domingo, 18 de mayo de 2008

Disculpe el retraso, señor juez

Dentro de tres días hará exactamente dieciocho años que la alergia primaveral se mudó a mi vida. Comencé a notar los síntomas en un hotel coruñés tal día como aquél. Al principio pensé que se trataba de un simple resfriado. Los picores de garganta, el moqueo traicionero y los estornudos descontrolados que tantas veces había visto adornar la penitencia de otros, se abalanzaron sobre mí sin compasión. En veintiséis años de vida jamás supe lo que era una alergia. Hasta aquel día. Y hasta hoy, año tras año, se repite el ritual.

¿Qué ocurrió en aquellas fechas? ¿Qué misterio había tras aquel súbito cambio? Por aquél entonces llevaba ya algunos años viviendo sólo, que no en soledad. Exactamente tres días antes, el viernes dieciocho de mayo del inicio de la última década del siglo pasado, me levanté temprano. Tras arreglar un poco mi descuidada barba de color indefinido, herencia incompleta de mi añorada abuela pelirroja que estampó en mí sus genes a brochazos caprichosos, me obsequié con una larga ducha y me enfundé los vaqueros. Aquel día no tenía que ir a trabajar. Había avisado con antelación de que me tomaba el día libre a causa de un compromiso personal e ineludible a última hora de la mañana. Recogí a mi mejor amigo en su casa y fuimos a adecentar el coche al primer túnel de lavado que encontramos. Tras someterlo a un par de sesiones consecutivas, descubrimos que su color original era el blanco y que tenía un radiocasete justo debajo del ambientador. Para celebrar el hallazgo, nos fuimos a tomar un par de cervezas mientras concretábamos algunos aspectos relativos a lo que iba a acontecer algunas horas después.

A media mañana nos despedimos provisionalmente con un guiño de complicidad y cierta tensión en la mirada. Tienes que estar en el juzgado a las dos menos diez si no queremos tener problemas, le recordé mientras nos despedíamos. De vuelta a casa, busqué en el armario uno de los dos trajes que usaba habitualmente para mi trabajo. Lo descolgué de la percha, busqué la camisa adecuada y elegí una corbata. Dos horas más tarde, mientras esperaba en la puerta de los juzgados con cierta inquietud, salía la secretaria judicial anunciando mi nombre. Las dos menos diez y este impresentable sin llegar, me dije mientras miraba el reloj por enésima vez. Después me explicó que se entretuvo más de la cuenta en un puesto de avituallamiento de Cruzcampo -vulgo tasca-, camino de su destino. O para ser más exactos, de mi destino. Llegó minutos después de que la funcionaria volviera a salir pronunciando mi nombre, esta vez en un tono más perentorio, menos amistoso. Paró el coche justo en la puerta. Bajó con su sonrisa socarrona. Corrió solícito a abrir la puerta trasera. Y entonces apareció ella. Tan hermosa como siempre y tan guapa como nunca antes. El juez esperaba y dictó sentencia. Una agridulce condena: alergia primaveral de por vida y libertad vigilada a discreción. Desde ese día, somos felices y comemos codornices. En salsa, por supuesto. Eso sí, las comemos de higos a brevas, cuando las guisa María, su madre. Están, o para ser más precisos, estaban, exquisitas, que desde que anda pachucha la pobre no las he vuelto a catar.

Tres días después cogimos las maletas de nuestro futuro, una almohada de ilusiones para soñar y dos billetes rumbo a la luna. A la Galicia de miel, marisco y nublados. Dulces gentes. Inolvidable viaje. Desde entonces -disculpa la deconstrucción, Joaquín-, ni todas la noches han sido noches de boda, ni todas las lunas han sido lunas de miel, pero no sabemos echarnos de más, ni habitar la ausencia del otro. Ni aprender queremos. Hace ya algún tiempo que el tiempo nos adelantó. Llevaba el pasado de la mano. ¡Y vaya si corría el condenado! Tanto, que lo mudó en futuro de promesas de lunas de miel eternas. Cuando nuestros niños dejen de serlo, nos decimos con la mirada. Cuando sólo seamos nuestros, nos contestamos con una sonrisa. Si los años nos respetan, pensamos callando la incertidumbre. Y entonces nos soñamos en el sueño del otro. Y despertamos esperando que lo mejor esté aún por llegar.

