domingo, 24 de abril de 2011

Haciendo un calvo

Leo en un manual de Derecho Procesal de primer curso de Derecho lo que les intentan hacer creer a los futuros abogados:

"El Ministerio Fiscal, aun cuando esté regido, como veremos, por los principios de unidad y dependencia jerárquica y, por tanto, no goce de la independencia judicial, es, como ha quedado dicho, una parte imparcial, siendo su imparcialidad superior incluso a la de los jueces, puesto que, si en estos miembros de la Jurisdicción, su independencia e imparcialidad es individual y difusa (esto es, corresponde a la soledad de cada Juez o Magistrado), la del Ministerio Fiscal se trata de una imparcialidad colectivamente reflexionada, ya que puede someter sus decisiones en las Juntas de Fiscales." (Vicente Gimeno Sendra)

Le echo después un vistazo al art. 7 del Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal:

"Por el principio de imparcialidad el Ministerio Fiscal actuará con plena objetividad e independencia en defensa de los intereses que le estén encomendados."

Finalmente, leo la prensa y veo los telediarios. Ya sé por qué se me cae tanto el pelo.

 

sábado, 23 de abril de 2011

De la derecha y otros socialismos

Socialista, obrero... y francés. Anduvo certero Hayek cuando dedicó "a los socialistas de todos los partidos" su magnífica obra "Camino de servidumbre", allá por 1.944.

Y es que el presidente Sarkozy va a presentar una ley en el Parlamento francés para que las empresas que distribuyan beneficios a sus accionistas, se vean obligadas a hacer lo mismo a sus trabajadores. Tras socializar las pérdidas durante la crisis -muy propio de la derecha, aunque inconcebible en la izquierda-, ahora toca socializar los beneficios -muy propio de la izquierda, aunque inconcebible en la derecha-, colectivismo de ida y vuelta.


miércoles, 20 de abril de 2011

Los peros de los eres

Hay quienes se echan las manos a la cabeza por el ERE de Telefónica, pero si sus trabajadores están encantados, los sindicatos también y los accionistas aplauden a rabiar, ¿dónde está el problema?

Pues unos dicen que en la falta de estética, otros que en la falta de ética, algunos que en su origen de empresa pública y los menos, entre los que me encuentro, en la propia existencia de esa figura administrativa que, para más inri, es costeada parcialmente con nuestros impuestos.

Los ERE existen porque nuestro mercado laboral es rígido y sigue estando intervenido por el Estado, que fija los salarios mínimos y las indemnizaciones, otorga en la práctica rango de ley a los convenios colectivos, subvenciona a sindicatos y empresarios, exige autorización administrativa para los despidos colectivos... Con más de cuatro millones de parados y subiendo, ni siquiera está sobre la mesa el debate sobre las indemnizaciones por despido. Y la reforma laboral ni está ni se la espera.

¿Cuántos parados más hacen falta para convencernos de que hay que hacer cuanto antes cambios valientes y radicales? Si alguien sigue pensando que es cuestión de esperar, que el Estado del Bienestar, tal y como lo conocíamos hasta ahora, volverá, es que aún no ha entendido nada. O eso, o el que no ha entendido nada ha sido un servidor.


miércoles, 13 de abril de 2011

La esquina

La esquina ya no existe, pero la busco en mis noches de insomnio. Como la buscaron durante días los viejos chuchos del barrio. O como velaron su ausencia la Paca y la Mari, descosiendo la calle con sus tacones de aguja, sus carnes embuchadas en faldas recónditas y el deseo agriado en oferta. Hasta el viejo Nicanor siguió fiel a su cita de madrugada esperando aquellos fardos de prensa que nunca más volarían hasta la acera. El kiosco del viejo Nicanor… Cuatro reales me daba por cuidárselo mientras se alejaba cojeando a embaucar su soledad con el tercer aguardiente de la mañana. El viejo barrio, mi infancia, desaparecieron cuando el mundo dejó de estar a la vuelta de la esquina.


(Inspirado en un relato de José María Conget, del que tomé prestada la primera frase)

viernes, 8 de abril de 2011

¡Ay, qué cosas tiene mi Casado...!

Así habla el señor Antonio Casado en su columna habitual.

"La apuesta de Aguirre es un atajo más para la creación de castas, por si no hubiera bastantes en el vigente orden político y social. Me parece aberrante que un gobernante promueva la exploración de atajos hacia la desigualdad desde la base, desde la escuela -el instituto, en este caso-, donde se aprende (conocimientos) pero también se educa (valores) para la vida."

Por si el señor Casado no se ha enterado aún, que ya tiene edad, las personas somos todas desiguales, y espero que sigamos siéndolo. El salto mortal desde la igualdad de oportunidades hasta la igualación por abajo como elemento de justicia social y equidad es de una bajura y una bajeza intelectual difícilmente igualable.

"La discriminación positiva de los más capaces desde el punto de vista académico es, a sensu contrario, una trasnochada recuperación del pelotón de los torpes [...] Al formar ese Bachillerato de la Excelencia contribuye a perpetuar la diferencia en favor de los mejor dotados. Y no al revés, a favor de los más cortos de sifón, hasta lograr su reinserción en las dinámicas de grupo, donde nos socializamos y, entre otras cosas, aprendemos del ejemplo de los mejores."

