa pública, que tras la votación se deben comprobar los votos de los Diputados que aprueben, o rechacen, o se abstienen en  la  moción de  censura, y  también se  deben comprobar los votos populares que hay detrás de esos Diputados que se pronuncien por una u otra opción. Porque, como saben Sus Señorías, hay una cierta disfunción entre los votos en la Cámara y los votos populares, por una Ley Electoral injusta y discriminatoria." (Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados)

La cita la encuentro hoy en el magnífico artículo con el que Javier Caraballo le pone el espejo del Felipe de los 80 al Felipe de hoy. Pero no, la cita no es de Felipe, sino que corresponde a la intervención de Alfonso Guerra en el pleno del 28 de Mayo de 1980 en el que se debatía y votaba la moción de censura al Gobierno de entonces, tal y como quedó recogida en el Diario de Sesiones. Allí, ante el pleno, puso en duda la representatividad de sus señorías invitándoles a hacer las cuentas sobre el respaldo en voto ciudadadano con el que contaba el voto de cada diputado. Cuestionó, sin inmutarse ni él, ni el resto de los Diputados -como pueden comprobar en el audio de su intervención-, la calidad democrática de aquella Cámara.

Resulta cuando menos curioso que, opinando lo que opinaban, los socialistas no hayan reformado el sistema electoral tras haber estado más de dos décadas en el gobierno apoyados por una Cámara que ha sido siempre el resultado de "una Ley Electoral injusta y discriminatoria". Quizás sea porque esa injusticia y discriminación de la que con razón se lamentaban, les permitió, apenas dos años después, gobernar durante mucho tiempo.


miércoles, 6 de julio de 2016

De encuestazos y otras paranoias

Afirmaba el otro día Pedro Jose que en las pasadas elecciones generales los españoles acudieron a votar bajo la coacción -¡toma ya!-, de unas inquietantes encuestas y que, aunque no ha habido pucherazo, sí ha habido encuestazo. Enmierda, que algo queda.

Si no he entendido mal el argumento central de aquel artículo, el encuestazo no deja de ser una especie de refinamiento del clásico pucherazo en el que, en lugar de meter con descaro la mano en la urna, se usa la mano invisible de la desinformación para manipular al electorado con objeto de que vote en un determinado sentido que, lógicamente, no es el que realmente desea.

Se pregunta el visionario Pedro José que cuántos votantes cambiaron su voto a causa del inminente peligro de que Pablo Iglesias se convirtiera en presidente y de que el país se fuera al carajo. A poco que se analice el argumento empleado para justificar que las elecciones han sido manipuladas, se llegará a la conclusión de que es una absoluta memez.

El aparente razonamiento por el que Pedro José llega a su conclusión es que, si al votante se le informa falsamente de que la opción A es la que va a ganar y decide dejar de votar a la opción A debido a esa información, entonces el votante ha sido manipulado. Pero para que tal silogismo sea consistente, debería cumplirse que el votante, antes de disponer de esa información supuestamente manipulada, tuviera la intención de votar la opción A y que la información de que dicha opción sería ganadora le indujera a votar a otra opción distinta. ¿Se dan cuenta de lo absurdo que resulta concluir que quien tenga la intención de votar la opción A -obviamente, porque quiere que gane-, cambiará su voto cuando le informen de que va a ganar la opción que desea que gane? 

Vale, vale, ya sé que Pedro José pretende hilar más fino en su argumento. En concreto, se pregunta sin preguntárselo, cuántos votantes dejaron de votar a Ciudadadnos para hacerlo al PP debido a esa supuesta manipulación de las encuestas, orquestada, cómo no, por el PP. La respuesta a esa pregunta se la dejo a aquellos de ustedes que dispongan de bola de cristal. Porque, ¿de verdad hay argumentos para concluir que el PP se garantizaba más votos procedentes de Ciudadanos o del PSOE haciendo correr el bulo de que ganaría Pablo Iglesias?

En definitiva, si la supuesta desinformación manipuladora no ha hecho que dejen de votar a Pablo quienes deseaban hacerlo, ni parece justificado pensar que haya trasvasado un número significativo de votos de Ciudadanos al PP, ¿dónde está la coacción y el encuestazo? 

En fin, que de alguna forma hay que justificar el descenso de Ciudadanos. Ya sabemos que el chivo expiatorio es el mejor amigo del hombre.


sábado, 11 de junio de 2016

Estoy pensando...

