jueves, 7 de febrero de 2008

Palabra del día: demagogia

Un claro ejemplo de cómo se puede manipular al personal lo tenemos en lo ocurrido hace unos días con los insultos que algunos aficionados le dedicaron al angelito de Hamilton en Montmeló. Hasta todo un ministro británico, con flema incluida, se ha retratado. Demagogia en cantidades industriales.

No justifico el insulto. Ni a nadie, ni por nada. Siempre me ha parecido un recurso de cobardes que carecen de argumentos. Pero infinitamente peor se me antoja la demagogia, de la que nos desayunamos grandes dosis todos los días. Y me parece peor porque, siendo el insulto reprobable, casi siempre es producto de la pasión del momento, la mala educación y la cobardía, debidamente aderezadas por la sensación de impunidad que aporta ser un borrego más del rebaño, mientras que la demagogia es hija del engaño, la manipulación y la mala fe. La demagogia no tiene atenuantes. Es consciente y a conciencia.

Ese concepto que, de tan sobado, ha sido despojado de su tremenda perversidad para darle apariencia de mal menor inofensivo, queda perfectamente retratado cuando se pretende convertir el hostil recibimiento que algunos exaltados le dispensaron a Hamilton en racismo. Todos sabemos que realmente daba igual que fuera negro, amarillo, blanco, guapo, cojo u homosexual. Era su comportamiento en la pasada temporada el que estaban reprochándole con sus insultos. Es como calificar de misógino al que llama hijo de puta al árbitro. Serán unos maleducados y unos impresentables, pero sólo desde un ejercicio de pura demagogia se puede dar el triple salto mortal que supone identificar ese comportamiento con actitudes claramente fascistas.

Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder. Lo dice la Real Academia de la Lengua. A mí que me registren.


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