jueves, 22 de noviembre de 2007

Cuento: Videoconferencias

Sin duda, mi doctorado en ingeniería, aunque ya no ejerciese desde hacía décadas, me permitía apreciar mejor los matices, inapreciables para los profanos, de esas auténticas obras de arte que la fantástica imaginación de mis colegas ponía al alcance de cualquiera. Nunca estaré suficientemente agradecida a los avances tecnológicos. Hasta hace pocos años, era impensable mantener una conversación cara a cara con familiares o amigos que estaban lejos, muy lejos. Y cuando una está sola en el mundo, el frío del desamparo, con sus greñas, su suciedad y sus vaqueros rotos, se asila en el alma con la impertinencia de un okupa, engullendo con avaricia tus ilusiones y defecando desesperanza sin el más mínimo pudor.

Por eso desde hace algún tiempo, no recuerdo bien cuánto, me impuse la obligación de mantener una videoconferencia diaria con algún ser querido. No estaba dispuesta a que la distancia se convirtiera en una goma de borrar recuerdos o en una sordina que alejase poco a poco sus voces. Cuando por fin pudiera reunirme de nuevo con ellos, no quería encontrarme con extraños a los que amar por obligación, sino abrazarlos con un cariño esculpido a golpe de cercanía. Todos los días me sentaba delante del televisor. Tenía un horario de videoconferencias muy estricto que casi siempre se cumplía escrupulosamente. Lunes y miércoles a las diez de la mañana, mi abuelo materno. Martes y viernes a la una de la tarde, mi madre. Y los jueves a las nueve de la noche, aquel amigo de la infancia que se marchó hace ya veinticinco años. Los sábados y domingos preferí no ocuparlos por si hacía planes de fin de semana, aunque me estaba planteando muy seriamente ampliar mi plan semanal de cariño telemático a esos días.

Aquel jueves, cuando llegó el momento, mi amigo no apareció. Esperé casi una hora, pero nada. La pantalla se mantuvo en negro y se me agotaba el tiempo. A los pocos minutos sucedió lo inevitable. Irrumpieron en la sala de recreo los celadores, los enfermeros y los médicos. Sacaron el mando a distancia que siempre guardaban bajo llave, encendieron el televisor, pulsaron el cinco y se sentaron, agitados y ansiosos, a esperar el inminente comienzo de Gran Hermano. Nunca entendí por qué mi psiquiatra insistía en que no debía olvidarme de tomar mis pastillas y en que no me quitaran la camisa de fuerza. Al fin y al cabo, yo sólo hablaba con mis seres queridos frente a un televisor apagado, mientras que aquel rebaño de presuntos cuerdos perdían su dignidad frente a uno encendido.

(Con cariño para Glauca)


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Sabes...ahora me doy cuenta lo que siente la gente cuando ve su foto colgada en una taberna.
Muchas gracias Tabernero.

PD. Ya te dije una vez que me encantan los cuentos con moraleja y con este lo bordas.

Un beso

Reyes dijo...

Magnífico.
Sensacional.
No puedo decir nada más, sólo animarte a que continúes.