Estoy pensando que a lo mejor voto a Unidos Podemos. Que como nadie escarmienta por cabeza ajena, quizás una inmersión de este bendito país en esas ideas comunitaristas termine definitivamente con la especulación sobre lo evidente. Que cuanto antes toquemos fondo, antes nos desengañaremos de la perversidad del colectivismo y de su ropaje demagógico.

Estoy pensando que si la razón práctica y la historia no son ya argumentos suficientes, entonces ha llegado la hora de facilitar el suicidio colectivo como estrategia, como argumento. 

Y ahora que lo pienso...


jueves, 3 de marzo de 2016

De la intención colectiva y otras gilipolleces

Uno escucha continuamente a los dirigentes políticos afirmar, casi siempre tras unas elecciones, que los votantes han querido que no haya mayorías absolutas y que han lanzado un mensaje claro en ese sentido. Como si los votantes fueran dueños de una materia gris y una voluntad colectivas. Pero sólo hay que preguntar a cualquier votante de cualquier partido si cuando votó, lo hizo con la intención de que su partido no obstuviese mayoría absoluta. 

Pues eso.


viernes, 28 de agosto de 2015

Invita la casa. Hoy: Cosas que nadie quiere saber

Hoy, en esta invitación aún veraniega, en los coletazos de la indolencia vacacional y el ánimo perezoso de los que apuran sus últimos bostezos, ni siquiera voy a hacer introducción alguna al artículo que les dejo sobre el mostrador. Basta con la reproducción literal de su último párrafo. 

"Que la democracia interna es un ideal no exento de paradojas es obvio, pero seguramente habrá que procurar que exista algo más y algo distinto a que los partidos se limiten a ser conjuntos de palmeros que aplauden a rabiar la última ocurrencia de sus líderes, como que Rajoy decida que hay que debatir sobre la Constitución para decir quince días después que ya no toca.

Los partidos no simplemente imitan la pobreza del debate social, sino que la inducen, han descubierto que con esa simplicidad ideológica que gastan pueden seguir en lo suyo, y eso es algo que no puede sino ir a peor (para nosotros, naturalmente). En una situación de tan extrema escasez de argumentos, de tal anorexia política, debiera surgir de los medios de comunicación y de la sociedad civil un revulsivo, un empeño en hablar de lo que no se habla y en pensar sobre lo que no se piensa, porque aunque los políticos se esfuercen en negarlo, es nuestro porvenir el que está en juego, con una sociedad anestesiada, con una evolución demográfica que asusta, en una nación cuya unidad amenaza quiebra, internacionalmente casi insignificante, pese a nuestro volumen relativo, endeudada hasta mucho más allá de lo razonable y sometida, por tanto, a contingencias que pueden ocasionar una catástrofe en cualquier momento, mientras los partidos siguen dándole irresponsablemente a la manivela del gasto porque saben que todavía no nos hemos dado cuenta de que ese dinero que derrochan es el nuestro.
"

El resto pueden leerlo aquí. Si quieren, claro.

sábado, 18 de julio de 2015

Y si te vi no me acuerdo...

Nada más ilustrativo de la honestidad intelectual de nuestros políticos que un ejemplo personal y de primera mano.

Algunos recordarán que el verano pasado me quejaba de que hubieran implantado la llamada zona azul en el pueblo en el que veraneo. Desde el mismo centro del pueblo hasta la puerta de mi casa. Teniendo en cuenta que vivo en la periferia y que el objetivo de este tipo de medidas es facilitar la rotación de aparcamientos en las zonas céntricas y comerciales, se comprenderá mi indignación de entonces, máxime cuando, a pesar de ser propietario de una vivienda desde hace más de quince años y pagar, como cualquier otro vecino del pueblo, los correspondientes impuestos locales por ello -IBI, basuras, tratamiento de residuos, etc…-, ni siquiera puedo acogerme a los beneficios de ser residente.

Pues bien, tras las últimas elecciones municipales, el nuevo gobierno está conformado por un tripartito. Un partido local, el PIF -Partido Independiente la Figuereta-, el PP y Ciudadanos por Isla, habiendo pasado a la oposición el PA y el PSOE, anterior bipartito que decidió implantar la zona azul en todo el pueblo. Ahora, la alcaldesa es del PIF y el Primer Teniente de Alcalde es del PP. Y como curiosidad, la corporación tiene nada más y nada menos que ¡seis Tenientes de Alcalde, seis! Lo que hace el intercambio de cromos y el quítate tú que me pongo yo... 

