jueves, 8 de mayo de 2008

Cuento: La receta

A pesar de tanta sferificación, gelificación, emulsificación, espesantes y deconstrucciones culinarias, no terminaba de tranquilizarme el hecho de que aquel plato lo hubiese preparado un discípulo aventajado de Ferran Adrià.

Todos me animaban a que degustara aquella supuesta delicia, a que aplaudiera la genialidad del cocinero, a que pusiera mis ojos en blanco de puro gusto. Lo intenté. Juro que lo intenté con todas mis fuerzas. Algunas lágrimas escrupulosas saltaron despavoridas. La lengua buscaba algún escondrijo donde perderse. Lo tragué como pude. Y todos aplaudieron entusiasmados lo que interpretaron como una convulsión de placer.

Cuando días después pasé casualmente por la puerta del restaurante, no pude reprimir una arcada instintiva. Resultaba extraño que a aquellas horas aún estuviera cerrado. Un violento escalofrío aumentó en dos tallas mi piel. De nuevo me vino a la mente aquella cosa que ocupaba en soledad el centro del enorme plato sobre un lecho de extraños líquidos marrones. Y que parecía, olía, sabía y crujía en mi boca como una cucaracha. Antes de caer en la más absoluta oscuridad y dar con mis huesos en el suelo, alcancé a leer las primeras palabras del letrero que colgaba de la puerta: "Precintado por las autoridades sanitarias. En cuarentena por desinsectación.....".


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué asco, Dios!

Juan Antonio González Romano dijo...

Adriá se dedica ya (literalmente) a vender humo. Lo otro, tal vez acabe por llegar.
No voy a discutir las bonanzas de la cocina elaborada, que me gusta, pero yo soy tan primario que con un filetón de atún fresco a la parrilla (una gota de aceite; unas láminas de sal en escamas al acabar) tengo más que suficiente. Mejor eso que las crestas de gallo que comí una vez en el Tragabuches, por mucho Michelín que le atesore.

Ignacio Díaz Pérez dijo...

La mejor caricatura de Adrià, aparte de él mismo, la hizo Boadella en su revisión del cervantino Retablo de las Maravillas. Muy recomendable

el aguaó dijo...

En algunos países asiáticos colgaría otro cartel: tres tenedores.

Genial.

Un abrazo querido Tato.

Anónimo dijo...

Mi interés por una comida es inversamente proporcional al tamaño de su nombre:

Prefiero una "tortilla papas" a "suspiro caramelizado de suflé de higado de pato sobre lecho de arándanos"