viernes, 13 de junio de 2008

Cuento: Sacrificio

Cuando aquella mañana me informaron de que estaba despedido, el desánimo sedó mis emociones. Ni una mueca. Ni un ruido al tragar la sequedad de mi boca. Con la mirada estrellada en el suelo y el ruido sordo de palabras que ya no escuchaba, firmé el recibí de la carta sin siquiera mirarla. La doblé con desgana para que cupiese en el bolsillo de la camisa y la guardé. Cayó al suelo en una extraña pirueta. Como burlándose de mi torpeza. Era un estúpido. Precisamente ese día llevaba mi única camisa sin bolsillo. La recogí de las frías baldosas donde descansaba obscenamente despatarrada, di media vuelta y salí del despacho. Todo había transcurrido con la lentitud grisácea de lo irreal, hasta que, al salir a la calle, el sol del mediodía apuñaló mis ojos.

A mis cincuenta y siete años recordaba escasos momentos de felicidad. Desde mi orfandad, con tan sólo nueve años, viví de desgracia en desgracia. Protagonista de historias, a cual más extravagante y grotesca, siempre quise en ellas ser el actor secundario, consciente del sufrimiento que, invariablemente, el destino infligía al principal. Y ahora, una vez más, ese mismo destino reescribía mi futuro tachando con tinta indeleble mi presente. Ya no lo soportaba más. Algo tenía que hacer para que aquella extraña enfermedad dejara de dirigir mi vida.

Desde hacía tiempo, una rara habilidad para la escritura me permitió ganarme la vida trabajando en las redacciones de los periódicos. Uno tras otro, terminaban despidiéndome al descubrir el secreto. Nunca tardaban más de tres o cuatro meses. Con el tiempo, conseguí ocultar la enfermedad y sus efectos durante cada vez más tiempo. Dando tumbos por oscuras redacciones de tercera, llegué al periódico del que me acababan de despedir. Hacía de eso más de tres años. Conseguí ascender por méritos propios a adjunto del redactor jefe. Las crónicas y columnas de opinión que escribía a diario habían recibido varios premios y gozaba del respeto de todos mis colegas. Escribir me aportaba chispazos de felicidad momentánea. Instantes de placer auténtico, aunque se marcharan sin dejar razón en la memoria. Y eso era todo un lujo para un desgraciado como yo. Hasta que, una vez más, todo quedó al descubierto. Bajé la guardia por un momento y las caras de incredulidad a mi alrededor certificaron el desastre.

A esas alturas, la verdad sonaba falsa en mi boca. De nada sirvió que me deshiciera en explicaciones. Ni que aportara informes médicos. Hacían verdaderos esfuerzos por simular que me creían, pero sólo era civilizada hipocresía. Intentaban convencerme de que la verdadera razón de mi despido era que mentí cuando me contrataron, aunque lo que reflejaban sus caras era indignación y vergüenza por el ridículo hecho durante tres largos años. Sus egos no podían soportar que yo, un brillante redactor que había conseguido duplicar la tirada diaria del periódico, hubiese conseguido mantener el engaño durante tanto tiempo. Por más que argumenté la excepcional calidad de mis trabajos –recordatorio que les alteró aún más si cabe-, no hubo forma de convencerles. ¡Nos has engañado!, repetían a gritos una y otra vez, conscientes de lo ridículos que sonaban. La situación empeoró cuando, en un intento desesperado por desmontar su tesis, negué que hubiese mentido para ser contratado. Ni en el anuncio de trabajo se indicaba, ni en la entrevista posterior se me preguntó. El puñetazo en la mesa fue respuesta suficiente a mi osadía. Pero era la verdad. Nunca pude mentir porque nunca me lo preguntaron.

Pero de nada servía ya lamentarse. Había decidido buscar de nuevo trabajo. Era realmente bueno escribiendo y no iba a permitir que me despidieran otra vez sólo por no saber leer. Realmente, por no poder leer. Esa maldita enfermedad que no permitía a mi cerebro identificar aquellos extraños signos, pero sí transformar en palabras lo que pensaba, sentía, escuchaba o miraba, no iba a arruinar mi vida una vez más. Estaba decidido. Se acabó para siempre volver a explicar, soportando miradas incrédulas y ofensivas, los efectos de una rara enfermedad que no terminaba de creerse nadie. Me arranqué los ojos. Nadie iba a despedir a un ciego que escribía de forma tan extraordinaria por no saber leer. Nadie esperaba de un ciego que supiera ni pudiera leer. Y por si fuera poco, las bonificaciones en la cuota de la Seguridad Social aumentarían mi caché.