Pero a lo que iba. El PP, cuando estaba en la oposición, escribía cosas como ésta o ésta. Y el ahora Primer Teniente de Alcalde decía el verano pasado en los plenos, cuando estaba en la oposición, cosas como ésta.




Y la actual alcaldesa, entonces en la oposición, opinaba esto otro allá por Septiembre en el mismo pleno.




Y aquí estamos, otro verano más, con la zona azul en la puerta de casa, la oposición de entonces en el gobierno y el entonces gobierno en la oposición. En fin, como dijo Tancredi a su tío Fabrizio, que todo cambie para que todo siga igual.


lunes, 13 de julio de 2015

Pongamos que hablo de Grecia...

Cuando cualquier país, o sea, el conjunto de sus ciudadanos, decide dotarse de un determinado tamaño de Estado del Bienestar, también está decidiendo directamente cuánto se va a gastar en él y, por tanto, cuánto va a tener que pagar por él.

A veces, muchas veces, la mayoría de las veces, los gobernantes, elegidos por esos mismos ciudadanos, tienen la tentación de ofrecer a su pueblo un Estado de un tamaño que no pueden pagar o que no quieren pagar pidiendo más dinero a sus ciudadanos. Y es que igual que el tamaño de ese Estado importa porque suma votos, subir impuestos para pagarlo los resta. Así que el gobernante de turno, que quiere ser reelegido constantemente, pide prestado a los ciudadanos, de su país y de otros, emitiendo deuda pública.

Al principio, como la deuda es pequeña, el país está creciendo y paga en tiempo y forma, los ahorradores, esos que deciden no consumir ahora para poder consumir más adelante a cambio de una cierta compensación económica, le prestan a quienes han decidido consumir ahora lo que no tienen, pagando por ello una pequeña cantidad de dinero.

Año tras año, lustro tras lustro, década tras década, el país gasta sistemáticamente más de lo que ingresa. Los ciudadanos están encantados. Tienen un Estado con sanidad y educación gratuitas, con pensiones de jubilación, con prestaciones por desempleo... En fin, un Estado de Bienestar como Dios manda. Y que, además, no están pagando completo, que ya se encargan sus paisanos más ahorradores y los de otros países, de prestarles la diferencia.

Pero llega un momento en el que los ahorradores empiezan a pensar objetivamente -deja de crecer su economía, cada vez debe más, su gestión es algo caótica...-, que ese país puede tener dificultades para devolver el dinero que le siguen prestando, y entonces, como es lógico, empiezan a pedirle cada vez más dinero por prestarles dinero porque, si los ahorradores pueden prestar su dinero a otros países o empresas con mayor solvencia y menos riesgo, pedirán más recompensa si quien se lo pide es menos solvente. Lógico. Así que no parece que esa actitud de quienes prestan su dinero sea el resultado de una conspiración judeomasónica contra ese país.

Como la cosa sigue empeorando porque, lejos de hacer reformas en el país para equilibrar los ingresos y los gastos, siguen endeudándose, los ahorradores ya sólo están dispuestos a asumir el altísimo riesgo de impago a cambio de una compensación aparentemente desproporcionada, lo que llevaría al país a entrar en un peligroso círculo vicioso y finalmente a la bancarrota.

Llegados a este punto, y como ese país pertenece a un selecto club con el que comparte moneda, los miembros de ese club deciden echarle una mano. Primero decide permitir que ese país haga un quita a sus acreedores privados -esos ahorradores que le prestaron dinero durante lustros-, para aliviar la deuda, y después, como sabe que nadie le prestará dinero a un coste razonable tras esa quita, con el dinero de los contribuyentes de todos los países de ese club, y sin pedirles permiso, compra la deuda que quedaba en manos privadas y sigue prestándole dinero a unos tipos de interés más ventajosos que los normales del mercado. A cambio, le pide que haga reformas para volver a ser un país solvente y que todo vuelva a la normalidad más pronto que tarde.

Sin embargo, esas reformas suponen sacrificios importantes para la población y surge un partido político que, utilizando ese natural descontento de los ciudadanos, llega al poder prometiendo que esos sacrificios no son necesarios, que no piensa pagar buena parte de lo que deben y que sus acreedores son poco menos que unos usureros y unos desconsiderados que no respetan la soberanía de su país. Y entonces decide preguntar a su pueblo si quieren pagar lo que deben y hacer esos sacrificios.