Pero tiempo al tiempo. De momento el balance, provisional y mejorando día a día, no está nada mal. Un par de semanas al año con alergia primaveral, inofensiva aunque puñetera. Un par de hijos, puñeteros aunque inofensivos. Y una mujer de bandera, a ratos inofensiva, a ratos puñetera, pero siempre superlativa. Ya ven, estoy todo el día de sobresalto en sobresalto con esta familia mía. Y también alguna noche -no tantas como es menester-, que el sobresalto nocturno engorda aún más el querer. No solo de pan vive el hombre. Ni tampoco la mujer.

Y en el capítulo de agradecimientos, aunque suene cursi, por el tópico comienzo. Por dónde si no. Gracias por soportarme. Por no buscarme en mis nubes. Por quererme cuando me lluevo y mojo de nuevo la tierra. Por tu labor callada y constante. Por restar en mis excesos. Por sumar a mis defectos. Por multiplicar tus besos. Por dividir tus enfados. Por esperar sin desespero. Por sonreír cuando duele.

¡Ah! Y antes de despedirme, feliz aniversario o aniversario feliz, que nunca tengas mal fario, ni cometas un desliz; si lo contrario ocurriera, ya le daremos barniz. Y ahora sí que sí. Con esto y un bizcocho, hasta el próximo dieciocho, ya en el año dos mil nueve, que no serán dieciocho, sino diecinueve.


11 comentarios:

el aguaó dijo...

Y sin poder evitarlo, como un resorte que saltara sin esperarlo, mis piernas se alinearon y quedaron rígidas. Salté de mi asiento y mis manos comenzaron a aplaudir. Una ovación sonaba a mi alrededor, y eso que estaba sólo ante el ordenador, cuan exquisito ha sido el texto y la felicitación.

Me he podido ver, o tal vez contemplar, en alguno de esos pasajes que vos narráis con vuestra increíble pluma, o teclado adherido a una pantalla. Que voacé heredó pinceladas pelirrojas de su abuela y servidor de su bisabuela, pues mi barba también refleja destellos de bronce.

Y no seré yo, voto a bríos, el que niegue tal relato, pues hecho un retaco aún, sin pensar en el futuro, y la barbilla imberbe por la infancia, presté servicios a voacé como testigo de todo.

Felicidades a vuesas mercedes, para tí, mi queridísimo Tato, y para ella, mi queridísima Tita.

Permíteme agregar que es uno de los mejores textos que te he leído.

Un fortísimo abrazo para los dos.

Anónimo dijo...

Felicidades a ambos porque dieciocho años son muchos o tal vez fue ayer...

El Caliz de la Canina dijo...

Señor Tato feliz aniversario usted 18 años y yo 1 año.

Que usted lo disfrute y lo pase bién en su aniversario.

La Canina seguirá cavilando .......

Juan Antonio González Romano dijo...

Feliz aniversario. Los pelillos rojizos de mi perilla (cada vez más escondidos tras los negros predominantes y los blancos del tiempo) se alegran con tu relato, tan emocionado.

Anónimo dijo...

Feliz Aniversario!
Todos somos algo puñeteros, lo importante es tener quien nos aguante ... y nos quiera.

Néstor dijo...

Bueno, si al menos te lo tomas con humor...

Er Tato dijo...

Mi querido aguaó era por aquél entonces un mocoso, pero ya apuntaba maneras...

Ya sabes querida Glauca que el tiempo nos adelantó. Seguramente nos esperará en cualquier esquina para darnos alguna sospresa.

Me acuerdo, canina, me acuerdo. Felicidades también a vosotros. ¡No te quea ná, macho...! Y un besito a ella.

Y espero que emocionante, querido profe.

Soboro, el más puñetero de todos soy yo así que no puedo tirar la primera piedra...

Hombre Néstor, sin humor es imposible cumplir el dieciocho aniversario.

Muchas gracias a todos.

M. Andréu dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
M. Andréu dijo...

Ya me gustaría poder escribirle a mi mujer algo la mitad de bueno que esto.

Felicidades, maestro.

Con esto queda dicho todo.

Herodes Antipas dijo...

Simplemente maravilloso. Enhorabuena por su buen hacer. Un fuerte abrazo

canalsu dijo...

Un largo viaje. Te sienta bien.