Es que los mejor dotados son diferentes, señor Casado. Podemos negarlo, mirar para otro lado o impedir que lo sean privándoles de los medios para que desarrollen todo su potencial. Los peor dotados también son diferentes, pero a esos no los negamos, ni miramos para otro lado, sino que les reconocemos su derecho a disponer de todos los recursos posibles para que desarrollen todo su potencial. ¿Cuándo ha empezado a ser un estigma en este país ser brillante o trabajador, o ambas cosas a la vez, hasta el punto de negarles a unos lo que le reconocemos, con toda justicia, a los otros?

Uno -saludos a Ridao y su Trapiello-, nacido de familia humilde y obrera, es lo que es porque tuvo la suerte de poder estudiar cuando el mérito y el esfuerzo discriminaba positivamente a los más capaces. No hace mucho, la igualdad de oportunidades, el mérito y el esfuerzo eran los pilares fundamentales de la izquierda en la que yo me reconozco. ¿Cuándo han dejado de serlo, señor Casado? ¿En qué momento ha empezado a ser loable que el Estado impulse que los alumnos alcancen su máximo potencial cuando ese potencial es limitado y a ser despreciable que lo haga cuando ese potencial es excepcional?

Por cierto, señor Casado, no sé si su sectarismo le permitirá opinar lo mismo de lo que el PSOE decía en la página 138 -gracias Panduro-, de su programa electoral de 2008: "Impulsaremos un programa de alto rendimiento académico dirigido a los estudiantes con mejores resultados en las distintas áreas de conocimiento."


jueves, 7 de abril de 2011

De poderes sin quereres

Uno tiene derecho a no declarar contra sí mismo. Y es legítimo, además de legal. Que los ciudadanos piensen que quien actúa así tiene algo que ocultar, también es legítimo. Darse golpes de pecho indignados porque los ciudadanos pensemos así sólo puede ser producto de la falta de escrúpulos o la idiocia.

Una juez solicita a la Junta de Andalucía, que además es parte en el procedimiento -para defender, o eso dicen, el interés de lo público-, las actas de las reuniones de la Junta de Gobierno. La Junta dice que son secretas. Miente. Nada dice de su carácter secreto el art. 30 que regula el funcionamiento del Consejo de Gobierno. Pero aunque quisieran forzar ese carácter de materia reservada por aplicación extensiva de lo dispuesto en el art. 31 -que ni menciona las actas-, nadie les impide levantar el velo de dicha reserva a ellos mismos según ese mismo art. 31.

O sea. Las actas no son secretas, pero si se forzara la interpretación legal del precepto, podrían considerarse así. Por otro lado, esa naturaleza secreta sólo depende de la voluntad de quien se niega a entregarlas con el peregrino argumento de que cometería una ilegalidad porque son secretas. ¿Lo pillan? Conclusión: pueden pero no quieren poder, salvo el suyo, claro.

Ni comisiones de investigación en el Parlamento, ni colaboración con la justicia, ni destituciones, ni dimisiones. Está claro que la transparencia brilla por su ausencia, pero también que todo está claro, muy claro, casi transparente. Después nos llamarán extremistas y antidemócratas a quienes pensamos que la presunción de culpabilidad es la única postura que nos queda a los ciudadanos honrados.


miércoles, 6 de abril de 2011

Dudas existenciales (XXIX)

Si a alguien se le ocurre premiar el esfuerzo y la excelencia con más esfuerzo y más excelencia -aunque para muchos, por desgracia, eso no sea precisamente un premio-, entonces se está segregando, según dice el secretario de Estado de Educación. O se está ahondando en el "apartheid" de los estudiantes y se está ayudando a los alumnos que no lo necesitan mientras se abandona a los que sí lo necesitan, según nuestros sindicatos CCOO y UGT.

Pero, ¿en qué perjudica al resto de los alumnos, digamos normales, lo que quiere hacer Esperanza Aguirre en Madrid? ¿Van a dejar de atender a los alumnos con dificultades? ¿Van a abandonar a su suerte al resto de los alumnos? ¿Es que acaso les molesta que se visibilice y se ensalce el esfuerzo y la excelencia? ¿Por qué la diversificación curricular no supone una segregación cuando, de hecho, se agrupa y aparta de la clase normal a los alumnos con dificultades, y sí lo es cuando a los que se aparta es a los alumnnos más trabajadores y brillantes? ¿Por qué ese interés en confundir la deseable igualdad de oportunidades con el idiotizante igualitarismo?


martes, 5 de abril de 2011

La cofradía de Monipodio

Digan lo que que digan, a los empresarios no les gusta el libre mercado. Y es normal. El ser humano es egoísta y ambicioso por naturaleza. Si por ellos fuera, intentarían que sus respectivas empresas pudieran fijar el precio de venta de sus productos, o la cantidad que venden, o los salarios que pagan. Vamos, que de monopolios y monopsonios iría la cosa y, de hecho, de eso va en algunos sectores.

Pero seamos justos. Una de las diferencias entre buenos y malos empresarios es que los primeros aspiran legítimamente a dominar el mercado con esfuerzo e innovación, y los segundos con trapicheos y maniobras orquestales en la oscuridad. Por eso, porque el libre mercado, allá donde exista, anda siempre amenazado por empresarios sin escrúpulos y gobernantes liberticidas, el Estado tiene que ser firme y contundente en su labor de árbitro, de garante de las reglas del juego.

Y para muestra, un botón.