Obviamente, los miembros del club, que han prestado el dinero de sus ciudadanos sin siquiera preguntarles si querían hacerlo, se cabrean un pelín. Resulta que el socio díscolo les insulta y pretende además darles una lección de democracia preguntando a su pueblo si quieren devolver lo que deben, cuando ellos ni se han planteado preguntarles a los suyos si querían prestarles su dinero.

Y ahora, algunas reflexiones, a modo de moraleja, sobre esta historia..

En una democracia, el tamaño y el alcance de cada Estado es una decisión de los ciudadanos de ese Estado, que a su vez deciden la orientación ideológica de cada uno de los gobiernos que deben implementarlo. No parece pues, que la responsabilidad última sobre ese modelo de Estado y sobre la forma de pagarlo sea de nadie distinto a sus propios ciudadanos.

Tampoco parece que la responsabilidad de pedir prestado para pagar ese Estado que no se puede o no se quiere pagar con la riqueza del propio país, sea de quienes prestan ese dinero. Más bien parece que será de quienes piden prestado. En todo caso, si quienes prestan fueran unos temerarios, ya asumirán su responsabilidad perdiendo el dinero prestado, que no es poco castigo.

Cuando los gobiernos deciden, con el beneplácito de los ciudadanos que los eligen, endeudarse libremente para pagar una parte del coste del Estado del que, también libremente, han decidido dotarse, asumen el riesgo de verse obligados a ceder parte de su soberanía, de su libertad para gestionar el país. Y es lógico. Quien tiene deudas no es totalmente libre de gastarse su dinero en lo que quiera, pues una parte del mismo debe dedicarlo a devolverlas. Y si además empieza a incumplir los pagos o gestiona el país de tal forma que aumenta el riesgo de incumplirlos, y sigue queriendo que le presten, los pretamistas les pondrán condiciones que, en algunos casos, pueden implicar una cierta pérdida de soberanía. Pero es preciso recordar que pedir prestado no es obligatorio y que prestar tampoco lo es. Por tanto, no parece serio darse golpes de pecho ni ponerse a lloriquear por perder una soberanía que previamente se puso en venta. Como ya se ha dicho por aquí en multitud de ocasiones, el ejercicio de la libertad es duro porque obliga a asumir las consecuencias del mismo. Lo otro es libertinaje.

Y aunque podría estar hablando de cualquier país, incluido España, pongamos que hablo de Grecia...


lunes, 6 de julio de 2015

¿Un ataque de dignidad y patriotismo? Venga ya...

Preguntarle a los ciudadanos si quieren subida de impuestos y rebaja de pensiones es una pamplina. La respuesta es tan evidente. que sorprende la sorpresa que algunos han manifestado tras el no de los griegos. También sorprende lo que se le ha escuchado estos días atrás a algunos sobre que lo verdaderamente democrático era votar no. Uno siempre ha creído que lo democrático era simplemente votar. Y no siempre.

No sé qué opinarán esos puritanos de la democracia sobre el hecho de que nuestra propia Constitución prohíba, en su art. 87, la iniciativa legislativa popular en materia tributaria. ¿Se imaginan al pueblo legislando sobre cuántos impuestos quiere pagar? Pues por eso está prohibido y por eso, hacer según qué preguntas al pueblo, no es más que una patochada. Y el gobierno griego, que ha disfrazado de pureza democrática su propia ineptitud y parapetado su cobardía tras el instinto popular, lo sabe perfectamente.

Un pueblo que corre a sacar sus ahorros de los bancos, en lugar de dejarlo en ellos para que se conviertan en créditos a las empresas, para que éstas, a su vez, hagan inversiones que generen puestos de trabajo y crecimiento económico. Un pueblo que chapotea en una economía sumergida, dicen que cercana al 50% del PIB, para eludir el pago de impuestos. Un pueblo que está encantado de jubilarse cuanto antes mejor y que los que vengan detrás que arreen. Un pueblo, en fin, que se comporta de esa manera -por cierto, más o menos como todos los del sur de Europa-, no puede pretender que nos tomemos en serio eso de que el resultado del referéndum ha sido producto de un ataque de dignidad y patriotismo.


martes, 16 de junio de 2015

Pues eso, que donde las dan...