9 comentarios:

Anónimo dijo...

Plas, plas, plas... me ha encantado.

Anónimo dijo...

Tato, no puedo más que aplaudirte como maeserancio.
No puedo decir que es el mejor relato que te he leído porque sería injusta con los otros, pero casi casi.
No es sólo el que mantengas la intriga, la "cara de velocidad2 hasta los últimos renglones, sino que consigues que entremos en la conciencia del personaje con pocas palabras, especialmente en el primer párrafo.
Luego, la mezcla de fantasía y realidad y la tragedia que recuerda al desgraciado Edipo, pero contada como si fuera algo normal, cotidiano, es el "antirealismo mágico" o lo mágico-cotidiano.
Un beso.

Anónimo dijo...

Creo que a estas alturas sabrás lo que siento cuando escucho un Aria de Wagner ...

Reyes dijo...

Me ha recordado a ¿Saramago?, ¿o quizás a Tabucchi?, ¿o a Tato en estado puro?.
Enhorabuena, da gusto entrar en la taberna para escuchar sus historias, sus buenas historias.

Un besazo, tabernero.

El Caliz de la Canina dijo...

Señor Tsto en el periodico de emisión gratuita están sorteando un MP4 a los mejores relatos de terror.
Marcate uno y deja el pabellón bién alto ......

La Canina seguirá cavilando .....

Juan Antonio González Romano dijo...

Qué bien escribe este Tato. Se nota que ha tenido buenos maestros, je, je.

Er Tato dijo...

Maese, ¡me encanta cuando os encanta!

¡Ay, Soboro! ¿Y contigo qué voy a hacer? ¡Venga a estudiar, que tienes que enseñar a los chavales a disfrutar leyendo! Que con lo que se cuenta en casa del profe, no sé yo si vas a hacer un buen negocio... ;-)

¡Pedazo de piropo, Glauca! El día que algo escrito por mí haga sentir una centésima parte que un Aria de Wagner... Te has pasado un pelín, pero mi vanidad te agradece la exageración.

De Tabucchi sólo he oído hablar, pero no he leído nada suyo. De Saramago lo he leído casi todo; lo muy bueno, lo malo y lo regular. Y el Tato ése no tengo ni idea de quién es, pero si no me suena es que debe ser del montón. ¡Ay, Dama, que desde aquel rifirrafe ya no me quieres pa ná...! :-P

No caviles tanto Canina, que te vas a quedar en los huesos. ¿Para qué quiero yo un MP4 teniéndoos a vosotros? ¿Y si me presento y termino en la papelera? Quita, quita, que a mí me hacen feliz vuestras mentiras piadosas. Ya se sabe que para ser feliz hay que ser un poco ingenuo.

¿Y a ti qué te digo, profe? Que tienes razón, que algunos buenos maestros tienen bastante culpa de lo que soy. Fueron pocos, pero tan excepcionales que no les importaba estar en minoría. Y todos de la enseñanza pública, oiga. Recuerdo uno en especial, Don Francisco -entonces sí había respeto y autoridad aunque a veces las formas no fueran las mejores-, que me dio clase en 3º de EGB. A final de curso me regaló un Diccionario de Sinónimos dedicado de su puño y letra. Aún lo conservo y lo hojeo con inmenso cariño. Algún día contaré lo que hizo por mí, aunque me da cierto pudor. Al año siguiente consiguió el traslado a un pueblecito extremeño, su tierra. No he vuelto a saber de él, ¡pero cuánto daría por darle un abrazo, contarle qué ha sido de mí en estos treinta y tantos años y mostrarle su parte alícuota de lo que soy!

Besos a ellas y abrazos a ellos. Cuando los hayáis usado, os los intercambiáis y después los dejáis encima del mostrador. Conforme los vaya lavando y planchando, los iré reponiendo.

P.D.: Llevo unos días sin escribir. Bueno, sin escribir entradas, que de largos comentarios me he puesto hasta el culo (¿verdad, profe?). A ver si hoy se me ocurre algo interesante que decir. Y si no, cuelgo este comentario que a lo mejor cuela.

Anónimo dijo...

A mi el comentario me vale, asi es que comento al comentario...

Mientras te leia estaba escuchando la muerte de Isolda, al trecer renglón, paré la lectura... insonorizé a Wagner... y... seguí leyendo.

pilar dijo...

Preciosa historia, impecablemente contada. Como dice Soboro, nos trasladas al lado mágico de la realidad. Deberías pensar en escribir para el mundo, es injusto que sólo te leamos los que te visitamos. Besos Pilar