¿De verdad pensamos que Zapata es antisemita hasta el punto de defender el holocausto o que Soto estaría dispuesto a pasar por la guillotina a Gallardón? Pues eso.

A los políticos de siempre, a la casta, si se les pone delante de la hemeroteca, no se salva ni uno. A los nuevos políticos, esos criados a los pechos de las redes sociales, se les coloca ante sus trinos y rebuznos digitales, y tampoco salen demasiado bien parados. ¿Quién no ha escrito alguna barbaridad en twitter un día tonto? Incluso todos los días si se es tonto a tiempo completo. Pues eso.

El problema no es ése, el problema es que ellos mismos han puesto el listón del comportamiento ético, de la regeneración democrática y de la honestidad personal e intelectual a una altura que ahora, y con toda razón, los damnificados quieren aplicarle a ellos sin contemplaciones.

Pues eso, que donde las dan las toman.  


domingo, 10 de mayo de 2015

Con dos cañones en proa...

Discutía el otro día con un amigo sobre la calidad del voto. Yo, en línea con las reflexiones que expuse en el ya lejano estreno de este blog, reiteré mi tesis mientras pude, que pude bien poco. Él, indignado ante mi osadía, repetía una y otra vez la misma afirmación a modo de axioma, ilustrándola en cada andanada con ejemplos variados de común denominador, a saber, que la calidad del voto de un pastor que ni siquiera supiera leer ni le interesara la política es la misma que la de un ciudadano informado e interesado. Yo, sorprendido por su indignación, apenas podía intercalar palabras sueltas por entre los huecos que dejaba su retahíla para tomar aire y no asfixiarse.

Discutir sobre política con alguien que sólo usa las tripas para sustentar sus posiciones no lleva a ningún lado. No sólo pasas un mal rato, sino que corres el riesgo de perder a un amigo y parecer lo que no eres. Por eso, cuando entró en el bar aquella morena de ojos verdes, con dos cañones en proa y una popa respingona insinuada con recato bajo el vuelo de su falda de primavera, y mi amigo me miró sonriente con un movimiento de cabeza, aproveché para cambiar de tema y pedir otras dos cervezas. Al fin y al cabo, resultaba obvio que era más lo que nos unía que lo que nos separaba.


sábado, 9 de mayo de 2015

Susana no tiene quien la quiera...

Incapaz de atraer voluntades ajenas a su proyecto de gobierno, a Susana se le nota demasiado que cuando la sacan de los eslóganes, las frases ocurrentes y las buenas intenciones huérfanas de remate, no es más que una política macarra y gris.

Tras la segunda votación perdida se ha puesto nerviosa. Acostumbrada como está a que todos le hagan reverencias, no encaja bien los reveses. Anda diciendo a todo el que quiera escucharla que hay una conspiración de todos contra ella. Que el hecho de que no la voten es surrealista y que roza el ridículo, como si votarla fuera la obligación de la oposición. Que los andaluces no pueden esperar a los intereses partidistas, los mismos por los que ella anticipó las elecciones. Que la gente que la para por la calle no puede esperar. Que nadie lo entiende.

Desde luego, no parece que vaya a ser una legislatura estable, en el supuesto de que finalmente salga elegida presidenta. Cualquier chispa, cualquier mirada torcida por los pasillos, la hará saltar por los aires. Y a ello está contribuyendo la propia Susana, en cuya palabra no confían ya ni los suyos. Ninguneó a IU adelantando las elecciones. Atracó al PP en la constitución de la Mesa del Parlamento. Se choteó de Podemos en la tribuna. Le dio un beso de viuda negra con lengua a Ciudadanos. Fijó ayer mismo la fecha de la próxima votación unilateralmente, sin siquiera consultar con el resto de grupos parlamentarios.

Y después de esos comportamientos le parece surrealista y ridículo que no apoyen su investidura. Lo surrealista sería que se echaran en sus brazos.

No sé si al final, después de las municipales, algún grupo de la oposición suavizará su dignidad, pero si es así, será una legislatura de equilibrios complejos, de bronca y sonajero. Si con mayoría absoluta las más de las veces han mantenido Andalucía al frente por la cola, no quiero ni pensar en cómo gestionarán esa minoría altiva y desdentada.

Para gobernar en ese sinvivir, mejor unas nuevas elecciones.